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a El fin de la ilusión

Por Dov Avital* (Desde el kibbutz Metzer)A

 

La retirada unilateral de Israel de la Franja de Gaza, bajo el plan de “desconexión” de Ariel Sharón, recibió críticas tanto de derechas como de izquierdas. Si la primera era de esperar, Sharón logró plegar a la izquierda israelí a su plan, con una pregunta sin respuesta posible: “¿es que la izquierda se opone a la devolución de territorios ocupados y a la eliminación de asentamientos?”.

El éxito de la evacuación, el apoyo a la misma y la idea de la “descolonización” en Israel, convencieron a parte de la izquierda, liderada por Simón Peres, de unirse al proyecto de Sharón y ver en las retiradas unilaterales el camino posible para acercarse a una solución del conflicto, ante la incapacidad de la parte palestina de generar un liderazgo fuerte que pudiera llegar a un acuerdo político basado en el concepto de dos Estados vecinos, aun cuando ésta solución goza del apoyo de la mayoría de la calle palestina.
Las elecciones en Israel dieron mayoría al conjunto de partidos que apoyaba el “Plan de Convergencia”. Según este Plan, al no haber posibilidad de un interlocutor palestino con el cual llegar a un acuerdo, Israel se retiraría de gran parte de los territorios de Cisjordania, anexaría unilateralmente las grandes concentraciones de asentamientos, y aguardaría dentro de esas nuevas fronteras el momento en que los palestinos estuvieran dispuestos a llegar a un acuerdo definitivo, demorase esto lo que demorase ( Entendiendo que cuanto más tiempo pasase, más difícil sería para los palestinos reclamar el desmantelamiento de los asentamientos anexados a Israel)
A esto se opuso tibiamente la izquierda en Israel, alegando que ninguna medida unilateral podría reemplazar un acuerdo entre las partes, y que a falta de éste, no habría fin al ciclo de violencia.
Lo de tibio viene por entender que por otra parte, todo desmantelamiento de asentamientos y cese de ocupación militar israelí de territorios palestinos es un paso en la dirección adecuada, y que la presión internacional no le permitiría a Israel anexar unilateralmente territorios ocupados.
El acontecimiento subsecuente, que sorprendió a todos, fue la aplastante victoria de Hamas en las elecciones parlamentarias palestinas, y la constitución de un Gobierno basado en este grupo, que se niega a reconocer el derecho de Israel a existir, bajo premisas religiosas.
Una vez que el conflicto se encauce en el tema religioso, y no en el de determinación de los límites entre los dos Estados planeados (Israel y Palestina) y el reparto de recursos (agua, tierra), la posibilidad de llegar a una solución negociada se torna casi imposible. Para ésa interpretación del Islam, renunciar a tierras musulmanas es una imposibilidad desde el punto de vista del credo, por lo que lo máximo que Hamas podía ofrecer es una tregua por tiempo indeterminado (concretamente se planteó un plazo de 30 años). En esta concepción islamista está permitido no guerrear cuando las relaciones de fuerza hacen imposible obtener el objetivo (o sea mientras el enemigo es mucho más fuerte), pero la obligación de retornar a la lucha frontal existe en el momento en que el lado islámico se ha reagrupado, reforzado y puede plantar batalla a su enemigo.

Coincidencia táctica

Es obvio que Israel no podría entrar en un acuerdo bajo estos términos, y así se producía una coincidencia táctica con el Plan de Convergencia: retirada unilateral, reagrupamiento de las partes y la disyuntiva futura de mantener dicha tregua como modo de vida, o retornar a la lucha armada en el momento en que una de las partes (en este caso la palestina, a la cual se le impuso la situación intermedia), lo considere oportuno.
Un intento de acercarse a términos de solución acordada y que al mismo tiempo dejara una vía de escape potencial para los palestinos (aún cuando fuera sólo a los efectos de lograr un amplio consenso nacional) fue la “iniciativa de los prisioneros”, acordada entre representantes de todas las facciones palestinas encarcelados en Israel. Los prisioneros gozan de un status inmaculado en la calle palestina, y por tanto podían proponer un plan que incluyera el reconocimiento de Israel. Por otra parte, han conocido directamente a la parte israelí, y a diferencia de otros líderes, saben cómo piensan los israelíes, qué puede ser aceptado por ellos, y qué rechazado de plano. El Presidente palestino Mahmoud Abbas dio inmediatamente su visto bueno a la iniciativa, y ante las reticencias del gobierno de Hamas amenazó con llevar dicho plan a plebiscito nacional, sabiendo que obtendría un gran apoyo. Hamas intentó impedirlo, pero al comprobar el apoyo popular al plan decidió su dirigencia en el gobierno negociar con Abbas para llegar a un plan consensuado.
Este es el contexto sobre el que debe verse el último estallido de violencia: parte de la militancia palestina es simplemente grupos marginados cuya única razón de ser es la lucha armada, y cuya identificación partidaria pasa por quien los financia en cada momento, pero otra parte responde a la dirección ideológica de Hamas en el extranjero.
Los primeros habían mantenido una serie de ataques con misiles y morteros a poblaciones israelíes cercanas a la frontera, pero Israel no reaccionó violentamente hasta que el brazo armado de Hamas no se incorporó a los ataques y los llevó a una categoría mucho más peligrosa, como misiles de mayor alcance y precisión y la incursión que derivó en el secuestro del cabo Shalit.
Para el gobierno de Israel,  una cierta dosis de violencia es soportable, si hay una perspectiva de llegar a alguna clase de acuerdo intermedio para la convivencia entre las partes, bajo el cual cese dicha violencia, y no vale la pena poner en peligro la oportunidad de obtenerlo por combatir grupúsculos mercenarios.
La ecuación cambia cuando Hamas se incorpora a la lucha (y esto se produce ya una semana antes de la tragedia en la cual un obús con origen en discusión matara a una familia playa de siete en la playa – pretexto formal del Hamas para abandonar su auto-impuesta tregua).
El protagonismo del liderazgo de Hamas en Damasco, alineado política e ideológicamente con Irán, que aboga explícitamente por la lucha armada hasta la destrucción de Israel, no dejó lugar a la ambigüedad. Para Israel, o se está en el campo de la negociación (como Mahmoud Abbas) o se es enemigo mortal.

Conflicto de civilizaciones

El nombre código de la incursión a Israel en la cual se secuestró al cabo Shalit, “el fin de la ilusión”, apunta tanto al liderazgo palestino como a Israel.
A los primeros se les dice que todo acuerdo, (incluyendo el basado en la “iniciativa de los prisioneros”, con todos los términos que Israel impugnará), es anatema. La lucha es el contenido, y el cese de ésta para obtener una mejora de vida de la población y por consecuencia reducir el combustible que alimenta la conflagración, una traición.
A Israel se le manifiesta que la retirada de los territorios ocupados en el ´67 y el desmantelamiento de los asentamientos no le traerá paz ni tranquilidad: el conflicto es de civilizaciones y no puede acabar excepto con la destrucción de Israel.
La fuerte respuesta militar de Israel no está destinada, obviamente, a encontrar y rescatar a su soldado. Si esto fuera posible se haría con comandos y no con brigadas de blindados. Ante la situación planteada, Israel manifiesta tanto a la OLP con Abbas a la cabeza, y al Hamas político con Haniye al frente, que la otra ilusión, la de combinar simultáneamente un cierto diálogo político y dosis de violencia, no es posible. Hay una línea divisoria y tienen que elegir de qué lado estar.

Conclusión

Palestinos e Israelíes están en el mismo bote, a merced de una misma amenaza: los que plantean de cada lado “todo o nada”. Israel hizo un primer movimiento de enfrentarse a su problema, aunque no es claro hasta qué punto quiere y puede el Gobierno desmantelar completamente los asentamientos masivos en Cisjordania en el marco de un posible acuerdo.
La dirigencia palestina  debe ahora tomar una decisión histórica: si buscar el fin del enfrentamiento con Israel, (aún sin seguridad de llegar a un acuerdo, por las grandes divergencias entre las partes en cuestiones de fronteras, refugiados y lugares santos) o alinearse con sus sectores más extremos, alimentados por Irán y la mística del enfrentamiento con Occidente en Irak y Afganistán.

*Secretario General del kibbutz, Metzer.

 

 

a Dossier: A un año del “Plan de Desconexión”

Entrevista exclusiva con un evacuado de Gush Katif  

“De las 1.800 familias expulsadas, 1.300 siguen desempleadas y muchos aún tienen problemas de vivienda”

Por Lic. Claudio Gustavo Goldman (Desde Buenos Aires)A

 

Iehuda Heimenrath es un argentino que se radicó en Israel hace 35 años y fue dos veces echado de su casa: hace más de veinte años, del Sinaí, y en agosto pasado, de Neve Dekalim, una de las comunidades que integraban Gush Katif, el principal bloque de asentamientos en la Franja de Gaza. En esta entrevista exclusiva con “Horizonte” cuenta cómo es su situación actual y la del resto de los evacuados.

A un año de la “Desconexión”, ¿cómo está su familia y dónde están viviendo?
Hace dos meses estamos viviendo en una casa prefabricada en Ein Tzurim, cerca de Ashkelon (centro de Israel). La casa tiene la mitad de la superficie de la que teníamos en Neve Dekalim, pero -por suerte- ya tenemos algo porque estuvimos nueve meses en un hotel. Tenemos seis chicos: los tres varones viven con nosotros, estudian y uno ingresó en el ejército hace medio año; dos de las chicas están casadas y la del medio falleció hace cinco años.
¿Cómo vivieron el proceso de la “Desconexión”?
La expulsión fue realizada con mucha precisión por parte del Ejército. Trabajaron en una forma muy rápida y decidida y nos echaron. A partir de ese momento estuvimos “tirados” y prácticamente a nadie le importamos. Quiero decir a nadie del gobierno porque hubo muchos voluntarios que nos ayudaron en un montón de cosas.
Vamos de a poco. ¿El proceso de “Desconexión” fue pacífico y respetuoso, o los golpearon?
En ningún caso hubo violencia, ni de nuestra parte ni de la de ellos. Todo el mundo sabía que no reaccionaríamos con violencia. Vino el Ejército a casa, les explicamos a los oficiales por qué no podíamos irnos, nos levantaron y nos llevaron con las piernas hacia delante, como si estuviésemos muertos. Cuando me echaron, me corté la camisa como hay que hacer cuando uno está de duelo. Estábamos muy sorprendidos de lo decididos que estaban los soldados, como si estuviesen luchando contra un enemigo. Nos parecía muy difícil que pudieran actuar contra sus hermanos, pero descubrimos que, durante los meses anteriores, les hicieron un terrible “lavado de cabeza”.
¿Intentó hablar con los soldados que vinieron a sacarlo? ¿Qué le dijeron?
No contestaron. Tenían los ojos vidriosos y miraban sin ver. Parecían drogados.
¿Adónde los llevaron?
Nos llevaron a un hotel en Jerusalem.
¿Estuvieron los nueve meses en las mismas habitaciones?
Estuvimos ocho meses en un hotel, en dos piezas: una para nosotros y otra para nuestros tres hijos. Fue muy difícil. No supe cuánto hasta que nos pasaron a otro hotel, en el cual nos dieron una pieza chiquita, además del dormitorio. Mi señora dijo: “Por fin, después de diez meses, puedo sentarme a una mesa en mi pieza”. Porque, hasta entonces, siempre nos sentamos sobre la cama.
Mientras ustedes estaban en el hotel, ¿dónde estaban sus pertenencias?
En contenedores.
¿Tenían acceso a ellos, o estaban con una valija como quien se va de viaje?
A nosotros nos dieron más beneficios porque tuvieron que sacar a nuestra hija del cementerio y trasladarla. Así que pudimos poner los contenedores en el patio de unos amigos, y un par de veces fuimos a sacar cosas. Pero a nuestra hija menor -que nació en Gush Katif, donde vivía con su hijo- recién la semana pasada le trajeron el contenedor. En todo ese tiempo, sus cosas estuvieron en un departamento del Ejército y nunca las pudo tener. Como decís, estuvo con una valijita durante diez meses. Ella fue a un moshav cercano, y ésta (29/6/06) es la primera noche que duerme en su nueva casa, prefabricada. Mi hija mayor vivía en Petaj Tikva, así que no vivió la expulsión.
Desde el punto de vista práctico y sentimental, ¿cómo fue el proceso de exhumación y traslado del cuerpo de su otra hija?
Esperábamos que este tema fuera el que detuviese la expulsión y que nadie estuviese dispuesto a desenterrar tumbas y sacar muertos. Al final, en esto también nos equivocamos. Se hizo de noche y no estuvimos presentes porque no lo permite la ley judía. Igualmente, no queríamos estar. Nos avisaron ni bien terminaron la exhumación. Fueron horas muy difíciles. A la mañana siguiente se hizo un funeral colectivo de cuerpos de Gush Katif. Pasaron por el centro de Jerusalem y subieron al Monte de los Olivos. El entierro fue inmenso y vinieron decenas de miles de personas. Al fin y al cabo, mi hija está enterrada en el cementerio más sagrado para el pueblo judío. Pero tanto ella como yo hubiésemos preferido que se quedase en su lugar.
¿Hubo personalidades políticas en ese entierro colectivo?
No, no dejamos que ningún ministro ni oficial del Ejército viniera. Quien sí estuvo fue el rabino (Israel Meir) Lau, quien fue el anterior gran rabino (ashkenazí), y el presidente de la Knéset, (Reubén) “Rubi” Riblin.
Indemnización
¿Les dieron todos los beneficios que el gobierno había prometido que les iba a dar a través de la Administración SELA? ¿Cuándo y cómo?
¿Qué beneficios? Hay una tabla de lo que pagaron por metro cuadrado de la casa de cada uno. Teníamos un lindo chalet, con jardín y árboles, y por ello nos dieron una cantidad que alcanzaría para comprar un departamento del 70% de la superficie, en una ciudad periférica. Nosotros no teníamos un negocio en Gush Katif, ni éramos agricultores. Yo, gracias a Dios, trabajo en alta tecnología y mantuve mi empleo. Pero ellos están en una situación muchísimo peor porque tampoco tienen trabajo. De las 1.800 familias que echaron de Gush Katif, hay más de 1.300 jefes de hogar desempleados. Algunos de los expulsados recibieron parte de la plata, quizá porque tuvieron mejores abogados, y otros menos. La gente siente que SELA hace todo lo que puede para dificultar aún más sus vidas. No sé por qué.
¿Puede dar otro ejemplo?
El lugar donde estamos, en Ein Tzurim, debería haber estado preparado cuando nos echaron, y demoraron medio año en decidir que empezarían a trabajar en esto. Incluso, hoy en día no está todo terminado. Estoy seguro de que ningún empleado, de la Administración SELA o del gobierno, que trata con nosotros estaría dispuesto a cambiar su casa por éstas ni por un día. Igualmente, somos optimistas y esperamos que la situación mejore. No queremos abandonar la colonización y deseamos construir un nuevo pueblito en Lajish, un poco al norte de Beer Sheba (en el Neguev), cerca de la “Línea Verde”. Ya estamos anotadas unas doscientas familias, 120 de las cuales vivían en Gush Katif. Aquí mantenemos nuestra vida comunitaria, pero queremos continuarla allá y con casas fijas, no prefabricadas. ¡Es increíble todos los problemas que nos hacen para empezar este asunto! No tienen una razón más que la burocracia, que no quiere moverse. Esperemos que sea ésta la causa y no que tengan algo personal con nosotros. Lo que pasó fue muy difícil para nosotros, pero no nos quebrarán moralmente y seguiremos adelante. Tenemos nuestros ideales y no los cambiamos todos los días, como las medias.
¿De qué lado de la “Línea Verde” se instalarían?
Del lado de adentro.
De modo que no correrían el riesgo de repetir la experiencia.
No, con dos experiencias ya me alcanzó. No necesito una tercera.
Usted habló de las dificultades y la falta de solidaridad de los entes oficiales. ¿Cómo se portó con ustedes el resto de la ciudadanía?
En general, no le importó mucho que nos echaran. En cambio, los religiosos -especialmente, los sionistas- se sintieron muy mal con este asunto y nos ayudaron muchísimo, hasta hoy. En especial, algunos movimientos chicos, como Young Israel. Y de los organismos paragubernamentales, el que más trató de ayudarnos fue la Organización Sionista Mundial.
Futuro
¿Qué opina del “Plan de Convergencia” del primer ministro Ehud Olmert?
Después de lo que hicieron en Gaza y teniendo en cuenta la escalada de violencia que azota el país, espero que a ninguno se le ocurra continuar este asunto en Judea y Samaria. Todo lo que está pasando hoy, nosotros lo veníamos anticipando. Si quieren que la situación sea todavía peor para todos los israelíes, que implementen el “Plan de Convergencia”. Desde los puntos de vista militar, de seguridad y de la forma en que nos trataron -dejándonos “tirados” hasta ahora-, hacerles esto ya no a 8.000 personas, sino a decenas de miles sería una “bomba de tiempo”. No puedo imaginármelo, pero sé que si Olmert está decidido a hacerlo, al final lo hará. Uno debe prepararse pensando que todo esto puede pasar, y tratar de evitarlo.
¿Siguen anhelando volver a Gush Katif?
Estamos seguros de que volveremos, pero no con cada incursión militar de diez minutos, un día o una semana. Sé que, al fin y al cabo, todo la Tierra de Israel será del pueblo judío. Para eso hay que tener paciencia, y nosotros la tenemos.

 

 

 

a Dossier: A un año del “Plan de Desconexión”

El discurso como arena de la lucha política: entre la Desconexión y la Evacuación

Por Leonardo Cohen*A

 

En vistas del nuevo Plan de Convergencia del primer ministro Ehud Olmert, conviene poner atención a las palabras que se han usado de un lado y del otro de la barricada discursiva en torno a la Desconexión.

Hace algunas semanas me tocó ver en la televisión, como a muchos otros, a los miembros del kibutz Shomría organizando su mudanza a fin de abandonar de manera definitiva el lugar donde vivieron a lo largo de veinte años. Cada una de las diez familias que habitaban el kibutz Shomría, situado entre Beer Sheva y Kiriat Gat, ha sido evacuada a cambio de una justa indemnización de 300 mil dólares. Ahora, el terreno ha pasado a manos de las 50 familias que componían el asentamiento de Atzmona en la Franja de Gaza y que comenzarán ahí, a partir de ahora, una nueva vida. Todo ha sido acordado y concertado por las partes. Sin embargo, no por ello dejó de percibirse a través de las imágenes que por televisión llegaron al país entero, la mirada triste y sombría de las familias que abandonaban un pedazo importante de sus vidas en un kibutz del que nunca quisieron irse, para recomenzar ahora un nuevo capítulo en un lugar incierto aún.
Este hecho no pudo sino traerme a la memoria el revuelo y las sonoras disputas acaecidas hace menos de un año entre los partidarios de la Desconexión de Gaza por un lado, y los colonos y sus aliados ideológicos por el otro. En aquel entonces quedaron de manifiesto contradicciones políticas insalvables entre las partes rivales, que adquirieron expresión en la elección y apropiación de un léxico determinado, de un lenguaje que sugería, y sugiere aún, una determinada interpretación de la realidad. Los colonos generaron así una innovadora terminología para dirigir y enmarcar su lucha y, mientras que pusieron en relieve ciertas ideas, consiguieron, a la vez, escamotear otros aspectos de la realidad.
El lenguaje puede ser fácilmente calificado como la imposición del orden a la experiencia. Cuando un elemento de la experiencia recibe un nombre es, ipso facto, retirado del fluir y adquiere estabilidad como una entidad así nombrada. Cuando se dice que algo es esto, por tanto, no es aquello. Al igual que en muchas confrontaciones políticas a lo largo de la historia, la lucha de la derecha israelí por detener el Plan de Desconexión y retirada israelí de la Franja de Gaza llevaba consigo un lenguaje propio, un léxico y una terminología que le acompañan, una manera de nombrar las cosas con el fin de interpretar la realidad y promover un proyecto político. Preguntamos a continuación, ¿en qué manera es la experiencia de las diez familias de Shomría distinta a la de las 50 que fueron evacuadas en Atzmona? ¿Es una diferencia cuantitativa o también cualitativa? ¿O tal vez no es la experiencia tan radicalmente distinta sino que lo es, más bien, el modo de nombrarla y definirla?
La cuestión de la "expulsión"
La campaña anti-Desconexión desplegada el año pasado generó una nueva terminología, nuevos lemas y frases que aparecieron impresos en calcomanías, camisas, carteles. A la vez que fueron bloqueados cruces de caminos, calles y carreteras, niños, adolescentes y adultos, clamaban con ardor "¡Un judío no expulsa a otro judío!, ¡un judío no expulsa a otro judío!" Muchos colonos hablaron de que, una vez que se les hubiera echado de sus hogares, se convertirían en refugiados. Los más extremistas comparaban su situación con la de los judíos alemanes en los treinta. Portaban en el pecho voluntariamente una estrella de David y no dudaban en utilizar términos como "Noche de los Cristales" para referirse al destino que le esperaba a los hogares judíos y las sinagogas ubicadas en la Franja de Gaza. Se le acusaba a Sharón de ser un dictador, de haber tomado decisiones anti-democráticas, y establecían una conexión directa entre la lucha por la supervivencia de los asentamientos judíos en Gaza y la lucha por la democracia.
Con la perspectiva que ofrece la distancia podemos visualizar que la utilización de tal terminología tuvo por objeto un cierto chantaje social.¿Puede un judío en sus cabales considerar como humana la posibilidad de expulsar a ocho mil judíos de sus hogares? ¿Puede el ejército de defensa israelí cometer un crimen de magnitudes sólo comparables con las que cometió el nazismo? ¿Puede el público israelí permanecer indiferente frente a un régimen que hace caso omiso de la voluntad democrática y popular? Evidentemente no. Presentadas así las cosas, habría que desobedecer cualquier orden que condujese a la expulsión y la conversión de ciudadanos comunes en refugiados. Habría que denunciar al dictador, combatir en una lucha sin cuartel a todo aquel que procure repetir los horrores que Alemania cometió en los '30.
Frente a lo anterior es preciso denunciar, ya no los objetivos políticos de la ultra-derecha israelí sino su lenguaje, un lenguaje que de manera tramposa no deja opción al opositor. A fin de presentar la postura política alternativa, mostrar su firmeza y su moralidad, es necesario desactivar el explosivo que contiene esta terminología. Es preciso desenmascarar, poner en evidencia, no aquello que estos lemas dicen, sino lo que ocultan, lo que deliberadamente han omitido.
¿Son acaso refugiados los judíos que llegan de Etiopía, Rusia o Argentina a instalarse en la ciudad de Ashkelon donde muchos de los colonos pueden ser reubicados? Cuanto menos desde la perspectiva sionista de los colonos, no lo son. Se trata de judíos que vuelven a su tierra ancestral, de olim (nuevos inmigrantes), de hermanos, de socios, de ciudadanos israelíes con derechos y obligaciones. ¿Cuál es la razón por la que otro judío que recibe el apoyo del gobierno para mudarse de Gaza a Ashkelon tenga que sentirse refugiado? ¿Acaso cambiará de idioma o de pasaporte? ¿Acaso perderá sus derechos políticos y sociales?
Nadie pretende negar el dolor y las dificultades de mucha de esta gente al tener que abandonar un hogar en el cual vivieron por años y en el cual creyeron forjar un futuro, y tener que recomenzar su vida en otro lugar. ¿No se trata acaso del mismo dolor y las mismas dificultades que experimentaron esta misma semana los miembros del kibutz Shomría? En ambos casos cada individuo y cada familia rehará su vida dentro de las fronteras reconocidas del propio estado del cual son ciudadanos y con sus merecidas compensaciones económicas. No hay aquí expulsión, no hay aquí refugiados. Hay desarraigo de los paisajes de la infancia, desmoronamiento de un sueño, hay dolor humano. Un dolor, sin embargo, que dentro de las incontables tragedias individuales y colectivas que ha experimentado el país y la región, no es exclusivo de los colonos y sí es, en cambio, reparable.
Las comparaciones permanentes que se han hecho entre lo que se decía que los colonos vivirían y la experiencia de los judíos deportados de Europa, han sido denunciadas con anterioridad. Más allá de la ofensa que pueden o no sentir los sobrevivientes de las atrocidades perpetradas en Europa, lo que parece prudente agregar en dicho contexto es solamente la omisión fundamental del logro básico del sionismo: el concepto de soberanía judía. La recurrente utilización de símbolos que conciernen a la experiencia del Holocausto ha mostrado una falta de entendimiento, intencionada o no, de los privilegios y prerrogativas de un Estado soberano judío para determinar cuáles son las fronteras que pueden ser internacionalmente reconocidas y razonablemente defendibles por un ejército que es el más fuerte de la región. Esta comparación proviene, así, de una incapacidad de asimilar los logros del sionismo en el mejor de los casos, o de un descarado cinismo que no escatima en poner a los muertos al servicio de los intereses políticos de los vivos, en el peor.
La cuestión de la "democracia"
La disputa sobre el carácter democrático de la Desconexión hizo vibrar al país en los meses anteriores a su implementación. Previo a la Desconexión fue televisada una ceremonia que se llevó a cabo en uno de los asentamientos judíos de Gaza, una ceremonia en memoria de la democracia en Israel. Los colonos, que percibían como el sueño de la Israel íntegra se les había arrebatado, protestaban por el hecho de que no hubo un referéndum que ratificara la decisión de retirar a la población judía de Gaza. Puestas así las cosas, habría uno de mostrar su empatía hacia la causa. ¿Quién no está a favor de la democracia?
Poco se enfatizaba, en cambio, que la resolución de la Desconexión fue aprobada por una mayoría significativa en todas las instituciones del Estado. El parlamento lo hizo a través de una mayoría absoluta y abrumadora, el gobierno aprobó la resolución como lo hizo la Suprema Corte de Justicia, con once votos a favor y uno en contra. El referéndum es pues un medio, mas no el único con el que cuenta la democracia representativa para hacer valer sus decisiones.
Sin embargo, el punto débil en el discurso de ciertos colonos, "militantes" de la democracia, era el lugar que en su argumento ocupaba la población árabe vecina. ¿Cómo puede presentarse como coherente el imperativo democrático en una situación en la cual ocho mil colonos judíos coexisten con casi un millón de palestinos desposeídos de derechos colectivos y nacionales? La respuesta radica en que, en esta "democracia" los vecinos árabes de Gaza habían sido ya, desde hace tiempo, conceptualmente liquidados. Se les adjudicaba un status ontológico inferior y, en calidad de "bárbaros", "terroristas", "moradores de las tinieblas", poseían una desviación irremediable: creer que poseen los mismos derechos colectivos que sus vecinos judíos por el sólo hecho de vivir ahí.
Otro término que alcanzó una difusión preponderante durante los días de la Desconexión fue el del transfer. El transfer constituyó el centro de la plataforma política del partido ultra-nacionalista Moledet. El término denota la voluntad de hacer emigrar, o de expulsar si se quiere usar una terminología más certera, a los árabes palestinos de los territorios de Gaza y la Margen Occidental a fin de que el Estado de Israel pueda ampliar sus fronteras y mantenerse mayoritariamente judío. El concepto del transfer se volvió como un bumerang contra los mismos sectores que lo crearon. Frente a la posibilidad cada vez más real de que el proyecto de desconexión fuese consumado, reapareció el lema de "el transfer no pasará", refiriéndose esta vez al transfer de judíos. A través de la frase "el transfer no pasará", se pretendía acceder a las buenas conciencias que se vieron horrorizadas por el planteamiento de llevar a cabo una limpieza étnica en los territorios ocupados. En otras palabras se les decía: "Sus conciencias se sacudieron con la posibilidad del transfer a los palestinos. ¿Cómo pueden mostrarse insensibles al transfer de los judíos?".
De nueva cuenta se omite aquí la pregunta de ¿cuáles son y por dónde pasan las fronteras del estado judío? Si los judíos israelíes habitantes de Gaza creían en la democracia, y también en que Gaza es parte integral de Israel, tendrían que haber llegado a la conclusión lógica de otorgar derechos ciudadanos al casi un millon de habitantes palestinos de la zona. ¿Estaban dispuestos a hacerlo? A casi un año de la desconexión estas preguntas se mantienen vigentes, sobre todo a la luz de las intrincadas relaciones que se mantienen hasta la fecha entre los colonos judíos y la población palestina de la Margan Occidental.
Shomría como moraleja
Shomría había sido uno de los últimos kibutzim fundados por el movimiento sionista de izquierda Hashomer Hatzair hace veinte años. Con toda probabilidad la población de Shomría estaba tan arraigada a su lugar como la población de Atzmona y el resto de los habitantes judíos de Gaza lo estuvo al suyo. ¿Cuál es la razón, entonces, de que este desarraigo haya ocurrido ahora en silencio? ¿Por qué nadie gritó ahora "un judío no expulsa a otro judío"? Ciertamente, la tierra ahora no tembló, nadie desgarró sus vestiduras, nadie acusó al gobierno de propiciar el transfer. De alguna manera se ha establecido la tácita conclusión de que el precio de la desconexión ha de ser pagado por diferentes sectores de la sociedad y no sólo por aquellos que lo vivieron en carne propia.
Pero hay algo más. El doble standard con el que se evalúa lo que es "expulsión" y lo que es solamente un acuerdo en aras del "interés nacional" tiene otros fundamentos. La cuestión es no sólo a quién se "expulsa" sino quién viene en su lugar. La tierra que ocupaban los colonos iba a ser, de acuerdo con esta lógica, entregada al enemigo. Lo que se encontraba detrás de la aparente discusión en torno a la expulsión de judíos era quién tenía, o tiene, los derechos de determinar por dónde pasa la frontera del Estado judío. En este sentido no hay transfer ni expulsión en el caso de los habitantes de Shomría, en tanto que su arraigo a la tierra no tiene implicaciones políticas sino que se trata de diez familias que se mudan de casa a cambio de buenas compensaciones. Su permanencia o ausencia en el lugar no contribuirá a mover un centímetro la frontera ni tendrá efecto alguno sobre el desmoronamiento del sueño de la Israel íntegra. Tampoco tendrá consecuencias religiosas ni significará un retroceso en las aspiraciones de un estado mesiánico. Por ello, nadie ha osado en llamar aquello "expulsión", "deportación" o "tranfer".
No es la intención primordial de este artículo hacer ajustes de cuentas con el pasado. Muchos de los augurios apocalípticos sobre la terrible violencia que desencadenaría la Desconexión fueron, a fin de cuentas, falsos. Es verdad que hubo algunos empujones, gritos, golpes, pero no se disparó un solo tiro. Consumada la retirada, había que proceder a la reubicación de toda la población. La gente desplazada de sus hogares, sean los ex-colonos de Gaza o los kibutzim de Shomria merecen hoy una compensación justa en términos económicos y sociales.
Sin embargo, hay que recordar que, con toda probabilidad, se avecinan en los próximos años nuevos desplazamientos de colonos en la Margen Occidental. Si el plan de convergencia del nuevo primer ministro Ehud Olmert llega a concretarse, mucho más de 8 mil colonos tendrán que reubicarse de este lado de lo que podrán ser las nuevas fronteras política y demográficamente razonables del Estado de Israel. Habrá que recordar entonces el caso de Shomría, un microcosmos del desarraigo, del sueño diluido y de la comprensión racional de que nadie habrá de quedar como refugiado en su propia tierra aun después de abandonar con dolor el lugar donde uno vio crecer a sus hijos. Hay que estar alerta, en síntesis, a nuevas tergiversaciones que puedan aparecer a la vuelta de la esquina, de los términos "expulsión", "deportación" y "Holocausto". No nos dejemos engañar.

*Fuente: www.wzo.org.il/es

 

 



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