El reino de la incertidumbre
Por Marcelo Kisilevski
(Desde
Jerusalem, Israel )

La muerte de Arafat, como suele suceder, desencadenó
una dinámica macropolítica imposible de predecir.
Sólo podemos trazar escenarios y entender procesos, en
un intento por aminorar los probables efectos sorpresa.
Durante los días de profundo coma de Yasser Arafat,
el comandante de Inteligencia Militar israelí, Guidon Farkash,
sorprendió a toda la opinión pública local
con su agudeza: "Existen dos posibilidades", dijo con
toda seriedad a su interrogador periodístico: "Que
se muera o que sane".
La humorada involuntaria de un hombre serio e Inteligente
como Farkash sirve para ilustrar hasta qué punto reina
la incertidumbre en todo lo tocante al futuro a ser creado con
la muerte del líder palestino. A los más altos rangos
del diseño de políticas de Israel, y a los analistas
periodísticos vernáculos, sólo les resta
trazar escenarios.
Reacción palestina
Los palestinos, como punto de partida,
sorprendieron con su reacción al deceso. Bien hicieron,
voluntariamente o no, Suha Arafat mediante, en no apurarse a desconectar
a Arafat del pulmotor. Eso les dio tiempo a organizarse, y lo
hicieron de una manera inesperadamente pacífica. La alianza
que surgió inmediatamente entre los dos Abus, el ex primer
ministro Abu Alá, y el ex primer ministro Abu Mazen, fue
un signo de buenos tiempos. A partir de allí, el desafío
es unificar a la sociedad palestina, y eso es sólo posible
mediante la neutralización de las organizaciones terroristas,
no por el bien de Israel, sino por la propia estabilidad palestina.
No es seguro que ello funcione. Abu Mazen, después de repartirse
la autoridad real con Abu Alá y nombrar un premier de transición
con vistas a las elecciones el mes que viene, se dedicó
a repartir cargos mayores o menores a los afiliados al Tanzim,
el brazo armado del partido mayoritario Fataj. Su líder,
Marwan Bargutti, está preso en Israel, y Abu Mazen debe
asegurarse de ser él el único candidato en los comicios,
de nuevo, para mostrar un frente único. Bargutti tendía
a aceptar la premisa al cierre de estas líneas. Si el Tanzim
no se pacifica, y el Hamás no se adhiere a la nueva norma
de democracia y juego político sin tiros, el riesgo es
que esta organización fundamentalista tome las riendas,
como ya de facto las tiene en la franja de Gaza. Para neutralizar
al Hamás, Abu Mazen deberá "repartirles"
también a ellos parte de la torta de la influencia en la
Autoridad Palestina. El precio de no hacerlo sería la creación
de un eje Hamás-Irán difícil de deshacer,
y que ya se viene perfilando desde la liquidación violenta
del líder Ajmad Yassin. En efecto, el lisiado líder
espiritual abogaba por el independentismo de toda influencia foránea,
incluidas musulmanes y admiradas como la iraní. Pero se
trataba de una organización quebrada en lo económico
luego del cierre de canillas por parte de Israel y Estados Unidos,
que congelaron todos sus fondos en el extranjero. Sus sucesores,
empezando por el también liquidado Abed El Aziz Rantisi,
iniciaron la era de la cooperación económica con
Irán y logística con los shiítas de Hizballah.
Por estas razones es que la Autoridad Palestina ve el programa
de desconexión de Sharón casi con horror. Porque
si bien significa a todas luces el principio del fin de la ocupación,
lo que deja detrás Tzahal no es precisamente promisorio.
Por lo tanto, quedan algunos analistas en Israel que dejan el
optimismo para el mainstream, que festejó en Israel la
llegada de la "Nueva era" post Arafat como si se tratara
de la era de Acuario de la película Hair.
Dos escenarios
La cordura, en cambio, llama a mantener la incertidumbre
como herramienta: sencillamente, no se sabe qué ocurrirá.
Incluso en la Oficina del Primer Ministro se manejan con dos escenarios,
uno optimista y otro pesimista.
Según el optimista, Abu Mazen gana las elecciones
en enero y logra tomar las riendas de la seguridad y de lo militar
entre los territorios, incluida Gaza. En ese caso, Israel estará
feliz de proponer a los palestinos bienes reales: la coordinación
con la Autoridad Palestina en el momento de la desconexión,
y la entrega a la misma de las infraestructuras y los edificios
que evacuen los colonos judíos. También permitirá
la apertura del puerto y del aeropuerto internacional "Yasser
Arafat" y entregará a la policía palestina
el control del paso Filadelfia en Rafah, en la frontera con Egipto.
Según el escenario pesimista, Abu Mazen gana las elecciones
pero no logra dominar a las diversas facciones. Las mismas se
siguen batiéndose aún hoy por ver quién logra
matar más israelíes de modo de mantener el legado
de Arafat y ganar puntos ante la opinión pública.
La misma está absolutamente desgarrada y fragmentada, y
lo único que la amalgama es el odio a Israel, y eso es
lo que capitalizan las organizaciones terroristas, a expensas
del posible diseño de un futuro mejor de la mano de Abu
Mazen, quien no podrá contradecir esta tendencia, so pena
de quemarse definitivamente en lo político.
El primer escenario se parece a la Utopía más
rosa. Se podrá cumplir sólo si se aprovecha, tanto
del lado palestino como del israelí, la ventana de oportunidad
abierta con la muerte de Arafat. No por las políticas que
éste apoyaba o dejaba de apoyar, sino porque su retirada
dejó a su pueblo en un momentáneo estado de shock.
La calma que reinó durante su agonía y muerte se
parece al de un ejército derrotado en el campo de batalla
que, al decantar el polvo, mira anonadado la destrucción
sufrida. En un momento más, ese ejército reagrupará
filas y redirigirá su furia con redoblada magnitud, si
es que no se aprovecha ese primer momento de perplejidad para
fijar nuevas normas.
Anarquía en los territorios
En efecto, la madurez con la que los viejos "olpistas"
maniobraron durante el último mes de Arafat no debe llamarnos
a engaño. En el terreno reina la anarquía: los territorios
están divididos en cantones y feudos de caudillos, a cual
más violento; Abu Mazen y Abu Alá, con todo su pragmatismo
y seriedad, que hacen las delicias tanto de Sharón como
de Bush y Blair, no tienen fuerza para controlar a las bandas
terroristas, muchas de las cuales aún no han sido identificadas.
Las preguntas que alimentan la incertidumbre son muchas: si hay
elecciones, ¿Israel podrá permitir el voto de los
palestinos de Jerusalem? ¿Aceptará Israel retirarse
a las líneas de octubre de 2000 –previas al operativo
Muro de Defensa- para permitir un proceso ordenado y fortalecer
al mismo tiempo a Abu Mazen? El intento puede funcionar como bumerang:
otra vez pintar a Abu Mazen como aliado de Israel, signando su
fracaso electoral. ¿Qué pasará si el Hamás
participa de las elecciones, condición norteamericana para
seguir apoyando la creación de un estado palestino, y resulta
ganador? ¿Podrá Israel –y Estados Unidos-
permitir la creación de una Palestina islámica?
¿Qué pasará si gana Abu Mazen pero enseguida
se reanudan los atentados terroristas? ¿Qué hará
Abu Mazen con ello? ¿Qué hará Israel? ¿Entrará
de nuevo en los territorios, volviendo a la situación de
antes del 13 de septiembre de 1993, cuando los dos finados Arafat
y Rabin firmaron los acuerdos de Oslo, es decir, gobernando la
vida de los palestinos de modo total?
Conclusión
Por lo pronto, el premier israelí Sharón
es optimista, y ha ordenado al ejército manifestar autocontención
durante todos los 40 días del duelo palestino por Arafat.
En un gesto que no caracterizó a todos los israelíes,
Sharón decidió como política de estado el
respeto por la memoria del líder. Sabe que sus herederos,
pragmáticos o no, tienen a la figura de Arafat como su
más preciado bien histórico, y con ellos deberá
negociar.
Cuando terminen los días de duelo, varias batallas
a la vez tendrán lugar, y no sólo en la arena palestina.
Sharón se enfrentará con el ministro de Hacienda
y candidato a sucederlo, Biniamín Netaniahu, que se opone
abiertamente a la Desconexión de Sharón. Pero éste
no puede echarse atrás, después de las promesas
hechas al recién reelecto George W. Bush. Por el contrario,
Sharón deberá también resistir las presiones
de Bush, presionado a su vez por el británico Tony Blair,
de ejecutar a toda velocidad la Desconexión como paso previo
al regreso a la Hoja de Ruta.
A pesar de que el plan fue trazado por Sharón por
"no haber interlocutor válido" del lado palestino,
y que ahora sí lo hay, en el despacho de Sharón
insisten en que las promesas arrancadas a Bush en el marco de
este plan son irrenunciables, en especial el discurso del norteamericano
en el que defendió el derecho de Israel a no aceptar el
derecho al retorno de los refugiados palestinos, y el hecho de
que los grandes bloques de asentamientos en Cisjordania quedaran
definitivamente en manos de Israel.
En cuanto a Bush, por último, se dice que en la
primera presidencia, un norteamericano tiene como objetivo ganar
la reelección; en la segunda, el objetivo es pasar a la
historia. Bush logró el primer objetivo con varios fracasos
a la rastra, más que nada con su ejército empantanado
en Irak. En ese contexto, la creación de un Estado palestino
puede ser el mayor legado que le deje a la historia luego de su
segunda y última cadencia. Después del fracaso de
gigantes como Clinton, sería un legado nada desdeñable.
 Una oportunidad para abandonar el terrorismo
Por Lic. Claudio Gustavo Goldman (Desde Buenos
Aires)

En términos generales,
el fallecimiento del líder palestino fue recibido con una
mezcla de contenida alegría y de esperanzas de cambio por
la mayoría del pueblo y de la sociedad israelí,
que siempre lo identificó como un sádico terrorista
que jamás abandonó sus hábitos pese a sus
promesas. También hubo opiniones disidentes, y hasta lamentos
y duelo por su desaparición.
La decisión del gobierno israelí
fue mantener un estricto silencio sobre Yaser Arafat, de modo
de no exacerbar los ánimos de los palestinos, por demás
susceptibles ante la pérdida de su “padre fundador”.
En contadas declaraciones se limitó a manifestarse en favor
de un nuevo liderazgo que realmente busque la paz.
Esta inteligente táctica vino seguida de la autorización
del entierro de Abu Ammar (nombre de guerra de Arafat) en la Mukata
y el repliegue de las tropas israelíes, para que las policías
palestinas se hicieran cargo del control de la seguridad en Ramallah.
Tiempo después se apoyó la realización de
las elecciones palestinas del 9 de enero y el posible permiso
para que también puedan votar los habitantes de Jerusalén
oriental. Simultáneamente se estudia el plan “Una
nueva página”, diseñado en el transcurso de
un año entero por el Mando Central de las Fuerzas de Defensa
de Israel, que sugiere “opciones militares” para “el
día después” de la muerte de Arafat. Allí
se señalaba el riesgo de que la situación en los
territorios se deteriore inmediatamente, así como la posibilidad
de que se culpara a Israel por el aislamiento de tres años
al que sometiera al líder palestino. Los comandantes recibieron
instrucciones de hacer todo lo posible para evitar un estallido
de violencia y calmar las tensiones entre las tropas y los manifestantes,
pero también de evitar que éstos logren cruzar las
barreras militares o entrar en las colonias. Para el primer ministro
israelí, Ariel Sharón, “la muerte de Arafat
puede marcar un giro histórico en Medio Oriente. Esperamos
que la nueva dirección palestina que le suceda comprenda
que los progresos en las relaciones con Israel y las soluciones
de los problemas pasan -antes que nada- por una guerra contra
el terrorismo. Si emerge una conducción seria y responsable,
que cumpla con sus compromisos conforme a la 'Hoja de Ruta', estarán
reunidas las condiciones para coordinar diferentes opciones, e
incluso restablecer las negociaciones políticas”.
Varios creyeron leer en estas últimas declaraciones
la posibilidad de que el “Plan de Desconexión”
pudiera hacerse en forma concertada, en tanto una dirección
palestina cumpliera con esos requisitos. Por su parte, el canciller
Silván Shalom declaró que “éstos son
momentos históricos. Estamos en el amanecer de una nueva
era en Medio Oriente, una era que trae la posibilidad y la esperanza
en un verdadero cambio para mejor. Esperamos que el final de la
era Arafat también sea el final de la era del terrorismo.
Israel se compromete a asegurar la calma y la estabilidad durante
este período sensible. El Estado de Israel nunca ha abandonado
su deseo de vivir en paz con los palestinos. Israel no está
-ni lo estará- en modo alguno involucrado en la incógnita
sobre quién dirigirá a los palestinos. Es nuestra
esperanza que quienquiera que sea combatirá el terrorismo.
Este es un requisito incluido en la Fase I de la ‘Hoja de
Ruta’ y es la única forma de que volvamos a las negociaciones
de paz. Durante mucho tiempo sostuve que Iaser Arafat era un obstáculo
para la paz y que un liderazgo palestino responsable sólo
podía emerger una vez que él saliera de escena.
Este argumento ahora será puesto a prueba. En las próximas
semanas y meses deberemos ver si tendremos un verdadero socio
para retornar a las negociaciones. La muerte de Iaser Arafat presenta
una nueva oportunidad. Todas las partes deben aprovecharla”.
Quien no pudo controlar su verborragia fue el ministro
de Justicia, Yosef Lapid, quien había anticipado su oposición
a un eventual entierro de Arafat en Jerusalén, porque allí
“están enterrados los reyes de Israel, y no los terroristas
árabes”. Tras la muerte del líder terrorista,
afirmó que “lo odié por las muertes de israelíes...
Lo odié por no permitir que el proceso de paz avanzase”
y porque “no comprendió que el terrorismo que comenzó
aquí podía extenderse al mundo entero”.
A su turno, el presidente Moshé Katsav afirmó
que deseaba que los palestinos se recuperasen rápidamente
de su dolor y eligieran a un líder que sepa actuar en beneficio
del pueblo, que ponga fin a la violencia y pase a una nueva página
en las negociaciones entre israelíes y palestinos. Sin
embargo, destacó que “Arafat hizo una parte del camino
reconociendo a Israel”, sin lo cual “nada habría
sido posible”. “Los sucesores Abu Mazen y Abu Ala
quieren la paz, pero no son están dispuestos a hacer concesiones
fácilmente. Las negociaciones parecen difíciles
con ellos”. El Consejo de Asentamientos de Judea, Samaria
y la Franja de Gaza se mostró alegre porque consideró
que “con la muerte de Yaser Arafat desaparece un asesino
de judíos, responsable del luto en miles de hogares israelíes.
Esperamos que su desaparición permita renunciar al Plan
de Retirada, basado en la concepción errónea de
que esta operación puede aportar más seguridad”.
El comunicado propone “la continuación de la construcción
en los asentamientos” y el abandono de la falsa creencia
de que los “terroristas pueden convertirse en socios de
negociaciones”. Desde la oposición, Shimón
Peres, quien compartió con Arafat el premio Nobel de la
Paz, en 1994, afirmó que el líder palestino cometió
“un error al comprometerse con la vía del terrorismo,
y todos nosotros pagamos el precio. En los últimos años
quiso ser popular, pero un dirigente a veces debe saber ir en
contra de la corriente de su opinión pública”.
Por su parte, Iosi Beilin, presidente del partido Iajad (ex Meretz),
mandó su pésame porque, según dijo, “éste
es un día triste para el pueblo palestino. Los políticos
israelíes que compiten para dar las respuestas más
despectivas y enardecidas cometen un error, y harían bien
en aprender de la actual mesura demostrada por el primer ministro
Sharón. Israelíes y palestinos están en una
encrucijada, y el desafío que tienen por delante será
la habilidad con la que superarán los últimos cuatro
años de derramamiento de sangre y odio mutuo para volver
a un proceso político de paz que prepare el terreno para
la conciliación”. Uri Avnery, ex diputado, dirigente
del grupo pacifista Gush Shalom (Bloque de la Paz) y uno de los
pocos israelíes que participaron en las exequias, opinó
que, “al contrario que el gobierno, que hacía creer
que Arafat era un demonio, creo que era un hombre que quería
la paz. Y todavía más importante: sólo él
era capaz de conseguir que su pueblo aceptara la paz. Pienso que
lo echaremos de menos porque era el único” que podía
hacerlo. “Me preocupa el futuro. Hay personas serias que
intentan llenar el enorme vacío, pero no estoy seguro de
que sean capaces de lograr que Israel acepte la obra de Arafat”,
concluyó. Finalmente, el rabino ortodoxo y antisionista
Moshé Hirsch, asesor para Asuntos Judíos de Arafat,
anunció que está de duelo. “Rezo por él,
pues Arafat era un hombre que dedicó toda su vida a su
pueblo”. Este encargado de las “relaciones exteriores”
de los Neturei Karta dijo estar “muy triste, pues era un
gran dirigente que siempre hizo la diferencia entre el pueblo
judío y el sionismo”. “Nos pusimos en contacto
por primera vez hace unos treinta años, cuando él
estaba en el extranjero, luego de atentados palestinos que dejaron
víctimas en la comunidad ortodoxa. Le pedimos que respetara
a una comunidad que se disociaba del proyecto sionista y él
prometió hacerlo”, recordó con algo de ingenuidad,
y apuntó a que la mayor parte de los atentados cometidos
recientemente en los barrios ortodoxos de Jerusalén fueron
perpetrados por grupos fundamentalistas y no por activistas del
partido al-Fatah de Arafat. Sin embargo, la mayor parte de la
sociedad y la clase política israelí responsabilizó
a Arafat por consentir -si no por impulsar- esas acciones y a
esos grupos, al tiempo que le criticaron “llamar a la paz
en inglés y a la Jihad en árabe”.
Si se hiciese una encuesta, sin dudas una abrumadora mayoría
lo identificaría como un sádico criminal terrorista
y no un “socio para la paz”.
El mundo tuvo un buen recuerdo de Arafat
En general, los principales países del mundo homenajearon
al extinto líder palestino con palabras dulces, al tiempo
que instaron a sus seguidores a que se esfuercen por una pronta
paz con Israel en el marco de la “Hoja de Ruta”. A
pesar de haber sido generalizado, el buen recuerdo expresado por
el gobierno español fue mal recibido por Israel. El Ministerio
de Asuntos Exteriores recordó a Arafat como un “Premio
Nobel de la Paz y Premio Príncipe de Asturias de Cooperación
Internacional” y destacó su “carisma, su dimensión
internacional como artífice de la causa nacional palestina,
así como su infatigable lucha por el reconocimiento de
los derechos de su pueblo, que lo sitúan entre las figuras
políticas más relevantes de nuestro tiempo”.
Esto último provocó “asombro y consternación”
en Israel, porque no hubo “mención alguna al terrorismo
palestino o a que sus manos estaban manchadas de sangre, lo que
plantea dudas sobre la objetividad del Gobierno español”.
Sin embargo, hubo algunas voces discordantes:
-Gianfranco Fini (viceprimer ministro italiano): “Fue un
símbolo del pueblo palestino que tuvo un comportamiento
ambiguo en lo que se refiere al terrorismo, y si la paz no se
alcanzó se debe también a esa ambigüedad.”
-Joschka Fischer (ministro de Exteriores alemán): “En
él se han reflejado las esperanzas de paz de mucha gente,
pero también sus decepciones y reveses.”
-Bill Clinton (ex presidente estadounidense): “Lamento
que en 2000 haya perdido la oportunidad de concretar” el
Estado palestino.
-Konstantín Kosachov (presidente del Comité de
Asuntos Internacionales de la Duma rusa): “Arafat no estaba
preparando a su sucesor y es poco probable que alguno de los políticos
palestinos sea capaz de asumir la misión unificadora que
desde hace decenios venía ejerciendo.” -Fuente vaticana:
“Su gran error fue no firmar (la paz) en Camp David. Muchos
problemas derivaron de esa decisión. Dejó pasar
su cita con la historia.” -Los premios Nobel de la Paz,
entre ellos Rigoberta Menchú y Adolfo Pérez Esquivel,
hicieron un minuto de silencio en su memoria.
Y después de Arafat, ¿qué?
Por Dov Avital (Desde el kibbutz Metzer, Israel)

La muerte de Yasser Arafat fue prevista por todos los
observadores como un evento catastrófico, al cual podría
suceder solamente el caos prolongado. Sin embargo, dicha muerte,
que llegó por causas naturales y no por aquellas con las
que se especuló durante años, no produjo tal caos,
y tanto la Autoridad Palestina como la calle y los distintos grupos
políticos y armados dieron muestras de una madurez y prudencia
en la acción no sólo sorpresivas, sino también
admirables.
Aún bajo el dolor por la desaparición física
del único líder que el pueblo palestino conoció
en su historia moderna, la vida continúa, los asuntos cotidianos
y políticos siguen siendo tratados y, lejos de la anarquía
vaticinada, el tono general es más práctico y propicio
a la busca de soluciones concretas a los temas en la agenda. ¿Significa
esto que Arafat era “irrelevante” como lo calificaron
Sharon y Bush? De ninguna manera. Arafat marcó la agenda
política del pueblo palestino, tanto a nivel interno como
internacional, y bajo su sombra ningún liderazgo alternativo
pudo desarrollarse. Al morir Arafat sin nombrar sucesor, los palestinos
tendrán que encontrar los mecanismos para nombrar una dirigencia
formal, y para establecer los equilibrios necesarios entre los
distintos grupos de poder. Obviamente, dicho proceso no podrá
realizarse sin la acuciante presión de las cuestiones externas,
no precisamente porque la presión de los factores externos
sea excesiva (para Israel cualquier demora es bienvenida), sino
porque la agenda política palestina está absolutamente
regida por esos factores. Los mismos analistas que pronosticaban
el caos luego de Arafat se apresuraron después de su muerte
a vaticinar “una nueva era” plena de oportunidades.
Si Arafat era el gran obstáculo, razonan, una vez removido
éste, existe una ventana de oportunidad para que una dirigencia
pragmática llegue a la conclusión de que cuatro
años de segunda intifada no han logrado nada más
que la destrucción de la sociedad palestina y de gran parte
de su propiedad, y que dicho camino no conduce a nada más
que a la continuación del sufrimiento. Se impone
aquí una dosis de sobriedad: la realidad luego de Arafat
no es ni tan catastrófica ni tan prometedora. Después
de Arafat persona, viene el mito de Arafat. Qué características
tendrá este mito y quiénes las determinarán,
será el eje central de la pugna interna palestina en el
futuro cercano. La fuerza de los mitos fundacionales Lo que tiene
que estar claro desde un primer momento es que la mitología
palestina en muchos casos es más fuerte que los propios
líderes, incluyendo al mismo Arafat. Lo que fue marcado
por éste como “principio sagrado”, y por lo
tanto irrenunciable en la época de consolidación
de la conciencia nacional palestina, cobró vida propia
e impidió la llegada a un acuerdo político histórico
entre el movimiento nacional palestino y el israelí. Quedará
por siempre en el plano de las conjeturas histórica si
Arafat habría o no tenido el coraje necesario para enfrentar
a su propio pueblo, en la época del “Proceso de Oslo”,
cuando se veía a sí mismo como artífice de
“la paz de los valientes” junto a Yitzhak Rabin, si
este último no hubiera sido asesinado. Lo cierto es que
en la siguiente ronda de negociación real, en Camp David,
frente a Ehud Barak, Yasser Arafat se mostró incapaz de
hacerlo.
Nunca se sabrá si esto se debió a la falta de
confianza en su interlocutor israelí, como muchos afirman,
incluso dentro de la cúpula de aquel gobierno, o a la falta
de resolución política de Arafat, como sostienen
otros, pero tampoco importancia demasiado en este momento: ningún
liderazgo palestino renunciará a los principios a los que
Arafat se negó a renunciar, aún a costa de la ruptura
con el laborismo israelí y con el Gobierno de los Estados
Unidos, por más buena que sea su predisposición
a negociar.
¿Cuáles son estos principios irrenunciables?
En primer lugar, hay dos: soberanía palestina sobre los
lugares santos para el Islam, en Jerusalén Oriental, y
el “derecho al retorno” al actual territorio de Israel
de los refugiados y de sus descendientes. Estos no son meros reclamos
políticos sino que constituyen parte integral de la conciencia
nacional palestina, y de aquí que sean irrenunciables.
El problema de los refugiados Como el acuerdo posible entre los
movimientos nacionales palestino e israelí se basa en la
creación de dos Estados, uno junto al otro: un Estado Judío
(Israel) y un Estado Palestino, muchos israelíes ven en
la insistencia al “derecho al retorno” nada más
que la continuación del deseo de destrucción del
Estado de Israel por etapas. El propio Arafat manifestó
en más de una oportunidad, en discursos internos, que la
creación de un Estado Palestino junto a Israel no es más
que la primera etapa en vías a la concreción de
una “Palestina laica y democrática”, o sea
un Estado que aúne los territorios y poblaciones palestinas
e israelíes y donde la mayoría se constituya en
gobierno. Asumiendo que, demográficamente, en un futuro
no muy lejano, los palestinos sumados a los árabes de Israel,
y a los refugiados que retornen de la diáspora palestina
serán más que los israelíes, éste
es un camino directo para la desaparición del Estado Judío.
Entre la coexistencia de los dos estados y éste sueño
de una palestina única y laica se interpone es la pérdida
del carácter judío del Estado de Israel, que se
lograría fácilmente con la introducción de
un millón o más de refugiados palestinos en el interior
de sus fronteras. Obviamente Israel no puede aceptar una situación
semejante, y de aquí que ni siquiera los más acérrimos
defensores del “acuerdo a cualquier precio” con los
palestinos acepten una demanda de esta clase.
¿Punto muerto?
No necesariamente. Ya en el inicio del diálogo entre
israelíes y palestinos se puso en claro que el “derecho
al retorno” sería materializado en forma de indemnizaciones
y mediante la autorización del ingreso a Israel de unos
pocos miles de palestinos, en el marco de reunificación
de familias. Más recientemente, en los “Acuerdos
de Ginebra”, dicha concepción fue manifestada por
escrito. Si bien para cualquier líder palestino resulta
difícil enfrentarse a los sectores más radicales
(y marginales) de la población de los campos de refugiados,
y declarar que el “derecho al retorno” será
transformado en indemnizaciones y no en la reconquista de ciudades
y pueblos israelíes, no es imposible en el marco de un
acuerdo de paz que incluya una independencia viable para el pueblo
palestino. La Jerusalem disputada Jerusalén Oriental,
especialmente las mezquitas (lo que Israel denomina “el
monte del Templo”), son lugares sagrados para el Islam,
y su custodia es parte integral de la estatura del pueblo palestino
dentro del mundo musulmán. Todos saben que sin un acuerdo
sobre Jerusalem no habrá acuerdo entre los pueblos, y emocionalmente
esta es la cuestión más difícil y explosiva
para ambas partes. Una de las posibilidades barajadas fue ir avanzando
por etapas, y dejar que la cuestión de Jerusalem fuera
la última en tratarse, pero el fracaso de los acuerdos
intermedios, por la presión de los sectores extremistas
de ambas partes, llevó a las dirigencias a tomar conciencia
de que es necesario enfrentarse cuanto antes los detalles del
acuerdo final, y que esto no es posible sin ocuparse de Jerusalem.
¿Otro problema sin solución?
No necesariamente. Jerusalem está dividida en la práctica,
y una redefinición de la ciudad y sus fronteras puede ayudar
a una división en la que cada parte sostenga que mantuvo
sus intereses esenciales. Aún así, la división
de Jerusalem, y la renuncia de Israel a gran parte de la ciudad
oriental puede concretarse sólo en el marco de un acuerdo
definitivo, como un precio a pagar a cambio de la satisfactoria
resolución de todos los otros asuntos.
El problema de los límites
Una tercera demanda palestina no proviene de la mitología
nacional sino de la percepción de independencia: la frontera
directa entre la Cisjordania y el mundo árabe. De otro
modo, los palestinos se verán como un cantón completamente
rodeado por fuerzas israelíes, lo que dista mucho del concepto
mínimo de independencia que pueda integrarse en cualquier
acuerdo. El problema principal es el temor fundado de Israel de
que dicha frontera se transforme en una ruta de ingreso de armas
estratégicas destinadas a atacar a Israel, e incluso en
una ruta de paso para ejércitos árabes en un futuro
conflicto. Ante esto, Israel presenta su permanencia en el valle
del río Jordán como una demanda irrenunciable por
motivos de seguridad nacional, lo que los palestinos, evidentemente,
no pueden aceptar. Las soluciones que se barajan son el arriendo
temporario del valle del Jordán a Israel (improbable por
parte palestina), la presencia de observadores o fuerzas internacionales
(poco aceptable para Israel luego de la inoperancia demostrada
por estas a lo largo de la frontera con el Líbano) y acuerdos
de seguridad que permitan cierta vigilancia israelí sin
presencia permanente.
Conclusión
Se han presentado someramente los puntos esenciales a los que
los palestinos no podrán renunciar aún sin Arafat,
y resta tratar su actitud frente a las demandas básicas
de Israel. En esta situación, pensar que la muerte de un
líder puede permitir llegar a una solución a la
que ni los pueblos involucrados ni las potencias internacionales
han podido arribar, es demasiado aventurado. En el corto plazo,
la “desconexión unilateral” de Israel sigue
siendo el plan de acción para el futuro inmediato. Lo que
ha cambiado es la posibilidad de que se consolide un liderazgo
palestino pragmático, que asuma el control de las áreas
de las que Israel se retire, y se erija como un interlocutor viable
para la búsqueda de un acuerdo definitivo que incorpore
difíciles compromisos basados en las necesidades de ambas
partes, incluyendo las subjetivas.
Un escenario plagado de incógnitas
Por Damián Szval (Desde Buenos Aires)
La desaparición de Arafat del centro de la escena
va a hacer del conflicto israelí- palestino un asunto mucho
más previsible: ninguno de los protagonistas restantes
tiene la perversa capacidad, que tenía el líder
palestino, de engañar a tantas personas durante tanto tiempo.
Su ausencia definitiva entierra los componentes mesiánicos
que Arafat impuso en la agenda del Medio Oriente, mientras le
hacía creer al mundo que quería darle una solución
racional al conflicto. Sin embargo, deberían pasar muchas
cosas buenas para dejar de hablar en términos pesimistas.
Más allá de la dirección política
que adopte cualquier análisis, es evidente que la muerte
de Arafat va a permitir sincerar las posiciones de cada uno de
los protagonistas que quedaron en escena. La resurrección
de la política es el elemento más positivo que surge
en esta nueva realidad, aunque bastará para terminar con
el conflicto: el retorno del dialogo no significa que estén
dadas las condiciones básicas para que israelíes
y palestinos puedan alcanzar la paz definitiva. El realismo político
amenaza con perpetuarse como la asignatura más difícil
de aprobar en el Medio Oriente.
Ninguno de los dirigentes palestinos que se perfilan como los
sucesores de Arafat están preparados, por ejemplo, para
renunciar a la cuestión más sensible de este asunto:
el derecho de retorno de los refugiados. Saben que, de llegar
a hacerlo, de inmediato deberán comenzar a despedirse de
este mundo. El legado de Arafat ha infectado a quienes pelearán
en la interna palestina para sucederlo.
Abu Mazen, está claro, no tiene su magnetismo pero sí
parece haber asimilado aquella máxima que Arafat exacerbó
hasta lo impensable: “es mejor la conflictividad permanente
que los renunciamientos históricos.” Sin embargo,
cree que puede construir un nuevo status quo que puede colocar
a la cuestión palestina en una senda “ganadora”.
Para eso necesita eliminar la opción violenta como método
para obtener renunciamientos por parte de Israel. Cree que ese
será el mejor escenario para desnudar las reales intenciones
de Sharon, quien no podrá soportar una situación
en donde el conflicto se dirima en una mesa de negociación
y no en el campo de batalla.
Pero a Abu Mazen no le va ser fácil encolumnar
a todas las organizaciones palestinas detrás de sí.
Es que el desarrollo del conflicto entre israelíes y palestinos
despierta mucho interés, incluso entre los grupos extremistas
que han tenido una actuación decisiva durante estos años
dentro y fuera de la región, a quienes las cuestiones políticas
poco les interesan y que saben que mediante la perpetuación
de la violencia podrán seguir siendo protagonistas. Si
bien es cierto que la capacidad operativa del Hamas hoy en día
está por el suelo, hay un factor determinante que puede
frustrar muy rápido los planes oficiales: la disposición
de países como Irán y Siria para boicotear cualquier
intento de lograr un cese al fuego. Esto, bajo ningún punto
de vista, es un dato menor.
Estos grupos extremistas tienen la misma concepción
que Al Qaeda. La no resolución del conflicto palestino-israelí
es, para ellos, la excusa mas eficaz para seguir expandiendo el
terrorismo; al mismo tiempo mantiene entusiasmado y entretenido
a los sectores progresistas y a buena parte de la prensa europea,
que compran sin cuestionamientos esta idea.
¿El único líder palestino
carismático?
Marwan Barghouti, a diferencia de Abu Mazen, ha defendido y justificado
los ataques contra objetivos israelíes. Es considerado
un líder carismático y representa a la “nueva
generación” de dirigentes palestinos que quiere hacerse
cargo del destino de su pueblo. Pero Barghouti tiene un problema:
está preso en Israel y fue condenado a cumplir cinco cadenas
perpetuas por el asesinato de israelíes. Existen fuertes
presiones para que de todas formas se presente como candidato,
ya que muchos dan por descontado que es la persona con más
chances de ganar. Esto, creen los palestinos, pondría a
Israel en un dilema, porque la comunidad internacional insistirá
en su liberación. Pero Israel ya sabe lo que puede pasar
si rescata del ostracismo a una persona que se dedicó a
matar judíos.
Hamas vería en esta tregua una buena oportunidad para reacomodarse
luego de su derrota militar frente a Israel. Algunos analistas
creen que querrá incorporarse al juego político
institucional, para poder marcar la agenda a pesar de que ya ha
anunciado que no iban a participar de las próximas elecciones.
Pero no les va a ser tan fácil convencer a Israel y a la
comunidad internacional de que están dispuestos a abandonar
las armas para participar en el juego democrático.
Un futuro repleto de interrogantes
A pesar de este panorama, la Administración
Sharon cree que cualquier liderazgo que surja va a ser mucho mejor
de lo que fue Arafat. Cree que hasta con Hamas sería más
fácil relacionarse porque es muy claro lo que ellos quieren:
bregan por la destrucción total de Israel. Y a diferencia
de Arafat, quien pensaba lo mismo, ellos lo dicen abiertamente.
No hay lugar para el doble discurso.
El futuro presenta demasiados interrogantes. Cuando
palestinos e israelíes se sienten a hablar presentarán
sus posiciones y ahí seguramente se revelará lo
lejos que está la posibilidad de llegar a un acuerdo definitivo.
Los palestinos sueñan con retomar el dialogo en el punto
donde Arafat lo dejó en Taba, cuando Clinton y Barak hacían
lo imposible para convencerlo de que acepte un Estado Palestino
que comprenda por lo menos el 95 por ciento de Cisjordania. Por
su parte, Sharon cree que los palestinos, destrozados como están
y presionados por la comunidad internacional, van a aceptar mucho
menos que eso.
Sharon desconfía de que alguna vez pueda
llegarse a un acuerdo final con los palestinos, más allá
aunque Arafat ya esté fuera de carrera. Sigue sospechando
las reales intenciones que ocultan los palestinos, solo que ahora,
sin Arafat, el hombre que, según él, digitaba el
terror y cuyo desplazamiento de la mesa de negociaciones exigía
como requisito para retomar cualquier tipo de contacto, ya no
le será tan fácil desentenderse de la situación
y postergar el diálogo. Por eso ahora deberá sentarse
con los palestinos y escuchar sus inquietudes, aunque no parece
ser que con su actual situación interna pueda ir mucho
más allá de lo que ya ha ido en el pasado. Sólo
podrá regalarle a algún dirigente moderado de la
Franja de Gaza el rédito político de la desconexión,
correr un poco la cerca de seguridad o entregar en forma de compensación
alguna parte del territorio israelí a cambio de la permanencia
de las colonias en Cisjordania. Para muchos analistas, la mejor
oferta que pueda llegar a hacer Sharon no será aceptada
ni por el más dócil de los negociadores palestinos.
Conclusión
En Israel se produjo un hecho que funcionó
como preludio a la nueva situación en la región:
la aprobación del “Plan de Desconexión”
en el parlamento israelí y el llamado del premier israelí
a acabar con los “complejos mesiánicos” encajan
perfecto en este nuevo escenario. Después de 37 años
de presencia en los territorios, el mensaje es claro: ya no hay
lugar para pensar un Israel que vaya del Jordán al Mediterráneo
y quienes viven ahí no podrán planificar su futuro
en ese lugar.
A George W. Bush la noticia de la muerte del líder palestino
le puede servir para reeditar un viejo sueño: conseguir
un éxito político en el conflicto árabe israelí
que le sirva como prenda de cambio con el mundo árabe por
sus acciones en Afganistán y sobre todo en Irak. Sharon
sabe muy bien esto y mira con desconfianza los pasos de Estados
Unidos. Teme recibir presiones que vayan mucho más allá
de que está dispuesto a dar. Considera que ya hizo lo suficiente
y que no tiene más margen para más concesiones.
La débil situación política
interna, la fuerte presión del país más poderoso
del planeta y la nueva realidad que generará el desarrollo
de la interna palestina conforman un escenario que podría
hacer que Sharon añore aquellos días en que Arafat
estaba encerrado en la Mukata y él manejaba a su gusto
la agenda política y militar del conflicto entre israelíes
y palestinos.
Arafat y el fin del siglo veinte
Por Maximiliano Borches (Desde Buenos Aires)
El egipcio Mohammed Abdel-Raouf Arafat al-Qudwa
al-Husseini, conocido como Yasser Arafat, fue uno de los últimos
líderes en asumir, de manera unipersonal, la lucha nacional
de un pueblo. Su muerte marca el final de una etapa en la historia,
significativamente importante, que se extendió a lo largo
de las décadas del ´50, ´60 y ´70 del
siglo XX.
Políticamente, el pasado siglo veinte nació
con el desarrollo de los acontecimientos que desembocaron en la
Primera Guerra Mundial (1914-1918) y en la revolución bolchevique
de 1917, y finalizó con la caída del Muro de Berlín,
en noviembre de 1989. A lo largo de la segunda mitad de aquel
siglo, tuvieron lugar, en los llamados países del “tercer
mundo”, diversas luchas de carácter nacional. Una
de las más recientes, gestada hace ya algunas décadas,
sin presentar todavía algún tipo de resolución,
es la palestina.
Hasta el fallecimiento de su líder, la conducción
unipersonal palestina contaba con todos los vicios de este tipo
de dirección política: el autoritarismo, la demagogia
exacerbada, el terror para con los opositores y la monstruosa
corrupción en detrimento de su propio pueblo. Este cuadro
de situación promovió, desde la calle palestina,
una sensación de malestar cada vez mayor y una incipiente
rebelión, iniciada a mediados de septiembre pasado, desgastó
la imagen de Arafat como su único líder político.
Pero no sólo su imagen se fue derrumbando
y fue perdiendo fuerza en su propio pueblo. Al morir el “rais”,
se llevó consigo a la tumba el mito, tan arraigado en algunos
de los líderes de los país subdesarrollados, de
“padre de la patria”, y en ese vacío dejado
por su ausencia tiene lugar hoy en día una lucha de poder,
en apariencia más “democrática”, si
se quiere, entre las distintas facciones que luchan para alzarse
con el poder político.
Su figura fue, sin lugar a dudas, de las más
importantes en los últimos treinta años, y a pesar
de los frustrantes resultados obtenidos en los planos político
y militar, logró colocar a la causa palestina en la agenda
internacional.
Al igual que en las tragedias griegas, todos los
pueblos cuentan con un mito fundacional, con sus héroes
y con sus villanos. Y los palestinos no son la excepción.
Los exponentes políticos de estos, que se encuentran cumpliendo
funciones de representación oficial en distintos países,
y que se convertirán en embajadores cuando se logre la
concreción de su Estado, permanentemente hacen referencias
al carácter “palestino” de Jesús (para
pretender acerarse al público cristiano), se auto-adjudican
la fundación de la hermosa -y amada por millones de corazones-
ciudad de Jerusalén, o se autodefinen como los portadores
de la paz y el entendimiento. Todo esto no tiene la más
mínima relación con la realidad y permite entrever
la desesperación, desprovista de todo marco teórico,
de un grupo nacional que intenta crear su propia historia.
El futuro se presenta, como siempre, repleto de
interrogantes. Pero en este momento, en él se vislumbra
una oportunidad como nunca antes la hubo, para que el conflicto
dé un giro importante hacia el campo del diálogo
y del entendimiento.
Ojalá los líderes israelíes
y palestinos estén a la altura histórica y cuenten
con la sensibilidad humana necesaria para poder dar un paso firme
en dirección a la paz. Tan anhelada por estos pueblos.
Obituario para un terrorista de personalidad
múltiple
Por Julián Schvindlerman*(Desde Buenos Aires)
Arafat fue un hombre equívoco
en su identidad nacional -un egipcio que simuló ser palestino-,
en su imagen política –un revolucionario radical
que fingió ser amante de la paz-, y en su filosofía
económica -un acumulador de riquezas valuadas en miles
de millones que se hizo pasar por socialista-. Una clave de su
indefinición la podemos apreciar en algo tan básico
como los son varios de los apodos con los que se hizo llamar en
distintos momentos: “el Doctor”, “Dr. Mohammed”,
“Dr. Fawzi Arafat”, “Abu Mohammed”, “Dr.
Hussein”, o “Raouf”, para finalmente preservar
su ya épico nombre de guerra “Abu Ammar”.
Arafat fue un viajero frecuente que, incluso
en su muerte, no pudo evitar la movilización internacional
característica de su vida agitada. Enfermó en Ramallah,
murió en París, fue velado en El Cairo y sepultado
de regreso en Ramallah. Había nacido en Egipto, pasó
su infancia entre El Cairo y Jerusalém, trabajó
en Kuwait, pasó un tiempo en Siria, luego fue a Jordania
y El Líbano, de donde sería expulsado para hallar
cobijo en Túnez y luego, finalmente, “regresar”
a Gaza. Era nómade al punto de recibir el apodo de “beduino
moderno”. Viajaba tanto que se lo llamó “revolucionario
en alfombra voladora”. El periodista israelí Danny
Rubinstein, en su libro El Misterio de Arafat, cuenta un viaje
suyo que comenzó en Arabia Saudita, prosiguió a
Bahrein, Iraq, Pakistán, Tailandia, China, Bangladesh,
India, continuó con una segunda visita a Tailandia, Pakistán,
Arabia Saudita, e Iraq, y finalizó con una tercer visita
a Arabia Saudita. Todo este itinerario en tres días.
Arafat fue un sobreviviente nato. Israelíes, árabes
y palestinos han intentado matarlo infructuosamente. Sobrevivió
a la batalla de Karameh, de 1968, en Jordania, de la que presuntamente
escapó en motocicleta, también de la incursión
israelí al Líbano, en 1982, en la que una decisión
política de Jerusalém evitó que su cabeza
fuera atravesada por las balas de francotiradores israelíes
que lo tenían en la mira, sobrevivió también
al bombardeo israelí de los cuarteles de la OLP, en Túnez,
en 1985, y de un golpe de gracia final que nunca llegó
por parte de su archienemigo Ariel Sharon, cuando estaba confinado
en la Mukata de Ramallah, desde 2001. En 1983 reprimió
una revuelta interna, zafó de las garras del grupo palestino
sanguinario de Abu Nidal, y según un informe egipcio de
1989, citado Rubinstein, Arafat eludió complots de envenenamiento
durante una visita al Lejano Oriente, un intento de asesinato
en Rumania y la introducción de una bomba en su avión,
en otra ocasión. Todo esto sin mencionar un accidente aéreo
en el desierto libio, en 1992. Arafat fue un hombre osado y cauto
a la vez. Sus precauciones en materia de seguridad personal cobraron
fama legendaria, como las que acompañaron su primer visita
a la ONU en 1974. En aquella oportunidad el líder palestino
solicitó simultáneamente a Egipto y Siria que le
preparan un avión para el viaje, para luego despegar a
bordo de un tercero, desde Argelia. A su arribo a la Franja de
Gaza, veinte años después, ni siquiera sus allegados
más cercanos sabían que ruta de acceso tomaría.
Arafat fue un mentiroso y un embaucador, creador
de pronunciamientos tales como “Jesús fue el mesías
palestino” o “¿sabía Ud. que incluso
Espartaco fue palestino?” Engañó al pueblo
judío (o a gran parte del mismo, al menos), cuando en 1993
reconoció falsamente al Estado de Israel para enseguida,
ese mismísimo día en que formalizara tal reconocimiento
(de la manera más pública y diplomática posible,
en la Casa Blanca, ante la mirada atónita y entusiasta
de millones de personas en todo el mundo) explicar a la televisión
jordana que todo era en realidad un truco que formaba parte del
espíritu destructivo del Plan por Fases de 1974 para la
eliminación de Israel. Arafat fue un líder
mediocre que, de no ser por los errores de los israelíes
que lo rescataron de una inminente irrelevancia política,
en 1993, no hubiera podido darle a su pueblo ni un atisbo de soberanía,
independencia o dignidad. Fue un pésimo gobernante que
con su muerte dejó a un pueblo huérfano de guía,
legándole un proyecto de estado fallido y una herencia
de retórica revolucionaria esclerótica. Fue un pequeño
dictador que abandonó a su pueblo a los avatares de las
incertidumbres del Medio Oriente, alarmantemente incapacitado
para dar forma a un destino político colectivo saludable.
Arafat fue, por sobre todas las cosas, un terrorista lúcido
y despiadado, y a la vez un propagador del terror en todo el mundo,
un propagandista eficaz que supo cubrir su rostro asesino con
una máscara de bondad, sus actos de violencia brutal con
un velo de legitimidad y su intransigencia con un halo de respetabilidad.
Arafat fue un mago político siempre dispuesto a desorientar
con un nuevo acertijo o a sacar de la chistera la última
sorpresa que decepcionaría a unos y encantaría a
otros, y que llevaría a Shimon Peres a decir cierta vez
que “Yasser Arafat es asombroso tanto en su sabiduría
como en su estupidez”, y al poeta saudita Ghassan al-Immam
a concluir que aún “cuando pierde el juego, se gana
el aplauso de las masas”.
*Autor de “Tierras por Paz, Tierras por
Guerra”
La muerte del Raís y el futuro palestino
Por Zidane Zeraoui (Desde Monterrey, México)
La muerte de Yasser Arafat, presidente de la Autoridad
Nacional Palestina desde 1995 y líder de la Organización
para la Liberación Palestina desde 1969, ha dejado un vacío
político en Cisjordania y Gaza, en la medida que no se
constituyó una estructura de continuidad durante la larga
enfermedad del Raís.
Toda referencia a la problemática del Oriente Medio implica
necesariamente la figura de Yasser Arafat, involucrado en el proceso
revolucionario de la región desde hace más de medio
siglo. La cuestión palestina, en los últimos cincuenta
años, se identifica con su persona. Además, su tío
materno, el Hadj Amin el-Husseini, el Mufti de Jerusalén,
encarna la resistencia palestina contra la ocupación inglesa
y la lucha contra el sionismo durante el período de entreguerras.
La familia de el-Husseini (Arafat es el-Husseini por parte de
su madre, prima del Mufti de Jerusalén) personifica la
cuestión nacional palestina.
Este hombre, acusado de ser terrorista pero recibido como jefe
de Estado incluso en los Estados Unidos durante la firma del Acuerdo
de Oslo en 1993, y durante los sucesivos encuentros con el jefe
de la Casa Blanca, fue un hombre enigmático que ha dejado
entrever muy poco sobre su vida personal, para crear el mito del
hombre casado con la revolución. Incluso su misma muerte
es un misterio. Se habla tanto de un envenenamiento como de una
cirrosis por exceso de alcohol, pero nada ha aparecido en los
medios oficiales.
De terrorista a Jefe de Estado
Hasta 1993, Yasser Arafat fue considerado tanto por Israel como
por los Estados Unidos un terrorista, pero la firma de los acuerdos
de Oslo cambió su imagen internacional. Estos acuerdos
dieron paso a un autogobierno palestino y a la creación
de una Autoridad Nacional Palestina. Israel se retiró de
la mayoría del territorio de Gaza y en Cisjordania solamente
de una pequeña franja alrededor de la ciudad de Jericó.
El 27 de enero de 1994, Yasir Arafat fue electo presidente de
la ANP con el 88% de los votos lo que le permitió al año
siguiente instalar provisionalmente su “gobierno”
en Jericó. Además, este paso histórico le
permitió compartir con Yitzhak Rabin y Simón Peres
el premio Nobel de la paz, en 1993, y convertirse en un verdadero
jefe de Estado de estatura mundial. Sin embargo, su gobierno fue
rápidamente acusado de nepotismo y de autoritarismo por
muchos palestinos, en particular por algunos en el exilio, como
por ejemplo Edward Said, quien también falleció
recientemente.
Después del acuerdo de Oslo, su figura como un pragmático
moderado le permitió sortear los obstáculos de las
negociaciones con Israel. Con los acuerdos de Oslo 2, la ANP logró
ampliar su presencia en Cisjordania, en espacial sobre las grandes
ciudades palestinas como Jenin, Naplusa, Ramalá, Qalquiya,
Belén, Tulkarem y finalmente Hebrón, además
de Jericó. A pesar de todas las negociaciones, los territorios
bajo control de la ANP llegaron a abarcar solamente el 40% del
total de la superficie de Cisjordania.
El asesinato de Rabín, en noviembre de 1995, a manos de
un fundamentalista judío del grupo Eyal, junto con la consiguiente
crisis del sistema político israelí, bloquearon
el camino hacia la paz. A partir de entonces el sistema político
israelí comenzó a fragmentarse peligrosamente. Al
comparar las últimas Knessets (sesiones del Parlamento)
podemos comprobar la emergencia de nuevos partidos políticos
localistas, el deterioro del sistema de los partidos hegemónicos
(Likud y Laborismo) y la consolidación de los partidos
religiosos. En la XIV Knesset (con Simón Peres como Primer
Ministro) los partidos tradicionales (Likud y Laborismo), todavía
conservaban, aunque eso sí, debilitados, la hegemonía
política: el laborismo con 34 diputados y el Likud con
32, dejando muy atrás a las demás fuerzas políticas
(Shas -Ortodoxo religioso- con 10, Partido Nacional religioso
-fundamentalista religioso- con 9, el Meretz –izquierda-
con 9, el Israel Ba’Aliya -el partido de la emigración
rusa dirigido por el ex disidente soviético Sharanski-
con 7 y los pequeños partidos como el Hadash con 5, la
Torah Judía Unida con 4, la Tercera Vía -enfocado
a la conservación del Golán con 4-, la Lista Árabe
Unida con 4 y el partido de extrema derecha, el Modelet con 2).
La XV Knesset estaba compuesta como sigue: One Israel (coalición
encabezada por el Laborismo):26, Likud:19, Shas:17, Meretz-Israel
Democrática: 10, Israel Ba Aliya:6, Partido del Centro:6,
Shinui:6, Partido Nacional religioso (Mafdal):5, Judaísmo
de la Unión de la Tora:5, Lista Árabe Unificada:5,
Unidad Nacional:4, Israel Beituna:4, Hadash (Partido árabe):3,
Alianza Democrática Nacional:2 y Una Nación:2. Entre
las dos Knesset podemos apreciar el deterioro de los partidos
tradicionales (caída tanto del Laborismo como del Likud)
y la consolidación de los partidos religiosos.
Este cambio en la conformación del Parlamento israelí
explica las dificultades surgidas para lograr una negociación
real con la ANP. Los gobiernos de coalición están
prisioneros de los partidos religiosos. El bloqueo de las negociaciones,
a raíz del asesinato de Rabin, ha ido empeorado la situación
entre palestinos e israelíes hasta la ruptura abierta por
la ocupación israelí de los territorios palestinos,
en marzo de 2002. Desde esta fecha, podría decirse incluso
desde septiembre del 2000, el proceso de Oslo prácticamente
ha muerto.
El futuro palestino
Con la muerte del Raís, una lucha por el poder dentro
de los rangos palestinos se ha abierto. A pesar de la firma de
un pacto de no agresión y de no violencia entre el Hamas
y los líderes de la OLP, la posibilidad de un frente común
es remota. El Hamas exige una posición radical frente al
gobierno de Israel, mientras que el Primer Ministro palestino,
Ahmed Qorei, conocido como Abú Alá, quiere dejar
las puertas abiertas para futuras negociaciones.
El panorama pre-electoral en Cisjordania y Gaza es bastante incierto.
Si el Hamas aprovecha este período para reforzar su imagen
radical, con nuevos atentados terroristas, el proceso puede terminar
e un impasse, creando un caos en los territorios palestinos que
solamente consolidaría a los grupos más radicales.
Hamas tiene una presencia decisiva en Gaza, mientras que la OLP
se ha consolidado en Cisjordania. Un enfrentamiento entre las
dos corrientes podría dividir a los palestinos en dos “pseudo-Estados”
enemigos, lo que bloquearía cualquier proceso de paz en
la región.
Hasta mediados de noviembre, las candidaturas independientes
anunciadas han sido las de Tala Sidr, considerado un fiel seguidor
del fallecido Yasir Arafat, y Abdel Satar Qasem, un profesor de
ciencias políticas responsable de gran parte de la corrupción
en la ANP. Hamás ha anunciado que boicoteará las
elecciones presidenciales. El gran favorito, Abú Mazén,
ex Primer Ministro, fue elegido por Al Fatah, y todo parece indicar
que el popular Maruán Barghuti se presentará como
candidato independiente desde la cárcel. Barghuti, considerado
como el inspirador de la Intifada, está encarcelado en
Israel, y hay pocas probabilidades de que sea liberado para competir
en las elecciones presidenciales palestinas del 9 de enero del
2005.
Sin embargo, el futuro de la cuestión palestina no está
solamente en manos de la OLP. El papel de los Estados Unidos puede
llegar a ser decisivo en este período de transición,
para impulsar nuevamente la “Hoja de Ruta”. De hecho,
durante la visita del dimisionario jefe de la diplomacia estadounidense,
Colin Powell, a Cisjordania, tanto Abú Mazen como Qorei
le han planteado la urgencia de fortalecer el proceso de paz,
regresando al documento respaldado por el grupo de los 4 (Estados
Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU), para la creación
de un Estado Palestino para el año 2005.
El otro actor imprescindible, Israel, debe apoyar el proceso
electoral para permitir el surgimiento de un presidente de la
OLP con un respaldo popular. De hecho, Amar Dueik, director de
la Comisión, le pidió a Israel que no efectúe
operaciones militares en el período electoral porque "cualquier
asesinato, incursión o toque de queda afectaría,
quizá definitivamente, el calendario electoral".
Bajo estas circunstancias, las semanas previas a las elecciones
palestinas determinarán, en gran medida, el futuro de la
región.
Notas:
Profesor del Departamento de Relaciones Internacionales del ITESM,
Campus Monterrey, México y autor de varios libros. Los
últimos son: México: Los proyectos de su modernidad,
México, Edit. Trillas, 1999; Política mundial contemporánea,
México, Edit. Trillas, 2001, Arab Inmigration in Mexico,
Austin, Texas, 2003 e Islam y política. Los procesos políticos
árabes contemporáneos, México, Edit. Trillas,
2004 (3ª ed.)
2 Raís: líder en árabe. Nombre que se le
da generalmente a Yasser Arafat dentro de la comunidad palestina,
además de su apodo de Abú Amar.
3 Cfr. Aburish, Said K. Arafat, From Defender to Dictator, Londres,
Bloomsbury, 1996.
4 Profesor de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, se ha
convertido en el más acérrimo crítico de
la gestión de Arafat.
Arafat: Entre la espada y el olivo
Por: Sabrina Gelman B. (Desde Caracas, Venezuela) 
“Vengo con el fusil del combatiente
de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen
que la rama de olivo se caiga de mi mano. Repito,
no dejen que la rama de olivo se caiga de mi mano…”
-Yasser Arafat-
13 de noviembre de 1973. Asamblea General de las
Naciones Unidas.
Hasta el día de su muerte la controversia
y las contradicciones formaron parte de la vida de Mohammed Abdel
Raouf Arafat al Qudua al Husseini, mejor conocido por la historia
como Yasser Arafat. Fue uno de esos personajes que han tenido
la virtud de inspirar sentimientos de rechazo y de admiración
en la memoria colectiva de quienes han sido protagonista o testigo
de cuarenta años de historia escrita con sangre y pólvora.
Patriarca para unos, para otros enemigo, siempre se dio a conocer
como un hombre de pasiones e ideales intransigentes, poseedor
de la dosis perfecta de liderazgo a la hora de guiar a sus conciudadanos
a un objetivo común, pero carente de la lucidez del estadista,
necesaria levantar naciones.
Los palestinos hallaron en Arafat el combatiente
más vehemente de su causa y el modelo patriótico
a seguir, aun cuando su robusta figura de un metro sesenta, escudada
tras unas gafas oscuras y el distintivo Kafiah (pañuelo
árabe), es desde hace un tiempo el símbolo del terrorismo
moderno. No cabe duda que Yasser Arafat fue la figura más
determinante dentro del conflicto palestino- israelí, no
sólo porque le dio el reconocimiento mundial a la identidad
palestina, sino porque la mayoría de su pueblo confiaba
solo en él a la hora de entablar conversaciones de paz
con los israelíes. Ningún otro dirigente, llámense
Mahmoud Abbas, Salim Zanoun, Farouk Kaddoumi, Rawhi Fattouh y
Ahmed Qurei, gozan de la credibilidad y popularidad de Yasser
Arafat. Más aún, la estructura política de
la ANP fue concebida para estar únicamente bajo su mando.
Si bien es cierto que el ex Primer Ministro de la ANP, antiguo
Ministro de Relaciones Exteriores de la OLP y su actual presidente,
Mahmoud Abbas, es uno de los candidatos potenciales a asumir el
puesto del líder fallecido, hay que ser conscientes de
que Abbas no posee el consenso popular de sus ciudadanos. Para
bien o para mal, Arafat representaba la unidad de intereses entre
la OLP y la ANP, los dos pilares sobre los que se erige el poder
en los territorios bajo jurisdicción de la Autoridad Palestina.
A pesar que tanto los Acuerdos de Oslo como el tratado firmado
en Washington y las posteriores elecciones de 1996 daban a entender
que el Estado Palestino debía formarse con instituciones
democráticas, todos los poderes terminaron por concentrarse
en un sólo hombre. La última palabra siempre la
tenía Yasser Arafat. No había decisión o
acción que no se tomara sin su consentimiento. La peor
falla estructural a la hora de tomar las riendas de la ANP fue
aferrarse a la vieja política de “patriarcado”,
estableciendo una sucesión hereditaria, como en las viejas
monarquías. Así lo demuestra la incertidumbre
descomunal que se ha instalado en la calle palestina tras su muerte,
comprensible si se tiene en cuenta que pueblo palestino nunca
ha conocido otro líder capaz de hacer posible el sueño
de una nación propia. Una cosa es la realidad política
en la que actores como Mahmoud Abbas pueden contribuir a dar soluciones
prácticas para darle continuidad al proceso que comenzó
hace diez años, y otra, muy distinta, es la realidad de
la sociedad palestina, en la que subyacen múltiples conflictos
de carácter ideológico, económico y social,
que se hacen evidente en la crisis humanitaria, el hacinamiento,
la corrupción y la falta de una infraestructura que permita
el desarrollo de la zona.
Si todos estos aspectos de la política interna de la ANP,
les sumamos los enfrentamientos con Israel, el levantamiento del
muro, el problema de los asentamientos, la intransigente posición
del gobierno de Ariel Sharon y la guerra contra el terrorismo,
terminaríamos por vislumbrar un panorama propicio a las
figuras prominentes de los sectores más conservadores y
radicales de la ANP. Los antiguos Jefes de Seguridad, Jibril Rajoub
y Mohammed Dahlan o el líder del Fatah, Marwan Barghouti,
han ganado terreno dentro de una importante mayoría palestina,
incluidos movimientos fundamentalistas como el Hamas y la Yijad.
Entre ellos se destaca Barghouti, quien desde hace dos años
cumple condena en una cárcel de máxima seguridad
en Israel, por estar involucrado en acciones terroristas. Barghouti
es la imagen de un nuevo liderazgo que rescata los ideales y valores
de sus predecesores. Solo en esas reminiscencia parece encontrar
algún tipo consuelo la nación palestina, que debería
estar más preocupada por dejar de llamarse Autoridad para
asumir la soberanía de un estado propio, que hasta ahora
siempre se había entrevisto con Arafat a la cabeza.
Atentados como el que perpetraron recientemente contra Mahmoud
Abbas dan a entender que los términos medios no son bienvenidos
dentro de la nueva configuración de la ANP. Hoy más
que nunca la calle palestina es un territorios imprevisible y
caótico, donde cualquier cosa puede llegar a pasar. Las
elecciones programadas para el 26 de enero no garantizan en absoluto
la estabilidad de quien termine por asumir el mando. Lo a único
que se sabe a ciencia cierta es que el proceso de paz y la Hoja
de Ruta hace rato que murieron, y nadie conseguirá reanimarlo
hasta tanto alguna de las partes no de el brazo a torcer. Es probable
que ARafat, en su lecho de muerte, Arafat se lamente por haber
desperdiciado una oportunidad de oro llamada Camp David 2000.
Yasser Arafat fue el principal forjador del sueño palestino
y a su vez, es responsable de su drama actual, por haberse dejado
llevar más por el impulso de las pasiones que por el pragmatismo
de la razón. Una década no le bastó para
asegurar un sistema de fronteras seguras y precisas, donde instaurar
la soberanía a la ANP. Tampoco se tomó en serio
la alternativa que le ofreció el gobierno de Barak, ni
llevó al contexto adecuado el problema de los refugiados
palestinos. No obstante, a pesar de las equivocaciones, las derrotas,
la intimidación, las contradicciones, el terror, la sangre
derramada y las alianzas con el enemigo, su pueblo lo siguió
adorando hasta el final.
El 13 de noviembre de 1973, en su célebre discurso frente
a la Asablea General de las Naciones Unidas, Arafat dijo: “vengo
con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama
de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo se caiga de
mi mano”. Para muchos vivió alzando la rama de olivo,
para otros, nunca descargó el fusil.
El peor enemigo de los palestinos
Por Gustavo D. Perednik* (Desde Montevideo, Uruguay) 
En realidad Arafat había fallecido
el pasado 28 de septiembre. Por lo menos había muerto su
época, que destruyó las esperanzas de convivencia
israelo-palestina.
El jefe había organizado para Ramallah
y otras ciudades palestinas, marchas y manifestaciones de celebración
del cuarto año de la Intifada. Sus acólitos esperaban
que cientos de miles de vociferantes, como es habitual, expresaran
en libertad y furia su identificación con el pútrido
régimen. Los resultados los dejaron atónitos: las
masas convocadas se redujeron a más o menos unas cien personas.
Esta vez el pueblo palestino tuvo menos temor de expresar, aunque
sea por omisión, que estaba harto de Arafat y su morralla,
quienes durante medio siglo no le han ofrecido a su pueblo más
que bombas, muerte y destrucción. Favorecer al gobierno
de un grupo no significa necesariamente estar a favor del grupo.
Mucho menos si ese gobierno no se ha establecido legítimamente
o no se basa en el consenso de sus gobernados. Las juntas militares
de Latinoamérica solían actuar en contra del país,
al igual que una buena parte de los tiranos de naciones en todos
los continentes.
Fortalecer a Idi Amín no significaba
ayudar a los ugandeses. Esta aclaración vale para impugnar
la falsa sinonimia europea entre “apoyar la causa palestina”
y financiar al régimen de Arafat, que constituye en realidad
un modo europeo de perjudicar al sufrido pueblo palestino. Estar
a favor de los palestinos es desear su bienestar, o, mejor aún,
actuar en aras del mismo. Por ello puede decirse que, paradójicamente,
el país que más está a favor de los palestinos,
el que los ha provisto de universidades, voto femenino, sistema
legal, y otras menudencias, es Israel. Israel es la única
nación que, en términos prácticos, les augura
a los palestinos que vivan en democracia y en progreso, dedicándose
a la investigación, la agricultura de avanzada, el arte,
la medicina. El deseo dimana del hecho de que si hubiera democracia
en la sociedad palestina, a los israelíes nos será
más fácil vivir en paz con ellos y abocarnos juntos
a redimir el desierto (no hay guerras entre democracias). La causa
que, por el contrario, promovieron los amigos de Arafat, no es
la pro-palestina, sino la anti-israelí. Esa promoción
es visible sobre todo en los medios de prensa, que mienten tanto
sobre las metas de la guerra contra Israel como acerca de sus
métodos. En cuanto al objetivo, la mentira resulta de describirlo
como una lucha de los palestinos por su Estado. Los palestinos
no tienen un Estado porque su liderazgo nunca obró en aras
de crear uno. La guerra que libran no es para crear, sino para
destruir el Estado judío.
¿Piedras o bombas?
En lo que se refiere a los métodos de
la guerra contra Israel, la mayoría de los medios de prensa
tiende a relatarla como una de “niños arrojando piedras
contra tanques omnipotentes”. Uno se pregunta cómo
lograron de ese modo asesinar en cuatro años a más
de mil israelíes. No hubo piedras en la Intifada. Hubo
niños palestinos combatiendo, pero sin piedras. Hubo púberes
y jóvenes, adoctrinados para matar niños judíos,
con bombas y explosivos, campos de entrenamiento y adquisición
ilegal de armamentos. Hay niños, como Abdala Corán,
que en marzo de 2004 protagonizó una escalada más
en el canibalismo que financia la Unión Europea. El 15
de ese mes, soldados israelíes detuvieron a Abdala en un
puesto de control, un jovenzuelo de una familia indigente, que
declaró tener diez años de edad (después
se supo que en realidad tenía doce), al que se le descubrió
en la mochila una carga explosiva de diez kilos. La bomba iba
a ser detonada por un teléfono celular en cuanto Abdala
se aproximara a un grupo de israelíes. Ello nunca ocurrió,
gracias a que en su inconsciencia el mancebo no ocultó
el paquete, que, según lo que le habían dicho, se
trataba un encargo que debía ser entregado a una señora.
Oriundo del campamento de refugiados Balata, trabajaba como ayudante
en el puesto de control de Huwara, en donde cargaba las pertenencias
de los palestinos. Ya no se trataba de un joven aleccionado en
el odio, sino del uso y abuso, llano y directo, del cuerpo de
un casto niño como si fuera combustible para matar. ¿Cuál
es la “ideología” que se encubre detrás
de esta alevosía? ¿Cuán enorme es la ceguera
occidental que la perdona? La perfidia tuvo poca repercusión
en los medios de prensa internacionales. Los diarios se limitaron
a criticar que el ejército israelí controlara el
paso de niños palestinos. La banda terrorista infanticida
es la Tanzim de Naplusa, que responde al Fataj de Arafat. Pero
no hubo reprensiones de ningún tipo. Abdala Corán
fue dejado en libertad, y sigue trabajando en Balata. Ningún
medio europeo fue a entrevistarlo; la “causa palestina”
podía ser perjudicada si el mundo conociera pormenores
de su vivencia, y en la cuestión de Oriente Medio, más
que en cualquier otra, las cadenas de noticias y los periodistas
sienten que por encima de informar, deben servir a la causa. En
la Intifada pelearon niños entrevistados por la TV para
proclamar su deseo de autoinmolarse, o parapetados entre las balas
y los israelíes, o bien como Asan Abdo, un adolescente
con retraso mental a quien le pagaron por inmolarse unas monedas
y la promesa de su primera experiencia sexual en el paraíso
(soldados israelíes lo salvaron, el 24 de marzo de 2004).
Pelearon niños palestinos, sacrificados por Arafat en el
altar de “la causa”.
Huir fue siempre la premisa
La obra de Arafat había dominado
el nacionalismo palestino durante dos décadas y en tres
países. Hasta 1970 en Jordania, que lo expulsó matando
a más de diez mil palestinos ante la apatía internacional.
Hasta 1982, en el Líbano, de donde Israel lo expulsó
ante la furia internacional, y durante los doce años subsiguientes
en Túnez, de donde el gobierno israelí lo rescató
de su ocaso en la pueril expectativa de que construiría
un Estado palestino para la convivencia. Con los acuerdos de El
Cairo, de mayo de 1994, la OLP obtuvo de Israel el control de
Jericó y dos tercios de Gaza, comprometiéndose en
contrapartida a desmantelar el andamiaje terrorista, compromiso
que había asumido en Oslo, y que ratificó en Sharm-el-Sheik,
Hebrón y Wye, donde Israel entregaba más territorio,
dinero, prestigio, y la vana esperanza en el fin del terrorismo.
En el acuerdo se estipulaba que al cabo de dos meses habría
comicios para cimentar la democracia palestina. Arafat entendió
enseguida que ese lapso debía estirarse diez veces, a fin
de llegar a esas “elecciones” con omnímodo
poder, de modo que su pueblo jamás repitiera la fatídica
experiencia de votar. Y lo logró con apoyo europeo. Aunque
la ocupación israelí había sido muy desagradable,
incluía también instituciones democráticas,
tales como la prensa más libre del mundo árabe,
organizaciones de derechos humanos y el entrenamiento en el imperio
de la ley, durísima, pero ley. Dos meses no le alcanzarían
al jefe para revertir la experiencia, y aplicó tres métodos
de su manual del dictador. Primeramente, convirtió a Gaza
en el Estado más policial del planeta. Los acuerdos permitían
nueve mil hombres de policía, pero el jefe quintuplicó
esa cifra, incluidos siete mil guerrilleros importados y una “Guardia
Presidencial” de más de cien matones entrenados en
diversos países árabes que, como bien sabe Europa,
son perlas de derechos humanos y libertades cívicas. Asimismo,
pulularon múltiples fuerzas armadas (incluyendo nueve servicios
de inteligencia) para que la competencia entre ellas le facilitara
la destrucción de oponentes mientras Arafat siempre negaba
su parte los crímenes. Segundamente, generó una
enorme burocracia corrupta. Durante la administración israelí,
había en Gaza unos siete mil funcionarios públicos
locales. En 1996 Arafat podía jactarse de casi treinta
mil, y designó personalmente a ochocientos treinta directores
generales y a los veinticuatro miembros de su gabinete, en el
que nunca hubo votaciones sino una audiencia atenta a los discursos
del jerarca. Este repartía entre sus acólitos concesiones
y monopolios de producción y venta. Con ese objeto adquirió
el 14% de la compañía de cementos. El 15 de junio
se reveló en la prensa (no en la europea, por supuesto)
que más de cinco millones de dólares de ayuda humanitaria
eran depositados en la cuenta personal de Arafat para cubrir el
descubierto de su esposa en París. pero la Unión
Europea le seguía entregando mensualmente diez millones
de euros, mayormente invertidos en terrorismo antijudío.
El tercer método del manual, fue descomponer el aparato
legal para prescindir de ataduras. Arafat sembró confusión
acerca de qué leyes estaban en vigencia. Primero canceló
todas las promulgadas por Israel desde 1967. Arafat derogó
veintitrés leyes israelíes, sin aclarar si el resto
pervivía, y sus ministros respondían, sin especificar,
que “algunas” normas seguían vigentes. El resultado
fue un cuerpo judicial débil y servil. Veinticuatro jueces
fueron designados por el Rais, quien en febrero 1995 estableció
además el Alto Tribunal de Seguridad del Estado, para en
cuestión de días sentenciar a decenas de personas
a prisión en juicios breves y nocturnos sin acceso de familiares
ni medios. Reemplazado el sistema jurídico por un Estado
policial, se puede arremeter. A su llegada circulaban dos diarios
principales. Al poco tiempo Al-Quds fue cerrado y A-Nahar obligado
a cancelar la columna de Daúd Kuttab. Desaparecieron periódicos
menores como el izquierdista Al-Uma y el musulmán Al-Watan.
La prensa electrónica privada nunca fue habilitada, y se
la colocó en manos del fiel Abu Ayash, quien comenzaba
todas las noticias con vítores al autócrata. Los
palestinos nunca se enteraron de que, desde la “liberación”,
su producto bruto interno per cápita había descendido
de 3.000.- a 1.300.- dólares. Tampoco los europeos se enteraron,
pero el delegado de la ONU, Terie Larsen, se quejaba de que un
tercio de los palestinos vivía con dos dólares diarios
(omitía buscar las causas del deterioro porque, para los
diplomáticos europeos, en Medio Oriente hay un solo culpable
de todo) Así se llegó a las “elecciones”
de 1996, sin ninguna oposición significativa. Los candidatos
con posibilidades como Abed a-Shafi fueron estimulados a retirarse
y el jefe recibió casi el 90% de los votos. Europa aplaudía
y Arafat pudo amedrentar a los seis organismos de derechos humanos.
Cuando fueron arrestados sus principales activistas (Sourani,
Eid y A-Sarraj), la prensa palestina ya no podía denunciarlo
porque desde 1996 se dedicaba a ensalzar al líder inmaculado
(la europea procedía del mismo modo, pero no por necesidad
sino por vocación) Una sola fue la identidad palestina
forjada por Arafat, una identidad destructiva. Lo que Israel anhelaba
entregarle en negociaciones, Arafat sólo podía arrancarlo
por medio de bombas en discotecas y pizzerías que avalaban
su discurso. En el momento de evaluar las causas del fracaso de
las celebraciones del 28 de septiembre, por supuesto no faltó
quien, como es habitual, le echara la culpa a Israel. Así
lo sostuvo Sajer Habash, del Comité Central de Fataj. Pero
algunas plumas filtraron un dejo de autocrítica, que en
general brilla por su ausencia en las sociedades árabes.
Y esa autocrítica puede señalar una luz de esperanza,
y el desplazamiento del gran enemigo de los palestinos, Arafat.
El columnista palestino Adli Sadek admitía que los palestinos
“hemos cometido más de cien errores en la Intifada,
el principal de ellos lanzarnos a la confrontación sin
un programa político”. Ha dado en el blanco: la meta
en la que Arafat ubicó al movimiento nacional palestino
ha sido el impulso de devastar Israel, y ningún ímpetu
de construir nada propio. Arrastró a los palestinos a estériles
baños de sangre y a la intoxicación de sus niños
en el odio intransigente, sin proponerles nada más que
la destrucción del otro. Desaparecido el sanguinario déspota,
se abren las compuertas a una nueva expectación de bienestar
para el sufrido pueblo palestino.
*El autor es escritor y filósofo
Arafat, su legado
Por Ingrid Hecker-Perry* (Desde Nueva York)
Arafat ha muerto. ¿Qué
dejará su muerte? Unos lo consideran un terrorista que
no aportó a la paz, otros lo elevan a la categoría
de héroe. Lo cierto es que, diga lo que se diga, el hombre
consiguió poner exitosamente la cuestión palestina
en la agenda internacional.
En 1974, declaró ante las Naciones Unidas
que llevaba una rama de olivo en una mano y un arma como luchador
por la libertad, en la otra. Casi tres décadas después,
el mundo todavía no logra saber si Arafat fue un hombre
de Estado que se dedicó a construir una coexistencia pacífica
con Israel o un líder de la resistencia palestina dedicado
a la lucha armada. En este momento, su muerte deja un vacío
de poder importante y las negociaciones israelí-palestinas
podrán encaminarse hacia la paz o hacia el colapso total.
Es importante, entonces, comprender los motivos que Yasir Arafat
demostró tener a lo largo de su carrera como líder
de la OLP y del pueblo palestino, para así podernos proyectar
hacia lo que podrá ocurrir sin su presencia en la agenda
por la paz.
Arafat y sus seguidores han sostenido que "la
meta es la paz duradera con el Estado de Israel". Durante
el proceso de Oslo, todos los involucrados: palestinos, israelíes,
estadounidenses, egipcios, saudíes y otros líderes
árabes, compartían el sentimiento de que Arafat
deseaba la paz con Israel. Parecía algo lógico.
Después de todo, ya había reconocido al Estado de
Israel a pesar de la ira y el rechazo de religiosos y seculares
en su movimiento. Había autorizado también cinco
acuerdos interinos con los israelíes. Pero Arafat demoró
la decisión hasta el último momento y, con diversas
argucias, logró el resultado más beneficioso y acomodaticio
para él, haciendo las concesiones necesarias para lograr,
eventualmente, la implementación de dichos acuerdos. Desafortunadamente,
ese progreso logrado en el corto plazo disfrazó señales
importantes acerca de las intenciones que tenía el líder
palestino. Toda concesión de Arafat era condicionada y
no contenía nada que él considerara irrevocable.
De acuerdo a su visión, no era necesario que renunciara
a ninguna de sus exigencias. Peor aún: sin cuestionar el
uso de la violencia, nunca abandonó la posibilidad de la
carta terrorista. Es más, Arafat siempre estuvo pronto
a exagerar sus logros manteniendo paralelamente un discurso repetitivo
y viejo de continuas quejas y exigencias. Durante el proceso de
paz de Oslo, jamás preparó a su público para
un compromiso o un acuerdo real. Por el contrario, hizo que los
palestinos creyeran que el proceso de paz iba a lograr todo lo
que ellos deseaban y sugirió implícitamente un retorno
a la lucha armada si las negociaciones no obtenían las
metas planteadas por él, francamente irreales.
¿Retórica?
Arafat le hablaba a grupos palestinos acerca
de cómo la lucha, la jihad, les llevaría a Jerusalén.
La mayoría de las veces, sus aliados en el proceso de paz
subestimaron el comportamiento del líder, sosteniendo que
todo era parte de afirmaciones retóricas que necesitaba
hacer cuando estaba al frente a los "fieles de su part |