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 Una posición muchas veces hostil, basada en el desconocimiento

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El siguiente dossier presenta algunas posturas disímiles sobre la posición de la izquierda latinoamericana respecto a la existencia del Estado de Israel. Sin dudas, el tema es amplio y requiere un mayor espacio para profundizar; el objetivo de estas páginas es simplemente acercar algunos postulados de la izquierda a nuestros lectores, a fin de que pueda generarse una definición objetiva, sin preconceptos, de dicha problemática.

 

En un principio, y tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial, los sectores ideológicos de la “izquierda” apoyaron la iniciativa, promovida por la Organización de Naciones Unidas (ONU), de crear el Estado de Israel. Este apoyo, (fundamentalmente el de los distintos Partidos Comunistas del mundo) se basó en el reconocimiento inmediato que la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) tuvo en 1947, cuando comenzó a delinearse la partición del territorio denominado hasta ese momento “Palestina”.

Esta primera simpatía manifestada por los distintos partidos revolucionarios de América hacia el naciente Estado de Israel, estuvo motivada por los trágicos hechos registrados durante el Holocausto, y por la familiaridad con aquel “laboratorio socialista” que fue la política kibbutziana.

Tras la creación del Estado de Israel, en mayo de 1948 y la primera victoria en la “Guerra de la Independencia”, el heroísmo, la valentía y la resolución demostrada por el movimiento sionista a la hora de defender su “Hogar Nacional”, sirvieron de inspiración a los distintos movimientos de liberación nacional de los países del denominado “Tercer Mundo”. Hasta ese momento, la potencia “amiga” de Israel, proveedora de armamentos y capacitación, era Francia.

En 1956, en plena “Guerra Fría”, el tablero de alianzas comenzó a cambiar: al estallar la Guerra por el Canal de Suez, denominada “Segunda Guerra árabe-israelí”, la URSS se convirtió en abastecedora de armamento de Egipto y promovió el resurgimiento de la “Liga Arabe” bajo el carismático liderazgo del presidente egipcio Nasser. Es aquí cuando se produce el primer quiebre entre la, hasta el momento, benévola mirada de las distintas fuerzas de izquierda hacia Israel, y su viraje a favor de los países árabes.

Cabe destacar que, hasta aquí, la causa palestina sólo era un noctámbulo sentimiento de los palestinos que se habían marchado hacía los países árabes vecinos a Israel.

El acercamiento egipcio al bloque comunista, y el israelí hacia los Estados Unidos, distorsiona la visión de los grupos de izquierda, que hasta entonces veían de lejos los acontecimientos en el Cercano Oriente. En 1967, después de la “Guerra de los Seis Días”, tercera derrota consecutiva hasta ese momento de los países árabes, se produce el alineamiento israelí con los Estados Unidos y el fin de esa relación de simpatía puesta entre las fuerzas de izquierda y el joven Estado Judío.

A partir de ese momento, con la aparición de la OLP y la legitimación de la causa palestina, las distintas fuerzas de izquierda del continente americano reducen el conflicto entre dos Naciones con derechos a existir, a una infantil lucha entre “buenos” y “malos”, muchas veces denostando a Israel por “aliado incondicional del imperialismo estadounidense”, desconociendo por lo general las bases y los fundamentos del conflicto y el rol que jugaron los distintos países árabes de la región en su supuesta defensa de la causa palestina.

Esta hostilidad que, por lo general, presentan los distintos grupos de izquierda hacia Israel, nacida del desconocimiento absoluto de las nociones básicas de este conflicto, genera confusiones entre los sectores que tienden a analizar en forma progresista los distintos acontecimientos de las luchas nacionales y populares. Además, confunde el derecho a existir del Estado Palestino con la negación del derecho a la existencia del Estado Judío, a quien vilipendia por medio de diatribas que lo tildan de genocida y que pregonan su destrucción.

 

 

 

as Dossier: La izquierda latinoamericana y su relación con el Estado de Israel.

“La izquierda argentina no difiere demasiado de la izquierda israelí”

Por Maximiliano Borches (Desde Buenos Aires) mborches@revistahorizonte.org

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En esta entrevista con el luchador por los Derechos Humanos, referente de la izquierda vernácula y periodista –ex Director del mítico periódico “Nueva Presencia” y actual conductor del programa radial “Leña al fuego” emitido por Radio Ciudad- Herman Schiller, se aborda una discusión clave para intentar llegar al entendimiento de por qué la izquierda en este país plantea, en muchos casos, posturas reduccionistas a la hora de hablar de Israel y su conflicto con los palestinos.

 

Hoy en día, los postulados de la izquierda, por lo general, se presentan como una suerte de “amantes antipodas” para con la existencia del Estado de Israel; ¿a que se debe?

No sé si la pregunta está formulada correctamente, porque yo creo que la izquierda argentina no difiere demasiado de la izquierda israelí. Yo leo con frecuencia a la izquierda israelí, no digo la izquierda partidaria, me refiero a la izquierda israelí que se manifiesta en los medios públicos, por ejemplo el diario “Haaretz”. Allí, hay un escritor israelí de izquierda que se fue del Partido Comunista, por izquierda, llamado Itzjack Lahor que dice: “nosotros somos un país de cosacos”. Entonces diría que lo que se escribe en la prensa de izquierda argentina es un poroto. Yo diría primero que no se puede hablar de Israel en su conjunto, como tampoco se puede hablar de la izquierda en su conjunto. Israel no es una unidad; criticar al gobierno de Israel me parece legítimo. Entonces, el que crítica al gobierno israelí no es antiisraelí. Yo amo a Israel y soy crítico severísimo de su gobierno, y no es un sinónimo. Y la izquierda lo mismo, hay sectores que critican al gobierno israelí, como aquella que cuestiona la legitimidad de la existencia del Estado de Israel. Hay un sector de la izquierda que critica esta legitimidad, que evidentemente no quiere la paz, quiere la destrucción de dicho Estado; estos no son mis compañeros, no tienen nada que ver conmigo. Entonces, la izquierda argentina más radicalizada que critica al gobierno israelí no la critica más que la propia izquierda israelí, es una tendencia de todos los sectores del sionismo confundir esto: “el que critica a Israel es antiisraelí y antisemita”. Todo es confuso en Medio Oriente, es confuso, pero bueno, es parte de la realidad.

Convengamos que el pensamiento de algunos intelectuales que escriben en los medios israelíes, representa a un sector bastante marginal de aquella sociedad, y en algunos casos son post-sionistas.

El post-sionismo es otra cosa, allí hay mucha derecha. Yo me horrorice con algunas cosas que ví. Durante el año1997, cuando estuve en Israel, en el Museo de Israel, hubo una exposición sobre los amores de Hitler y Eva Braun. Eso hacen los post-sionistas, yo estaba horrorizado. Entonces, no confundiría a ciertos intelectuales de izquierda israelíes con los post-sionistas. Además, el Partido Comunista, con todas las críticas que puede tener, dirige dos intendencias, además de tener diputados en la Kneset (Parlamento). Así que no diría que no es tan poco representativa. Pero reitero que la izquierda argentina que no cuestiona la existencia del Estado, no lo critica más a Sharon que la propia izquierda israelí. Y si no remitámonos a los discursos de Shul amit Alón en el Parlamento. Acá la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) saldría a decir que lo que ella dice es antisemita. Por eso, plantear como pregunta: “¿porqué la izquierda argentina cuestiona a Israel”?, es incorrecto, porque la izquierda, acá, como en Israel, no es homogénea.

Pero parecería ser que los sectores que se auto-definen como “pertenecientes a la izquierda revolucionaria” en Argentina, son homogéneos en su reduccionismo al criticar la existencia del Estado de Israel. Al menos es el reflejo de su prensa.

No diría que es tan así, porque por ejemplo el Partido Comunista Argentino no cuestiona la existencia del Estado de Israel. Es muy duro con Sharon, pero nada más. La destrucción de Israel la plantean sectores muy delirantes. Yo discuto mucho este tema con esos sectores, por ejemplo con algunos grupos trotskistas que plantean la destrucción de Israel. Yo los he llamado públicamente “pichones de genocidas”.

En el año 2000, cuando usted fue candidato a Vice-Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por Izquierda Unida, el Partido Obrero, refiriéndose a usted, había publicado en su prensa un artículo cuyo título decía algo así como: “¿Usted votaría a un candidato sionista?”, ¿cómo se sintió?

Sí, exactamente. Fue duro, muy duro y hubo una polémica pública, que fue famosa, con ese partido, que se reflejó hasta en el diario “Página/12”.

¿Cómo puede explicarse que la izquierda haya comparado a la figura de Arafat, sabiendo quién fue, con la de líderes revolucionarios latinoamericanos como Sandino o el “Che” Guevara? ¿No es una contradicción?

No, no es una contradicción. Fue un líder nacional. Lo que la izquierda no entiende es que el conflicto palestino-israelí es un conflicto entre dos nacionalidades, y que no hay una nacionalidad “buena” y otra “mala”. Esto también es parte de mi discusión con sectores de la izquierda. ¿Qué es el conflicto palestino-israelí? Es, como dijo Jaim Weitzman: “el conflicto entre dos derechos a existir”. La izquierda no lo siente así, plantean que unos son los “buenos” y los otros los “malos”, y yo siempre me negué a esto. Discuto públicamente este pensamiento, pero de ahí a sacar la conclusión de que la izquierda es “mala” porque lo levantaba a Arafat como líder revolucionario, no tiene ningún sentido, porque también en algunos sectores de la izquierda israelí era levantada su figura con ese título.

¿Qué hacer entonces?

Es muy difícil saber qué hacer en este sentido, porque Israel está muy aislada, no hay ni siquiera un sector de centro que esté con Israel. Para encontrar un sector pro-israelí hay que remitirse a la derecha. El sionismo se auto-define como un movimiento de liberación nacional del pueblo judío, pero no habla con el lenguaje de los movimientos de liberación. Me remito al pensamiento de un pensador israelí, que no es de izquierda, sino que es un religioso ortodoxo, Shalom Rosemberg, que dijo: “lo que necesita el sionismo es hablar con el lenguaje de los movimientos de liberación”. Eso sería un camino, aunque no alcance sólo con esto: hay que abandonar definitivamente el lenguaje y la praxis colonialista y opresora. A mí no me gusta que Israel sea una pieza clave en el tablero de la estrategia imperial. Es muy difícil todo. Los palestinos tienen mejor prensa y mejor imagen que los israelíes. La guerra verbal entre ambos pueblos pasa por “demonizar” al otro, y a mí no me gusta “demonizar”. Hay que encontrar elementos en común, tener creatividad. Rabin tuvo creatividad. Los intelectuales israelíes que con frecuencia publican solicitadas en contra de la masacre contra palestinos inocentes, tienen creatividad. Los intelectuales palestinos que se manifiestan en contra del terrorismo suicida, tienen creatividad. La delegación conjunta palestino-israelí que el año pasado concurrió al Foro Social de Porto Alegre (Shul amit Alon estaba entre ellos), tiene creatividad. Apuesto a los esfuerzos de entendimiento recíproco para salir del “impasse”. Repudio cualquier “demonización”.

 

 

as Dossier: La izquierda Latinoaméricana y su relación con el Estado de Israel

De la izquierda mexicana poco, de Israel menos.

Por León Portman (Desde México D.F) leon@acecomunicacion.com.mx 

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La izquierda mexicana se ha caracterizado por una profunda división, que con el tiempo, sólo ha mermado las posibilidades de desarrollo y separado a sus miembros para conformar una variedad de institutos políticos que, a fin de cuentas, sólo sirvieron para sostener en el poder al Partido Revolucionario Institucional (PRI) por más de 70 años.  

Los ideales liberales y sociales de una izquierda progresista, con sed de justicia y hambre de igualdad, no han podido ser puestos en práctica en la historia contemporánea de México, ya que aún permanecen los viejos esquemas y concepciones comunistas que identifican a estas corrientes más que nada con grupos extremistas que buscan imponer su concepción de país por vías distintas a las que se dirimen por vía de las instituciones.  

“El pensamiento liberal y el totalitario se distinguen muy claramente por sus formas opuestas de utilizar la realidad como sujeto político, moral, y científico. El liberalismo parte de una realidad existente, objetiva y veraz. El hecho de que cada persona vea la realidad de distinta manera no quiere decir que ésta sea distinta, sino que la interpretamos de manera diferente. Por eso las personas cuando comprobamos los efectos derivados de la realidad, solemos decir que la realidad se impone. Porque es un valor objetivo. Nadie impone la realidad. Sólo los fanáticos y los totalitarios creen que lo pueden hacer. Es la realidad la que se impone. El pensamiento liberal trata de influir en la realidad, sabiendo que ésta es el resultado de influencias infinitas. Cuanto más positivas sean esas influencias, mejores serán sus efectos globales para el conjunto” ( Antxón Sarasqueta Cuadernos de pensamiento político nº 5 , enero-marzo 2005).  

Esa influencia liberal posterior a la Revolución Mexicana (1910 – 1917), que se ejerció en la lucha por conseguir mejores condiciones para quienes vivían en la ignominia, en la práctica no se concretó y radicalizó aún más el discurso de quienes observaban cómo la oportunidad se difuminaba al igual que sus ilusiones.  

Es precisamente en las dos primeras décadas del siglo XX donde se registra la mayor inmigración de judíos europeos que, escapando de la primera Guerra Mundial, buscan asilo en la República Mexicana (quizá por su cercanía con los EUA) para ponerse a salvo y empezar una nueva vida. Es aquí también donde se aplican los primeros esquemas de organización social liberal (Grupos Masónicos aglutinan a los hombres, que con ese pensamiento avanzado ayudaron a constituir la primera comunidad “Monte Sinaí, bajo los principios de la izquierda solidaria heredada del conocimiento de los pensadores de Rusia y Europa Occidental).  

Para cuando se empieza a gestar la migración judía a la tierra de Israel, México estaba inmerso en un reordenamiento Institucional que coincide con la etapa de ascenso del régimen nazi y lo fuerza finalmente (no por gusto sino por presión internacional) a involucrarse en la Segunda Guerra Mundial, de donde se desprende la deplorable historia ya por todos conocida (y espero que aprendida).  

La izquierda mexicana simpatizaba con los ideales socialistas rusos y por ende era más afín al bloque que consiguió vencer a los alemanes y sus aliados. El rumbo de la historia motivó en gran medida el reconocimiento, ante la comunidad internacional, de la necesidad apremiante de proveer a los judíos de un Estado propio, y es ahí donde la política exterior mexicana tuvo su primer pronunciamiento público sobre el devenir de los futuros israelitas. México, acorde a la “Política Estrada” (que dio origen Genaro Estrada, Secretario de Relaciones Exteriores en el sexenio del presidente Pascual Ortiz Rubio), emitió un voto de abstención para la creación del Estado de Israel, como parte del espíritu no intervencionista en asuntos extranjeros, marcando también la pauta para ejemplificar la dualidad entre el discurso y la acción de gobernantes, partidos y corrientes que conforman su enramado político.  

Es preciso mencionar que la izquierda mexicana en particular no ha mantenido una posición pública específica ante tal caso, ya que como mencionábamos anteriormente, entre sus prioridades se encuentra la redefinición de sus elementos y de sus ámbitos de acción que regularmente se ven superados por la realidad mundial. Asimismo, otra característica de esta corriente está ligada a la búsqueda del poder por el poder mismo, ya que en la práctica se observa que repiten viejos esquemas y se involucran en dinámicas de corrupción y tráfico de influencias para conseguir los negocios que tanto critican desde el discurso.  

“Por un lado, encontramos el entorno internacional apropiado por los nacionalismos como “espíritu vanguardista”, con más tintes demagógicos que resolutivos, y, en el extremo opuesto (de vital importancia para aquellos que conformarían la izquierda mexicana), la mera sensación de tomar parte activa (en el sentido de pertenencia) en la resolución de los problemáticos vínculos sociales establecidos (presentados en eternos términos de injusticia o, en términos sociológicos, como mera teoría del conflicto). Y ésta segunda vertiente, empecinada en la exaltación de los sentimientos como una primera forma de mostrar el siempre imperante caos como práctica política. Es pues, el discurso de la solución al caos político y social el esgrimido por un caudillismo empecinado en enarbolar la bandera de la justicia y la verdad quien encuentra un campo fértil dentro del desconocido campo de la práctica ideológica”. ( Jesús Prado Los plazos en el “Tiempo de la Izquierda Mexicana”)

Relación entre los Estados

En general, la relación entre los Estados Unidos Mexicanos y el Estado de Israel se ha dado en términos de respeto, reconocimiento mutuo (sin que ello implique la ubicación de la Embajada en Jerusalem).  

El mayor diferendo entre ambas naciones se presentó en 1975, cuando el Presidente priísta Luis Echeverría (quien aplicó una política de centro-izquierda donde la participación del Estado como eje rector de la economía llevó al país al inicio de una gran crisis económica), hizo un pronunciamiento público en el que equiparaba el sionismo con el racismo, lo cual provocó una reacción de rechazo y reclamo por parte del gobierno israelí, así como de las comunidades judías de México y EUA, que organizaron un boicot turístico de efectos muy negativos, que llevaron al Presidente Echeverría a ofrecer una disculpa al respecto después de reunirse con representantes de la Bnei Brit norteamericana.  

Por lo demás, las relaciones entre los dos países se han desarrollado en un clima de colaboración, destacando desde hace 10 años el establecimiento de un Acuerdo de Libre Comercio que les permite en gran parte resolver necesidades de petróleo y de transferencia de nuevas tecnologías.  

Un aspecto que contrasta con este clima armónico es la recurrente tendencia de México a condenar en múltiples resoluciones de la ONU al Estado de Israel, pero una explicación posible es que el México pertenece al grupo de países en vías de desarrollo (del cual forman parte muchos países árabes) que votan en bloque.  

De manera más reciente, el Ex Canciller mexicano Jorge Castañeda Gutman (de madre judía, aunque no es practicante), que es un intelectual de izquierda, aplicó una nueva política extranjera de parte del gobierno del Presidente Vicente Fox, con la que se buscó mayor autonomía y participación en la toma de decisiones internacionales. Sin embargo, este ex funcionario no planteó una nueva dinámica con Israel.  

Quien sí tuvo expresiones abiertas de desaprobación a las acciones del gobierno israelí en torno a su relación con los palestinos, fue el ex embajador de México ante la ONU Adolfo Aguilar Zinser (otro intelectual de izquierda), quien a su vez también formó parte del Consejo de Seguridad de la ONU, donde manifestó una tendencia más personal a descalificar a Israel, confundiendo así la postura del gobierno mexicano.  

Actualmente, México esta viviendo un proceso de gran competencia electoral que ha dividido al país en gobiernos federales, estatales y municipales (con sus congresos, cabildos y asambleas respectivas) en un mosaico multicolor y de tendencias plurales en ideas y pensamientos. La izquierda, encabezada por el Partido de la Revolución Mexicana, gobierna ya la capital de la República Mexicana (Distrito Federal), Zacatecas, Michoacán, Baja California Sur, Guerrero y otros Estados en que han formado alianzas con partidos del centro o incluso con los de derecha, lo cual les ha permitido poner en práctica algunos de los principios sociales que enarbolan, sin cambios evidentes para la población.

“De 1919 a 1988 la izquierda partidaria conoce triunfos, crecimiento, sectarismos atroces, generosidad, espíritu de sacrificios, dogmatismo, reducción numérica, influencia y pérdida de influencia, clandestinidades, persecución, climas de Guerra Fría, devoción irracional por la URSS, heroísmo, mezquindad doctrinaria. Acercarse a este proceso es importante por lo que revela de los aciertos y los extravíos de la mentalidad revolucionaria, por lo que exhibe de la fuerza y los poderes de asimilación del régimen de la Revolución Mexicana, y por el cúmulo de líderes, héroes, "comisarios del pueblo", marxistas talmúdicos y arrepentidos, que la izquierda genera”. Carlos Monsiváis, "La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso", Fractal n° 5, abril-junio, 1997, año 2, volumen II, pp. 11-28.

La prensa

El periodismo en México cuenta con dos principales medios con tendencia de izquierda: La Jornada y el semanario Proceso, mismos que en el caso de Israel sí representan una voz más crítica en torno a la acción de su gobierno en el conflicto que se libra en contra de los Palestinos. Ello no significa que el pensamiento crítico e intelectual mexicano esté completamente cargado hacia la izquierda, pero sí se observa un manejo del discurso que enfatiza más hacia dicha causa, sobre todo porque muchas de las noticias se retoman de agencias informativas extranjeras.  

En resumen, la izquierda mexicana está ante el reto de modernizar su estructura, pensamiento, discurso y acción, ya que por primera vez en su historia para las elecciones presidenciales del 2006 tiene posibilidades reales de alcanzar la victoria, lo cual nos permitiría conocer el modelo de relación que construirían con el Estado de Israel.  

Por lo que hasta ahora, de la izquierda mexicana hemos visto poco, y de su relación con Israel menos. Al tiempo….  

 

 

 as Dossier: La izquierda latinoamericana y su relación con el Estado de Israel

 Los judíos en Colombia: una presencia lejana

 Por: Luis Fernando García Núñez (Desde Bogotá, Colombia) lfgn@hotmail.com

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La historia de Colombia, sobre todo en el período republicano, está marcada por un singular aislamiento del mundo: “En los últimos dos siglos, Colombia no ha tenido flujos migratorios importantes, y hay que esperar hasta las décadas del ´60 y ´70 del siglo XX para ver a un número considerable de inmigrantes llegar al país. La razón de esta intermitencia se debe a la falta de metas y políticas migratorias del Estado colombiano que logren organizar los flujos tanto de extranjeros como de colombianos, y así obtener beneficios para el desarrollo del país” (Rafael Orduz, “Retos y perspectivas para una política migratoria en Colombia”, en Madeleine Andebeng Alongué, editora, Migraciones internacionales: un mundo en movimiento. Bogotá: U. Externado de Colombia, 2004).

 

Este fenómeno no es casual y persiste. No se ha visto que “Una circulación más o menos libre y en condiciones de igualdad de los ciudadanos por el mundo puede reportar indudables beneficios” (Orduz, Ibid.). Más bien en las últimas décadas hemos visto que millones de colombianos se han ido a vivir al exterior con el fin de mejorar sus condiciones de vida y seguridad: muchos salen para Estados Unidos, Venezuela, España, Ecuador, Canadá y Australia, entre otros destinos.

Es en este panorama en el que debemos ver la presencia judía en Colombia. Una mirada atrás nos permite precisar que, en buena medida, las dificultades que debieron vivir la mayoría de judíos en España y Portugal con su expulsión, se reflejó en nuestro continente cuando se estableció el Santo Oficio en 1569 y se inició la persecución de quienes atentaban contra los principios de la Iglesia. A finales del siglo XVI se terminó la relativa seguridad que tenían los judíos que habían llegado al continente huyendo de la espantosa persecución a que fueron sometidos en el viejo continente.

Aquí, en Colombia, más exactamente en Cartagena, durante la primera mitad del siglo XVII se efectuó la más grande actividad inquisitorial contra los judíos. “En 1638 se efectuó el mayor auto de fe, y en los años siguientes se registraron otros. Sin embargo, este tribunal nunca cobró la importancia de los demás por lo escasa que era y lo esparcida que estaba la población que vigilaba y, al menos en ciertos momentos, por los conflictos internos que la afectaban” (Haim Avni, Judíos en América, Madrid: Editor ial Mapfre, 1992).

En el mundo financiero y en la actividad industrial los judíos han tenido, como en muchos otros lugares del mundo, un papel fundamental. Ellos han sido en buena medida gestores de la industria y el comercio, sobre todo en algunas regiones, como la zona paisa (la zona de Antioquia, donde queda la ciudad de Medellín). De igual forma, lo han hecho en Bogotá y otras regiones del país. Es necesario aclarar que, sobre todo durante el siglo XX, fue notoria la presencia hebrea en el desarrollo económico del país. Este auge que vive Colombia lo viven los judíos en todo el mundo, y en América Latina habían empezado a notarse “los primeros síntomas de la industrialización que llevó a la recuperación económica de algunas de las capas sociales en las que se encontraban muchos judíos” (Haim Avni, Ibid.).

En el campo político las cosas van por el mismo camino. Así, por ejemplo, “La elección del presidente Roosevelt en noviembre de 1932 contó con los sufragios del 90% de los votantes judíos, que le siguieron con gran entusiasmo también en sus dos reelecciones, en los años 1936 y 1940. Su acceso a la presidencia el 4 de marzo de 1933 facilitó el acceso de un gran número de judíos a altos cargos administrativos y políticos”.

 

Precisamente en estos años es cuando se reactiva en Europa y en otros países del mundo la política antisemita. Así, el nombramiento de Hitler como canciller de la república alemana llevó el antisemitismo nazi al poder. De esta forma, “El objeto inmediato del ataque eran los 560.000 judíos que había en Ale mania, pero el fin declarado era la derrota completa de lo que los antisemitas creían una realidad política vigorosa: ‘el judaísmo internacional’. Las medidas iniciales que se tomaron a partir del 1 de abril de 1933 fueron la declaración de un boicot total a todos los negocios y servicios profesionales de judíos en Ale mania, el incremento de violentos ataques a transeúntes judíos en las calles y la planificación de una amplia legislación que expulsara a la ‘raza semita’ de todos los sectores de la vida nacional” (Haim Avni, Ibid.).

En Colombia, como lo podemos ver en el libro Colombia nazi, 1939-1945, de Silvia Galvis y Alberto Donadío, hubo un “hilo conductor de esta historia”, pues tuvimos presencia nazi “representada en los espías y otros agentes que aquí operaron en el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores, en la difusión ideológica y en la influencia económica y social de muchos miembros de la colonia alemana en el país, en esa época la más numerosa”. Pero al mismo tiempo no sucedió lo mismo que en otros países de América del Sur, que tras la rendición de Ale mania de Hitler recibieron y protegieron a muchos de los criminales que sustentaron y apoyaron el Tercer Reich.

La mirada política sobre Israel

Hoy podríamos decir que el país, a pesar de unas pocas manifestaciones antisemitas generadas durante la Segunda Guerra Mundial, ha mantenido una especie de neutralidad frente al problema sionista: tenemos embajada en Israel y al mismo una de Palestina, al igual que delegaciones diplomáticas de otros países árabes. Estas circunstancias no han permitido, en verdad, la existencia de una política antisemita, a pesar de que los sectores de la ultraderecha han llegado a detentar en los últimos tiempos el poder político, y de que algunos sectores de las fuerzas armadas y de los partidos políticos han tenido veleidades nazis o fascistas. En este punto es muy clara la notoria influencia que han tenido los Estados Unidos en la orientación política del país, como además lo comprueban los autores de Colombia nazi, 1939-1945. “…los hombres de Washington en Bogotá no ahorraron tinta para enviar sus conceptos sobre los acontecimientos y las personalidades que, en aquel momento, hacían la historia de Colombia, aunque algunas veces las opiniones de ciertos funcionarios respondieran más a la ficción que a la realidad y aún contradijeran los informes del embajador”.

Del otro lado, las políticas de Sharon frente al problema palestino, han generado malestar en muchos sectores progresistas, no sólo en Colombia sino en otros países de América Latina, como lo hemos visto en las manifestaciones de algunos intelectuales que han criticado y condenado la forma en que el primer ministro israelí ha querido resolver el conflicto. Podríamos concluir que, para los colombianos, este es un problema lejano del cual, por razones esbozadas en este artículo, no hemos participado activamente, como tampoco lo hemos hecho en otros que han surgido en el mundo moderno y civilizado. Estamos entronizados en la más fuerte influencia norteamericana que existe en todo el continente, la cual nos ha aislado del desarrollo y de la política internacional.

Frente al tema del nazismo en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, quedan muchas dudas y se ocultan, en verdad, aspectos que involucraron a personajes que hoy el sistema tiene como verdaderas figuras de la vida nacional. Como en tantos otros temas se ha corrido un velo y nadie parece dispuesto a descorrerlo. He ahí una razón más para desconocer un tema de nuestra historia reciente.

 

 

 Dossier: La izquierda latinoamericana y su relación con el Estado de Israel

 “Hay que recordar que Israel le debe en gran parte su existencia al apoyo dado por la Unión Soviética”

 Por Damián Szvalb (Desde Buenos Aires) dszvalb@revistahorizonte.org

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El escritor Marcelo Birmajer militó durante años en uno de los partidos de izquierda más importantes de la Argentina. En este reportaje brinda su opinión acerca de porque el Estado de Israel es demonizado por gran parte de la izquierda institucional e intelectual latinoamericana. Y va más allá: cree que el antisemitismo histórico de la izquierda sigue profundamente arraigado.

 

¿Cómo fue su experiencia de militante en un partido de izquierda?

Yo era una militante sindical en el ala periodística en el MAS (Movimiento al Socialismo). Siempre defendí la existencia de Israel dentro del partido y consideraba que podía mejorar las condiciones laborales de los trabajadores de prensa y al mismo tiempo oponerme a la política internacional del partido. En ese momento no lo veía como algo incompatible, hoy me arrepiento profundamente. No cabe ninguna duda de que yo estuve equivocado y que estaba actuando contra mi propia vida. Perdí el tiempo, y no me pareció un aprendizaje sino una estupidez. Además, yo que lo conocí de adentro, puedo decir que era un partido profundamente antisemita, igual que el Partido Obrero.

¿Cuándo se dio cuenta de está situación?

Mi resquebrajamiento definitivo con el partido fue cuando en 1993 cuando se firmó el pacto de Oslo en Medio Oriente. En aquella oportunidad el periódico “Solidaridad” del MAS sacó una nota a favor de Hamas, grupo que se oponía a Oslo, y llamó traidor a Arafat porque quería hacer la paz con Israel. Ahí decidí irme.

¿Cuándo considera que la izquierda rompe su relación con Israel?

Yo hablaría de una izquierda antijudía. No podemos meter en la misma bolsa a los socialistas o socialdemócratas que siempre apoyaron a Israel, con los elementos antijudíos de la izquierda autoritaria o antidemocrática, ya sea un su vertiente armada o desarmada. Yo creo que la izquierda antijudía toma un sesgo explícito cuando se da cuenta que Israel va a sobrevivir, después de la guerra de los “Seis Días”. Mientras tenían la esperanza de que los judíos fueran aniquilados no les convenía hablar en contra de Israel, porque en ese momento había mucha sensibilidad mundial, por el recuerdo del Holocausto. Mientras tenían la esperanza de que Israel fuera destruido, la mejor manera de propiciar la destrucción del Estado Judío era mantener un tono diplomático, una supuesta simpatía crítica para con Israel. Cuando descubrieron que por primera vez en 2000 años los judíos no iban a perecer en manos del enemigo, dejaron aflorar sus verdaderos sentimientos. Sin embargo se pueden encontrar expresiones que demuestran que aún después de la guerra de 1967 algunos intelectuales de izquierda siguieron apoyando a Israel. Hay un libro publicado por la Editor ial Nueva Sión en 1968 que se llama “Israel. Un tema para la izquierda”. Ahí, escritores como León Rozitchner, Bernardo Kordon, Benardo Verbitski y Abelardo Castillo defienden a Israel y la legitimidad de la defensa de Israel en la “Guerra de los Seis Días”. Creo que sería un excelente estudio psicológico y sociológico explicar por qué algunos años después un intelectual como Rozitchner considera que los israelíes son iguales a los nazis. Yo sigo estando de acuerdo con lo que ellos dijeron en ese libro de 1968.

¿Cuál son para usted los ejemplos más claros entre está vinculación entre grupos de izquierda latinoamericanos y antisionismo?

Acá en Argentina el grupo Montoneros, un grupo protofascista en su espíritu pero por momentos con un discurso de izquierda y homogéneamente antisionista. Esto está en sus documentos, en su apoyo a Yasser Arafat en los años 70 cuando éste reclamaba la destrucción del Estado de Israel, y con Galimberti, un dirigente de la columna norte de Montoneros, participando con grupos terroristas palestinos en el Líbano en operaciones contra el Estado de Israel, en contacto directo con la OLP. El grueso de la izquierda armada latinoamericana era aliada o favorecía a los grupos terroristas palestinos. Nunca hay que olvidar que dentro de cada uno de estos grupos existieron y existen militantes judíos, tan antijudíos como el que más. Es una paradoja misteriosa, pero existente.

La izquierda latinoamericana visualiza a Israel como una aliado de su gran enemigo: EEUU. Algo así como el amigo de enemigo es mi enemigo...

En primer lugar, la alianza militar de Israel con EEUU nace recién en 1973 y tiene más que ver con valores que con conveniencia. Hay que recordar que Israel le debe en gran parte su existencia al apoyo que la Unión Soviética y sus países satélites le brindaron en la guerra de Independencia. Por otro lado yo nunca vi un reivindicación antiimperialista cuando terroristas extranjeros mataron connacionales argentinos en el atentado a la AMIA, que es definitivamente un atentado que coincide con la definición de invasión: un Estado extranjero invade nuestro país y mata compatriotas. Yo no he escuchado a ningún grupo de izquierda que hable de esta agresión extranjera sobre nuestro territorio. Entonces, insistir permanentemente en la alianza entre Estados Unidos e Israel y negar el imperialismo de los países antijudíos, como Irán o Siria, es una visión sesgada en contra de Israel. Por otra parte, Siria y Egipto formaron parte de la Alianza liderada por EEUU que invadió Irak en la primera guerra del Golfo, no Israel. Paradójicamente, Israel nunca participó de una alianza liderada por Norteamérica que invadiera otro país árabe. Siria y Egipto, sí. Es ilógico seguir atacando a Israel por sus lazos con EEUU, que están básicamente basado en los valores democráticos que comparten ambos países.

¿Pero no encuentra matices entre aquellos que critican las políticas e determinados gobiernos israelíes y de aquellos que ponen en duda el derecho de Israel a existir?

Una cuestión es decir que la mejor estrategia para la sobrevivencia del Estado Judío es retirarse de Gaza y Cisjordania y favorecer la creación de un Estado palestino que acepte la existencia de Israel y pueda vivir en paz con su vecino. Eso lo han dicho los sionistas desde 1947, muchos después del 67, y casi todos desde el 2000. Hoy la gran mayoría de los sionistas favorecen la retirada del ejército de Israel de Gaza y Cisjordania. En su momento fue una medida defensiva, y siguió siéndolo hasta hoy, errada o no, pero una medida defensiva. Otra cosa muy distinta es decir que Israel no tiene derecho a existir porque es un país imperialista que invadió Gaza y Cisjordania. O que ese país más chico que Tucumán es un país expansionista o imperialista, o que los israelíes son nazis. Estos argumentos son antisionistas per se, y se inscriben dentro de la nueva judeofobia. Los partidos trostkistas, por ejemplo, siempre estuvieron en contra de la existencia de Israel. Los partidos satélites de Moscú favorecieron al bando árabe desde la segunda mitad de los años 50, mucho antes de la “Guerra de los Seis Días”. El propio Marx estaba infectado por el auto-odio. Siendo él mismo judío, dedica un libro entero, “La cuestión judía”, a abominar del judaísmo. Eso es directamente enfermizo. Creo que ya es hora de decir que el marxismo le ha traído al mundo muchas más desgracias que mejoras.



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