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  El reino de la incertidumbre

Por Marcelo Kisilevski (Desde Jerusalem, Israel )


La muerte de Arafat, como suele suceder, desencadenó una dinámica macropolítica imposible de predecir. Sólo podemos trazar escenarios y entender procesos, en un intento por aminorar los probables efectos sorpresa. 

Durante los días de profundo coma de Yasser Arafat, el comandante de Inteligencia Militar israelí, Guidon Farkash, sorprendió a toda la opinión pública local con su agudeza: "Existen dos posibilidades", dijo con toda seriedad a su interrogador periodístico: "Que se muera o que sane".

La humorada involuntaria de un hombre serio e Inteligente como Farkash sirve para ilustrar hasta qué punto reina la incertidumbre en todo lo tocante al futuro a ser creado con la muerte del líder palestino. A los más altos rangos del diseño de políticas de Israel, y a los analistas periodísticos vernáculos, sólo les resta trazar escenarios.

Reacción palestina

Los palestinos, como punto de partida, sorprendieron con su reacción al deceso. Bien hicieron, voluntariamente o no, Suha Arafat mediante, en no apurarse a desconectar a Arafat del pulmotor. Eso les dio tiempo a organizarse, y lo hicieron de una manera inesperadamente pacífica. La alianza que surgió inmediatamente entre los dos Abus, el ex primer ministro Abu Alá, y el ex primer ministro Abu Mazen, fue un signo de buenos tiempos. A partir de allí, el desafío es unificar a la sociedad palestina, y eso es sólo posible mediante la neutralización de las organizaciones terroristas, no por el bien de Israel, sino por la propia estabilidad palestina. No es seguro que ello funcione. Abu Mazen, después de repartirse la autoridad real con Abu Alá y nombrar un premier de transición con vistas a las elecciones el mes que viene, se dedicó a repartir cargos mayores o menores a los afiliados al Tanzim, el brazo armado del partido mayoritario Fataj. Su líder, Marwan Bargutti, está preso en Israel, y Abu Mazen debe asegurarse de ser él el único candidato en los comicios, de nuevo, para mostrar un frente único. Bargutti tendía a aceptar la premisa al cierre de estas líneas. Si el Tanzim no se pacifica, y el Hamás no se adhiere a la nueva norma de democracia y juego político sin tiros, el riesgo es que esta organización fundamentalista tome las riendas, como ya de facto las tiene en la franja de Gaza. Para neutralizar al Hamás, Abu Mazen deberá "repartirles" también a ellos parte de la torta de la influencia en la Autoridad Palestina. El precio de no hacerlo sería la creación de un eje Hamás-Irán difícil de deshacer, y que ya se viene perfilando desde la liquidación violenta del líder Ajmad Yassin. En efecto, el lisiado líder espiritual abogaba por el independentismo de toda influencia foránea, incluidas musulmanes y admiradas como la iraní. Pero se trataba de una organización quebrada en lo económico luego del cierre de canillas por parte de Israel y Estados Unidos, que congelaron todos sus fondos en el extranjero. Sus sucesores, empezando por el también liquidado Abed El Aziz Rantisi, iniciaron la era de la cooperación económica con Irán y logística con los shiítas de Hizballah. Por estas razones es que la Autoridad Palestina ve el programa de desconexión de Sharón casi con horror. Porque si bien significa a todas luces el principio del fin de la ocupación, lo que deja detrás Tzahal no es precisamente promisorio.


Por lo tanto, quedan algunos analistas en Israel que dejan el optimismo para el mainstream, que festejó en Israel la llegada de la "Nueva era" post Arafat como si se tratara de la era de Acuario de la película Hair.

Dos escenarios

La cordura, en cambio, llama a mantener la incertidumbre como herramienta: sencillamente, no se sabe qué ocurrirá. Incluso en la Oficina del Primer Ministro se manejan con dos escenarios, uno optimista y otro pesimista.

Según el optimista, Abu Mazen gana las elecciones en enero y logra tomar las riendas de la seguridad y de lo militar entre los territorios, incluida Gaza. En ese caso, Israel estará feliz de proponer a los palestinos bienes reales: la coordinación con la Autoridad Palestina en el momento de la desconexión, y la entrega a la misma de las infraestructuras y los edificios que evacuen los colonos judíos. También permitirá la apertura del puerto y del aeropuerto internacional "Yasser Arafat" y entregará a la policía palestina el control del paso Filadelfia en Rafah, en la frontera con Egipto.

Según el escenario pesimista, Abu Mazen gana las elecciones pero no logra dominar a las diversas facciones. Las mismas se siguen batiéndose aún hoy por ver quién logra matar más israelíes de modo de mantener el legado de Arafat y ganar puntos ante la opinión pública. La misma está absolutamente desgarrada y fragmentada, y lo único que la amalgama es el odio a Israel, y eso es lo que capitalizan las organizaciones terroristas, a expensas del posible diseño de un futuro mejor de la mano de Abu Mazen, quien no podrá contradecir esta tendencia, so pena de quemarse definitivamente en lo político.

El primer escenario se parece a la Utopía más rosa. Se podrá cumplir sólo si se aprovecha, tanto del lado palestino como del israelí, la ventana de oportunidad abierta con la muerte de Arafat. No por las políticas que éste apoyaba o dejaba de apoyar, sino porque su retirada dejó a su pueblo en un momentáneo estado de shock. La calma que reinó durante su agonía y muerte se parece al de un ejército derrotado en el campo de batalla que, al decantar el polvo, mira anonadado la destrucción sufrida. En un momento más, ese ejército reagrupará filas y redirigirá su furia con redoblada magnitud, si es que no se aprovecha ese primer momento de perplejidad para fijar nuevas normas.

Anarquía en los territorios

En efecto, la madurez con la que los viejos "olpistas" maniobraron durante el último mes de Arafat no debe llamarnos a engaño. En el terreno reina la anarquía: los territorios están divididos en cantones y feudos de caudillos, a cual más violento; Abu Mazen y Abu Alá, con todo su pragmatismo y seriedad, que hacen las delicias tanto de Sharón como de Bush y Blair, no tienen fuerza para controlar a las bandas terroristas, muchas de las cuales aún no han sido identificadas.


Las preguntas que alimentan la incertidumbre son muchas: si hay elecciones, ¿Israel podrá permitir el voto de los palestinos de Jerusalem? ¿Aceptará Israel retirarse a las líneas de octubre de 2000 –previas al operativo Muro de Defensa- para permitir un proceso ordenado y fortalecer al mismo tiempo a Abu Mazen? El intento puede funcionar como bumerang: otra vez pintar a Abu Mazen como aliado de Israel, signando su fracaso electoral. ¿Qué pasará si el Hamás participa de las elecciones, condición norteamericana para seguir apoyando la creación de un estado palestino, y resulta ganador? ¿Podrá Israel –y Estados Unidos- permitir la creación de una Palestina islámica? ¿Qué pasará si gana Abu Mazen pero enseguida se reanudan los atentados terroristas? ¿Qué hará Abu Mazen con ello? ¿Qué hará Israel? ¿Entrará de nuevo en los territorios, volviendo a la situación de antes del 13 de septiembre de 1993, cuando los dos finados Arafat y Rabin firmaron los acuerdos de Oslo, es decir, gobernando la vida de los palestinos de modo total?

Conclusión

Por lo pronto, el premier israelí Sharón es optimista, y ha ordenado al ejército manifestar autocontención durante todos los 40 días del duelo palestino por Arafat. En un gesto que no caracterizó a todos los israelíes, Sharón decidió como política de estado el respeto por la memoria del líder. Sabe que sus herederos, pragmáticos o no, tienen a la figura de Arafat como su más preciado bien histórico, y con ellos deberá negociar.

Cuando terminen los días de duelo, varias batallas a la vez tendrán lugar, y no sólo en la arena palestina. Sharón se enfrentará con el ministro de Hacienda y candidato a sucederlo, Biniamín Netaniahu, que se opone abiertamente a la Desconexión de Sharón. Pero éste no puede echarse atrás, después de las promesas hechas al recién reelecto George W. Bush. Por el contrario, Sharón deberá también resistir las presiones de Bush, presionado a su vez por el británico Tony Blair, de ejecutar a toda velocidad la Desconexión como paso previo al regreso a la Hoja de Ruta.

A pesar de que el plan fue trazado por Sharón por "no haber interlocutor válido" del lado palestino, y que ahora sí lo hay, en el despacho de Sharón insisten en que las promesas arrancadas a Bush en el marco de este plan son irrenunciables, en especial el discurso del norteamericano en el que defendió el derecho de Israel a no aceptar el derecho al retorno de los refugiados palestinos, y el hecho de que los grandes bloques de asentamientos en Cisjordania quedaran definitivamente en manos de Israel.

En cuanto a Bush, por último, se dice que en la primera presidencia, un norteamericano tiene como objetivo ganar la reelección; en la segunda, el objetivo es pasar a la historia. Bush logró el primer objetivo con varios fracasos a la rastra, más que nada con su ejército empantanado en Irak. En ese contexto, la creación de un Estado palestino puede ser el mayor legado que le deje a la historia luego de su segunda y última cadencia. Después del fracaso de gigantes como Clinton, sería un legado nada desdeñable.

a Una oportunidad para abandonar el terrorismo

Por Lic. Claudio Gustavo Goldman (Desde Buenos Aires)
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En términos generales, el fallecimiento del líder palestino fue recibido con una mezcla de contenida alegría y de esperanzas de cambio por la mayoría del pueblo y de la sociedad israelí, que siempre lo identificó como un sádico terrorista que jamás abandonó sus hábitos pese a sus promesas. También hubo opiniones disidentes, y hasta lamentos y duelo por su desaparición.

La decisión del gobierno israelí fue mantener un estricto silencio sobre Yaser Arafat, de modo de no exacerbar los ánimos de los palestinos, por demás susceptibles ante la pérdida de su “padre fundador”. En contadas declaraciones se limitó a manifestarse en favor de un nuevo liderazgo que realmente busque la paz.

Esta inteligente táctica vino seguida de la autorización del entierro de Abu Ammar (nombre de guerra de Arafat) en la Mukata y el repliegue de las tropas israelíes, para que las policías palestinas se hicieran cargo del control de la seguridad en Ramallah. Tiempo después se apoyó la realización de las elecciones palestinas del 9 de enero y el posible permiso para que también puedan votar los habitantes de Jerusalén oriental. Simultáneamente se estudia el plan “Una nueva página”, diseñado en el transcurso de un año entero por el Mando Central de las Fuerzas de Defensa de Israel, que sugiere “opciones militares” para “el día después” de la muerte de Arafat. Allí se señalaba el riesgo de que la situación en los territorios se deteriore inmediatamente, así como la posibilidad de que se culpara a Israel por el aislamiento de tres años al que sometiera al líder palestino. Los comandantes recibieron instrucciones de hacer todo lo posible para evitar un estallido de violencia y calmar las tensiones entre las tropas y los manifestantes, pero también de evitar que éstos logren cruzar las barreras militares o entrar en las colonias. Para el primer ministro israelí, Ariel Sharón, “la muerte de Arafat puede marcar un giro histórico en Medio Oriente. Esperamos que la nueva dirección palestina que le suceda comprenda que los progresos en las relaciones con Israel y las soluciones de los problemas pasan -antes que nada- por una guerra contra el terrorismo. Si emerge una conducción seria y responsable, que cumpla con sus compromisos conforme a la 'Hoja de Ruta', estarán reunidas las condiciones para coordinar diferentes opciones, e incluso restablecer las negociaciones políticas”.

Varios creyeron leer en estas últimas declaraciones la posibilidad de que el “Plan de Desconexión” pudiera hacerse en forma concertada, en tanto una dirección palestina cumpliera con esos requisitos. Por su parte, el canciller Silván Shalom declaró que “éstos son momentos históricos. Estamos en el amanecer de una nueva era en Medio Oriente, una era que trae la posibilidad y la esperanza en un verdadero cambio para mejor. Esperamos que el final de la era Arafat también sea el final de la era del terrorismo. Israel se compromete a asegurar la calma y la estabilidad durante este período sensible. El Estado de Israel nunca ha abandonado su deseo de vivir en paz con los palestinos. Israel no está -ni lo estará- en modo alguno involucrado en la incógnita sobre quién dirigirá a los palestinos. Es nuestra esperanza que quienquiera que sea combatirá el terrorismo. Este es un requisito incluido en la Fase I de la ‘Hoja de Ruta’ y es la única forma de que volvamos a las negociaciones de paz. Durante mucho tiempo sostuve que Iaser Arafat era un obstáculo para la paz y que un liderazgo palestino responsable sólo podía emerger una vez que él saliera de escena. Este argumento ahora será puesto a prueba. En las próximas semanas y meses deberemos ver si tendremos un verdadero socio para retornar a las negociaciones. La muerte de Iaser Arafat presenta una nueva oportunidad. Todas las partes deben aprovecharla”.

Quien no pudo controlar su verborragia fue el ministro de Justicia, Yosef Lapid, quien había anticipado su oposición a un eventual entierro de Arafat en Jerusalén, porque allí “están enterrados los reyes de Israel, y no los terroristas árabes”. Tras la muerte del líder terrorista, afirmó que “lo odié por las muertes de israelíes... Lo odié por no permitir que el proceso de paz avanzase” y porque “no comprendió que el terrorismo que comenzó aquí podía extenderse al mundo entero”.

A su turno, el presidente Moshé Katsav afirmó que deseaba que los palestinos se recuperasen rápidamente de su dolor y eligieran a un líder que sepa actuar en beneficio del pueblo, que ponga fin a la violencia y pase a una nueva página en las negociaciones entre israelíes y palestinos. Sin embargo, destacó que “Arafat hizo una parte del camino reconociendo a Israel”, sin lo cual “nada habría sido posible”. “Los sucesores Abu Mazen y Abu Ala quieren la paz, pero no son están dispuestos a hacer concesiones fácilmente. Las negociaciones parecen difíciles con ellos”. El Consejo de Asentamientos de Judea, Samaria y la Franja de Gaza se mostró alegre porque consideró que “con la muerte de Yaser Arafat desaparece un asesino de judíos, responsable del luto en miles de hogares israelíes. Esperamos que su desaparición permita renunciar al Plan de Retirada, basado en la concepción errónea de que esta operación puede aportar más seguridad”. El comunicado propone “la continuación de la construcción en los asentamientos” y el abandono de la falsa creencia de que los “terroristas pueden convertirse en socios de negociaciones”. Desde la oposición, Shimón Peres, quien compartió con Arafat el premio Nobel de la Paz, en 1994, afirmó que el líder palestino cometió “un error al comprometerse con la vía del terrorismo, y todos nosotros pagamos el precio. En los últimos años quiso ser popular, pero un dirigente a veces debe saber ir en contra de la corriente de su opinión pública”. Por su parte, Iosi Beilin, presidente del partido Iajad (ex Meretz), mandó su pésame porque, según dijo, “éste es un día triste para el pueblo palestino. Los políticos israelíes que compiten para dar las respuestas más despectivas y enardecidas cometen un error, y harían bien en aprender de la actual mesura demostrada por el primer ministro Sharón. Israelíes y palestinos están en una encrucijada, y el desafío que tienen por delante será la habilidad con la que superarán los últimos cuatro años de derramamiento de sangre y odio mutuo para volver a un proceso político de paz que prepare el terreno para la conciliación”. Uri Avnery, ex diputado, dirigente del grupo pacifista Gush Shalom (Bloque de la Paz) y uno de los pocos israelíes que participaron en las exequias, opinó que, “al contrario que el gobierno, que hacía creer que Arafat era un demonio, creo que era un hombre que quería la paz. Y todavía más importante: sólo él era capaz de conseguir que su pueblo aceptara la paz. Pienso que lo echaremos de menos porque era el único” que podía hacerlo. “Me preocupa el futuro. Hay personas serias que intentan llenar el enorme vacío, pero no estoy seguro de que sean capaces de lograr que Israel acepte la obra de Arafat”, concluyó. Finalmente, el rabino ortodoxo y antisionista Moshé Hirsch, asesor para Asuntos Judíos de Arafat, anunció que está de duelo. “Rezo por él, pues Arafat era un hombre que dedicó toda su vida a su pueblo”. Este encargado de las “relaciones exteriores” de los Neturei Karta dijo estar “muy triste, pues era un gran dirigente que siempre hizo la diferencia entre el pueblo judío y el sionismo”. “Nos pusimos en contacto por primera vez hace unos treinta años, cuando él estaba en el extranjero, luego de atentados palestinos que dejaron víctimas en la comunidad ortodoxa. Le pedimos que respetara a una comunidad que se disociaba del proyecto sionista y él prometió hacerlo”, recordó con algo de ingenuidad, y apuntó a que la mayor parte de los atentados cometidos recientemente en los barrios ortodoxos de Jerusalén fueron perpetrados por grupos fundamentalistas y no por activistas del partido al-Fatah de Arafat. Sin embargo, la mayor parte de la sociedad y la clase política israelí responsabilizó a Arafat por consentir -si no por impulsar- esas acciones y a esos grupos, al tiempo que le criticaron “llamar a la paz en inglés y a la Jihad en árabe”.

Si se hiciese una encuesta, sin dudas una abrumadora mayoría lo identificaría como un sádico criminal terrorista y no un “socio para la paz”.

El mundo tuvo un buen recuerdo de Arafat

En general, los principales países del mundo homenajearon al extinto líder palestino con palabras dulces, al tiempo que instaron a sus seguidores a que se esfuercen por una pronta paz con Israel en el marco de la “Hoja de Ruta”. A pesar de haber sido generalizado, el buen recuerdo expresado por el gobierno español fue mal recibido por Israel. El Ministerio de Asuntos Exteriores recordó a Arafat como un “Premio Nobel de la Paz y Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional” y destacó su “carisma, su dimensión internacional como artífice de la causa nacional palestina, así como su infatigable lucha por el reconocimiento de los derechos de su pueblo, que lo sitúan entre las figuras políticas más relevantes de nuestro tiempo”. Esto último provocó “asombro y consternación” en Israel, porque no hubo “mención alguna al terrorismo palestino o a que sus manos estaban manchadas de sangre, lo que plantea dudas sobre la objetividad del Gobierno español”. Sin embargo, hubo algunas voces discordantes:

-Gianfranco Fini (viceprimer ministro italiano): “Fue un símbolo del pueblo palestino que tuvo un comportamiento ambiguo en lo que se refiere al terrorismo, y si la paz no se alcanzó se debe también a esa ambigüedad.”

-Joschka Fischer (ministro de Exteriores alemán): “En él se han reflejado las esperanzas de paz de mucha gente, pero también sus decepciones y reveses.”

-Bill Clinton (ex presidente estadounidense): “Lamento que en 2000 haya perdido la oportunidad de concretar” el Estado palestino.

-Konstantín Kosachov (presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Duma rusa): “Arafat no estaba preparando a su sucesor y es poco probable que alguno de los políticos palestinos sea capaz de asumir la misión unificadora que desde hace decenios venía ejerciendo.” -Fuente vaticana: “Su gran error fue no firmar (la paz) en Camp David. Muchos problemas derivaron de esa decisión. Dejó pasar su cita con la historia.” -Los premios Nobel de la Paz, entre ellos Rigoberta Menchú y Adolfo Pérez Esquivel, hicieron un minuto de silencio en su memoria.

as  Y después de Arafat, ¿qué?

Por Dov Avital  (Desde el kibbutz Metzer, Israel)
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La muerte de Yasser Arafat fue prevista por todos los observadores como un evento catastrófico, al cual podría suceder solamente el caos prolongado. Sin embargo, dicha muerte, que llegó por causas naturales y no por aquellas con las que se especuló durante años, no produjo tal caos, y tanto la Autoridad Palestina como la calle y los distintos grupos políticos y armados dieron muestras de una madurez y prudencia en la acción no sólo sorpresivas, sino también admirables.

Aún bajo el dolor por la desaparición física del único líder que el pueblo palestino conoció en su historia moderna, la vida continúa, los asuntos cotidianos y políticos siguen siendo tratados y, lejos de la anarquía vaticinada, el tono general es más práctico y propicio a la busca de soluciones concretas a los temas en la agenda. ¿Significa esto que Arafat era “irrelevante” como lo calificaron Sharon y Bush? De ninguna manera. Arafat marcó la agenda política del pueblo palestino, tanto a nivel interno como internacional, y bajo su sombra ningún liderazgo alternativo pudo desarrollarse. Al morir Arafat sin nombrar sucesor, los palestinos tendrán que encontrar los mecanismos para nombrar una dirigencia formal, y para establecer los equilibrios necesarios entre los distintos grupos de poder. Obviamente, dicho proceso no podrá realizarse sin la acuciante presión de las cuestiones externas, no precisamente porque la presión de los factores externos sea excesiva (para Israel cualquier demora es bienvenida), sino porque la agenda política palestina está absolutamente regida por esos factores. Los mismos analistas que pronosticaban el caos luego de Arafat se apresuraron después de su muerte a vaticinar “una nueva era” plena de oportunidades. Si Arafat era el gran obstáculo, razonan, una vez removido éste, existe una ventana de oportunidad para que una dirigencia pragmática llegue a la conclusión de que cuatro años de segunda intifada no han logrado nada más que la destrucción de la sociedad palestina y de gran parte de su propiedad, y que dicho camino no conduce a nada más que a la continuación del sufrimiento.  Se impone aquí una dosis de sobriedad: la realidad luego de Arafat no es ni tan catastrófica ni tan prometedora. Después de Arafat persona, viene el mito de Arafat. Qué características tendrá este mito y quiénes las determinarán, será el eje central de la pugna interna palestina en el futuro cercano. La fuerza de los mitos fundacionales Lo que tiene que estar claro desde un primer momento es que la mitología palestina en muchos casos es más fuerte que los propios líderes, incluyendo al mismo Arafat. Lo que fue marcado por éste como “principio sagrado”, y por lo tanto irrenunciable en la época de consolidación de la conciencia nacional palestina, cobró vida propia e impidió la llegada a un acuerdo político histórico entre el movimiento nacional palestino y el israelí. Quedará por siempre en el plano de las conjeturas histórica si Arafat habría o no tenido el coraje necesario para enfrentar a su propio pueblo, en la época del “Proceso de Oslo”, cuando se veía a sí mismo como artífice de “la paz de los valientes” junto a Yitzhak Rabin, si este último no hubiera sido asesinado. Lo cierto es que en la siguiente ronda de negociación real, en Camp David, frente a Ehud Barak, Yasser Arafat se mostró incapaz de hacerlo.

Nunca se sabrá si esto se debió a la falta de confianza en su interlocutor israelí, como muchos afirman, incluso dentro de la cúpula de aquel gobierno, o a la falta de resolución política de Arafat, como sostienen otros, pero tampoco importancia demasiado en este momento: ningún liderazgo palestino renunciará a los principios a los que Arafat se negó a renunciar, aún a costa de la ruptura con el laborismo israelí y con el Gobierno de los Estados Unidos, por más buena que sea su predisposición a negociar.

¿Cuáles son estos principios irrenunciables?

En primer lugar, hay dos: soberanía palestina sobre los lugares santos para el Islam, en Jerusalén Oriental, y el “derecho al retorno” al actual territorio de Israel de los refugiados y de sus descendientes. Estos no son meros reclamos políticos sino que constituyen parte integral de la conciencia nacional palestina, y de aquí que sean irrenunciables.
El problema de los refugiados Como el acuerdo posible entre los movimientos nacionales palestino e israelí se basa en la creación de dos Estados, uno junto al otro: un Estado Judío (Israel) y un Estado Palestino, muchos israelíes ven en la insistencia al “derecho al retorno” nada más que la continuación del deseo de destrucción del Estado de Israel por etapas. El propio Arafat manifestó en más de una oportunidad, en discursos internos, que la creación de un Estado Palestino junto a Israel no es más que la primera etapa en vías a la concreción de una “Palestina laica y democrática”, o sea un Estado que aúne los territorios y poblaciones palestinas e israelíes y donde la mayoría se constituya en gobierno. Asumiendo que, demográficamente, en un futuro no muy lejano, los palestinos sumados a los árabes de Israel, y a los refugiados que retornen de la diáspora palestina serán más que los israelíes, éste es un camino directo para la desaparición del Estado Judío. Entre la coexistencia de los dos estados y éste sueño de una palestina única y laica se interpone es la pérdida del carácter judío del Estado de Israel, que se lograría fácilmente con la introducción de un millón o más de refugiados palestinos en el interior de sus fronteras. Obviamente Israel no puede aceptar una situación semejante, y de aquí que ni siquiera los más acérrimos defensores del “acuerdo a cualquier precio” con los palestinos acepten una demanda de esta clase.

¿Punto muerto?

No necesariamente. Ya en el inicio del diálogo entre israelíes y palestinos se puso en claro que el “derecho al retorno” sería materializado en forma de indemnizaciones y mediante la autorización del ingreso a Israel de unos pocos miles de palestinos, en el marco de reunificación de familias. Más recientemente, en los “Acuerdos de Ginebra”, dicha concepción fue manifestada por escrito. Si bien para cualquier líder palestino resulta difícil enfrentarse a los sectores más radicales (y marginales) de la población de los campos de refugiados, y declarar que el “derecho al retorno” será transformado en indemnizaciones y no en la reconquista de ciudades y pueblos israelíes, no es imposible en el marco de un acuerdo de paz que incluya una independencia viable para el pueblo palestino.  La Jerusalem disputada Jerusalén Oriental, especialmente las mezquitas (lo que Israel denomina “el monte del Templo”), son lugares sagrados para el Islam, y su custodia es parte integral de la estatura del pueblo palestino dentro del mundo musulmán. Todos saben que sin un acuerdo sobre Jerusalem no habrá acuerdo entre los pueblos, y emocionalmente esta es la cuestión más difícil y explosiva para ambas partes. Una de las posibilidades barajadas fue ir avanzando por etapas, y dejar que la cuestión de Jerusalem fuera la última en tratarse, pero el fracaso de los acuerdos intermedios, por la presión de los sectores extremistas de ambas partes, llevó a las dirigencias a tomar conciencia de que es necesario enfrentarse cuanto antes los detalles del acuerdo final, y que esto no es posible sin ocuparse de Jerusalem.

¿Otro problema sin solución?

No necesariamente. Jerusalem está dividida en la práctica, y una redefinición de la ciudad y sus fronteras puede ayudar a una división en la que cada parte sostenga que mantuvo sus intereses esenciales. Aún así, la división de Jerusalem, y la renuncia de Israel a gran parte de la ciudad oriental puede concretarse sólo en el marco de un acuerdo definitivo, como un precio a pagar a cambio de la satisfactoria resolución de todos los otros asuntos.

El problema de los límites

Una tercera demanda palestina no proviene de la mitología nacional sino de la percepción de independencia: la frontera directa entre la Cisjordania y el mundo árabe. De otro modo, los palestinos se verán como un cantón completamente rodeado por fuerzas israelíes, lo que dista mucho del concepto mínimo de independencia que pueda integrarse en cualquier acuerdo. El problema principal es el temor fundado de Israel de que dicha frontera se transforme en una ruta de ingreso de armas estratégicas destinadas a atacar a Israel, e incluso en una ruta de paso para ejércitos árabes en un futuro conflicto. Ante esto, Israel presenta su permanencia en el valle del río Jordán como una demanda irrenunciable por motivos de seguridad nacional, lo que los palestinos, evidentemente, no pueden aceptar. Las soluciones que se barajan son el arriendo temporario del valle del Jordán a Israel (improbable por parte palestina), la presencia de observadores o fuerzas internacionales (poco aceptable para Israel luego de la inoperancia demostrada por estas a lo largo de la frontera con el Líbano) y acuerdos de seguridad que permitan cierta vigilancia israelí sin presencia permanente.

Conclusión

Se han presentado someramente los puntos esenciales a los que los palestinos no podrán renunciar aún sin Arafat, y resta tratar su actitud frente a las demandas básicas de Israel. En esta situación, pensar que la muerte de un líder puede permitir llegar a una solución a la que ni los pueblos involucrados ni las potencias internacionales han podido arribar, es demasiado aventurado. En el corto plazo, la “desconexión unilateral” de Israel sigue siendo el plan de acción para el futuro inmediato. Lo que ha cambiado es la posibilidad de que se consolide un liderazgo palestino pragmático, que asuma el control de las áreas de las que Israel se retire, y se erija como un interlocutor viable para la búsqueda de un acuerdo definitivo que incorpore difíciles compromisos basados en las necesidades de ambas partes, incluyendo las subjetivas.


z Un escenario plagado de incógnitas 

Por Damián Szval (Desde Buenos Aires)s


La desaparición de Arafat del centro de la escena va a hacer del conflicto israelí- palestino un asunto mucho más previsible: ninguno de los protagonistas restantes tiene la perversa capacidad, que tenía el líder palestino, de engañar a tantas personas durante tanto tiempo. Su ausencia definitiva entierra los componentes mesiánicos que Arafat impuso en la agenda del Medio Oriente, mientras le hacía creer al mundo que quería darle una solución racional al conflicto. Sin embargo, deberían pasar muchas cosas buenas para dejar de hablar en términos pesimistas. 


Más allá de la dirección política que adopte cualquier análisis, es evidente que la muerte de Arafat va a permitir sincerar las posiciones de cada uno de los protagonistas que quedaron en escena. La resurrección de la política es el elemento más positivo que surge en esta nueva realidad, aunque bastará para terminar con el conflicto: el retorno del dialogo no significa que estén dadas las condiciones básicas para que israelíes y palestinos puedan alcanzar la paz definitiva. El realismo político amenaza con perpetuarse como la asignatura más difícil de aprobar en el Medio Oriente.

Ninguno de los dirigentes palestinos que se perfilan como los sucesores de Arafat están preparados, por ejemplo, para renunciar a la cuestión más sensible de este asunto: el derecho de retorno de los refugiados. Saben que, de llegar a hacerlo, de inmediato deberán comenzar a despedirse de este mundo. El legado de Arafat ha infectado a quienes pelearán en la interna palestina para sucederlo.
Abu Mazen, está claro, no tiene su magnetismo pero sí parece haber asimilado aquella máxima que Arafat exacerbó hasta lo impensable: “es mejor la conflictividad permanente que los renunciamientos históricos.” Sin embargo, cree que puede construir un nuevo status quo que puede colocar a la cuestión palestina en una senda “ganadora”. Para eso necesita eliminar la opción violenta como método para obtener renunciamientos por parte de Israel. Cree que ese será el mejor escenario para desnudar las reales intenciones de Sharon, quien no podrá soportar una situación en donde el conflicto se dirima en una mesa de negociación y no en el campo de batalla.

Pero a Abu Mazen no le va ser fácil encolumnar a todas las organizaciones palestinas detrás de sí. Es que el desarrollo del conflicto entre israelíes y palestinos despierta mucho interés, incluso entre los grupos extremistas que han tenido una actuación decisiva durante estos años dentro y fuera de la región, a quienes las cuestiones políticas poco les interesan y que saben que mediante la perpetuación de la violencia podrán seguir siendo protagonistas. Si bien es cierto que la capacidad operativa del Hamas hoy en día está por el suelo, hay un factor determinante que puede frustrar muy rápido los planes oficiales: la disposición de países como Irán y Siria para boicotear cualquier intento de lograr un cese al fuego. Esto, bajo ningún punto de vista, es un dato menor.

Estos grupos extremistas tienen la misma concepción que Al Qaeda. La no resolución del conflicto palestino-israelí es, para ellos, la excusa mas eficaz para seguir expandiendo el terrorismo; al mismo tiempo mantiene entusiasmado y entretenido a los sectores progresistas y a buena parte de la prensa europea, que compran sin cuestionamientos esta idea.

¿El único líder palestino carismático?


Marwan Barghouti, a diferencia de Abu Mazen, ha defendido y justificado los ataques contra objetivos israelíes. Es considerado un líder carismático y representa a la “nueva generación” de dirigentes palestinos que quiere hacerse cargo del destino de su pueblo. Pero Barghouti tiene un problema: está preso en Israel y fue condenado a cumplir cinco cadenas perpetuas por el asesinato de israelíes. Existen fuertes presiones para que de todas formas se presente como candidato, ya que muchos dan por descontado que es la persona con más chances de ganar. Esto, creen los palestinos, pondría a Israel en un dilema, porque la comunidad internacional insistirá en su liberación. Pero Israel ya sabe lo que puede pasar si rescata del ostracismo a una persona que se dedicó a matar judíos.

Hamas vería en esta tregua una buena oportunidad para reacomodarse luego de su derrota militar frente a Israel. Algunos analistas creen que querrá incorporarse al juego político institucional, para poder marcar la agenda a pesar de que ya ha anunciado que no iban a participar de las próximas elecciones. Pero no les va a ser tan fácil convencer a Israel y a la comunidad internacional de que están dispuestos a abandonar las armas para participar en el juego democrático.

Un futuro repleto de interrogantes

A pesar de este panorama, la Administración Sharon cree que cualquier liderazgo que surja va a ser mucho mejor de lo que fue Arafat. Cree que hasta con Hamas sería más fácil relacionarse porque es muy claro lo que ellos quieren: bregan por la destrucción total de Israel. Y a diferencia de Arafat, quien pensaba lo mismo, ellos lo dicen abiertamente. No hay lugar para el doble discurso.

El futuro presenta demasiados interrogantes. Cuando palestinos e israelíes se sienten a hablar presentarán sus posiciones y ahí seguramente se revelará lo lejos que está la posibilidad de llegar a un acuerdo definitivo. Los palestinos sueñan con retomar el dialogo en el punto donde Arafat lo dejó en Taba, cuando Clinton y Barak hacían lo imposible para convencerlo de que acepte un Estado Palestino que comprenda por lo menos el 95 por ciento de Cisjordania. Por su parte, Sharon cree que los palestinos, destrozados como están y presionados por la comunidad internacional, van a aceptar mucho menos que eso.

Sharon desconfía de que alguna vez pueda llegarse a un acuerdo final con los palestinos, más allá aunque Arafat ya esté fuera de carrera. Sigue sospechando las reales intenciones que ocultan los palestinos, solo que ahora, sin Arafat, el hombre que, según él, digitaba el terror y cuyo desplazamiento de la mesa de negociaciones exigía como requisito para retomar cualquier tipo de contacto, ya no le será tan fácil desentenderse de la situación y postergar el diálogo. Por eso ahora deberá sentarse con los palestinos y escuchar sus inquietudes, aunque no parece ser que con su actual situación interna pueda ir mucho más allá de lo que ya ha ido en el pasado. Sólo podrá regalarle a algún dirigente moderado de la Franja de Gaza el rédito político de la desconexión, correr un poco la cerca de seguridad o entregar en forma de compensación alguna parte del territorio israelí a cambio de la permanencia de las colonias en Cisjordania. Para muchos analistas, la mejor oferta que pueda llegar a hacer Sharon no será aceptada ni por el más dócil de los negociadores palestinos.

Conclusión

En Israel se produjo un hecho que funcionó como preludio a la nueva situación en la región: la aprobación del “Plan de Desconexión” en el parlamento israelí y el llamado del premier israelí a acabar con los “complejos mesiánicos” encajan perfecto en este nuevo escenario. Después de 37 años de presencia en los territorios, el mensaje es claro: ya no hay lugar para pensar un Israel que vaya del Jordán al Mediterráneo y quienes viven ahí no podrán planificar su futuro en ese lugar.

A George W. Bush la noticia de la muerte del líder palestino le puede servir para reeditar un viejo sueño: conseguir un éxito político en el conflicto árabe israelí que le sirva como prenda de cambio con el mundo árabe por sus acciones en Afganistán y sobre todo en Irak. Sharon sabe muy bien esto y mira con desconfianza los pasos de Estados Unidos. Teme recibir presiones que vayan mucho más allá de que está dispuesto a dar. Considera que ya hizo lo suficiente y que no tiene más margen para más concesiones.

La débil situación política interna, la fuerte presión del país más poderoso del planeta y la nueva realidad que generará el desarrollo de la interna palestina conforman un escenario que podría hacer que Sharon añore aquellos días en que Arafat estaba encerrado en la Mukata y él manejaba a su gusto la agenda política y militar del conflicto entre israelíes y palestinos.

 

z Arafat y el fin del siglo veinte

Por Maximiliano Borches (Desde Buenos Aires)sdf

 

El egipcio Mohammed Abdel-Raouf Arafat al-Qudwa al-Husseini, conocido como Yasser Arafat, fue uno de los últimos líderes en asumir, de manera unipersonal, la lucha nacional de un pueblo. Su muerte marca el final de una etapa en la historia, significativamente importante, que se extendió a lo largo de las décadas del ´50, ´60 y ´70 del siglo XX. 

Políticamente, el pasado siglo veinte nació con el desarrollo de los acontecimientos que desembocaron en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y en la revolución bolchevique de 1917, y finalizó con la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989. A lo largo de la segunda mitad de aquel siglo, tuvieron lugar, en los llamados países del “tercer mundo”, diversas luchas de carácter nacional. Una de las más recientes, gestada hace ya algunas décadas, sin presentar todavía algún tipo de resolución, es la palestina.

Hasta el fallecimiento de su líder, la conducción unipersonal palestina contaba con todos los vicios de este tipo de dirección política: el autoritarismo, la demagogia exacerbada, el terror para con los opositores y la monstruosa corrupción en detrimento de su propio pueblo. Este cuadro de situación promovió, desde la calle palestina, una sensación de malestar cada vez mayor y una incipiente rebelión, iniciada a mediados de septiembre pasado, desgastó la imagen de Arafat como su único líder político.

Pero no sólo su imagen se fue derrumbando y fue perdiendo fuerza en su propio pueblo. Al morir el “rais”, se llevó consigo a la tumba el mito, tan arraigado en algunos de los líderes de los país subdesarrollados, de “padre de la patria”, y en ese vacío dejado por su ausencia tiene lugar hoy en día una lucha de poder, en apariencia más “democrática”, si se quiere, entre las distintas facciones que luchan para alzarse con el poder político.

Su figura fue, sin lugar a dudas, de las más importantes en los últimos treinta años, y a pesar de los frustrantes resultados obtenidos en los planos político y militar, logró colocar a la causa palestina en la agenda internacional.

Al igual que en las tragedias griegas, todos los pueblos cuentan con un mito fundacional, con sus héroes y con sus villanos. Y los palestinos no son la excepción. Los exponentes políticos de estos, que se encuentran cumpliendo funciones de representación oficial en distintos países, y que se convertirán en embajadores cuando se logre la concreción de su Estado, permanentemente hacen referencias al carácter “palestino” de Jesús (para pretender acerarse al público cristiano), se auto-adjudican la fundación de la hermosa -y amada por millones de corazones- ciudad de Jerusalén, o se autodefinen como los portadores de la paz y el entendimiento. Todo esto no tiene la más mínima relación con la realidad y permite entrever la desesperación, desprovista de todo marco teórico, de un grupo nacional que intenta crear su propia historia.

El futuro se presenta, como siempre, repleto de interrogantes. Pero en este momento, en él se vislumbra una oportunidad como nunca antes la hubo, para que el conflicto dé un giro importante hacia el campo del diálogo y del entendimiento.

Ojalá los líderes israelíes y palestinos estén a la altura histórica y cuenten con la sensibilidad humana necesaria para poder dar un paso firme en dirección a la paz. Tan anhelada por estos pueblos. 

 

z Obituario para un terrorista de personalidad múltiple

Por Julián Schvindlerman*(Desde Buenos Aires)as

 

Arafat fue un hombre equívoco en su identidad nacional -un egipcio que simuló ser palestino-, en su imagen política –un revolucionario radical que fingió ser amante de la paz-, y en su filosofía económica -un acumulador de riquezas valuadas en miles de millones que se hizo pasar por socialista-. Una clave de su indefinición la podemos apreciar en algo tan básico como los son varios de los apodos con los que se hizo llamar en distintos momentos: “el Doctor”, “Dr. Mohammed”, “Dr. Fawzi Arafat”, “Abu Mohammed”, “Dr. Hussein”, o “Raouf”, para finalmente preservar su ya épico nombre de guerra “Abu Ammar”.

 Arafat fue un viajero frecuente que, incluso en su muerte, no pudo evitar la movilización internacional característica de su vida agitada. Enfermó en Ramallah, murió en París, fue velado en El Cairo y sepultado de regreso en Ramallah. Había nacido en Egipto, pasó su infancia entre El Cairo y Jerusalém, trabajó en Kuwait, pasó un tiempo en Siria, luego fue a Jordania y El Líbano, de donde sería expulsado para hallar cobijo en Túnez y luego, finalmente, “regresar” a Gaza. Era nómade al punto de recibir el apodo de “beduino moderno”. Viajaba tanto que se lo llamó “revolucionario en alfombra voladora”. El periodista israelí Danny Rubinstein, en su libro El Misterio de Arafat, cuenta un viaje suyo que comenzó en Arabia Saudita, prosiguió a Bahrein, Iraq, Pakistán, Tailandia, China, Bangladesh, India, continuó con una segunda visita a Tailandia, Pakistán, Arabia Saudita, e Iraq, y finalizó con una tercer visita a Arabia Saudita. Todo este itinerario en tres días.  Arafat fue un sobreviviente nato. Israelíes, árabes y palestinos han intentado matarlo infructuosamente. Sobrevivió a la batalla de Karameh, de 1968, en Jordania, de la que presuntamente escapó en motocicleta, también de la incursión israelí al Líbano, en 1982, en la que una decisión política de Jerusalém evitó que su cabeza fuera atravesada por las balas de francotiradores israelíes que lo tenían en la mira, sobrevivió también al bombardeo israelí de los cuarteles de la OLP, en Túnez, en 1985, y de un golpe de gracia final que nunca llegó por parte de su archienemigo Ariel Sharon, cuando estaba confinado en la Mukata de Ramallah, desde 2001. En 1983 reprimió una revuelta interna, zafó de las garras del grupo palestino sanguinario de Abu Nidal, y según un informe egipcio de 1989, citado Rubinstein, Arafat eludió complots de envenenamiento durante una visita al Lejano Oriente, un intento de asesinato en Rumania y la introducción de una bomba en su avión, en otra ocasión. Todo esto sin mencionar un accidente aéreo en el desierto libio, en 1992. Arafat fue un hombre osado y cauto a la vez. Sus precauciones en materia de seguridad personal cobraron fama legendaria, como las que acompañaron su primer visita a la ONU en 1974. En aquella oportunidad el líder palestino solicitó simultáneamente a Egipto y Siria que le preparan un avión para el viaje, para luego despegar a bordo de un tercero, desde Argelia. A su arribo a la Franja de Gaza, veinte años después, ni siquiera sus allegados más cercanos sabían que ruta de acceso tomaría.

Arafat fue un mentiroso y un embaucador, creador de pronunciamientos tales como “Jesús fue el mesías palestino” o “¿sabía Ud. que incluso Espartaco fue palestino?” Engañó al pueblo judío (o a gran parte del mismo, al menos), cuando en 1993 reconoció falsamente al Estado de Israel para enseguida, ese mismísimo día en que formalizara tal reconocimiento (de la manera más pública y diplomática posible, en la Casa Blanca, ante la mirada atónita y entusiasta de millones de personas en todo el mundo) explicar a la televisión jordana que todo era en realidad un truco que formaba parte del espíritu destructivo del Plan por Fases de 1974 para la eliminación de Israel.   Arafat fue un líder mediocre que, de no ser por los errores de los israelíes que lo rescataron de una inminente irrelevancia política, en 1993, no hubiera podido darle a su pueblo ni un atisbo de soberanía, independencia o dignidad. Fue un pésimo gobernante que con su muerte dejó a un pueblo huérfano de guía, legándole un proyecto de estado fallido y una herencia de retórica revolucionaria esclerótica. Fue un pequeño dictador que abandonó a su pueblo a los avatares de las incertidumbres del Medio Oriente, alarmantemente incapacitado para dar forma a un destino político colectivo saludable.  Arafat fue, por sobre todas las cosas, un terrorista lúcido y despiadado, y a la vez un propagador del terror en todo el mundo, un propagandista eficaz que supo cubrir su rostro asesino con una máscara de bondad, sus actos de violencia brutal con un velo de legitimidad y su intransigencia con un halo de respetabilidad. Arafat fue un mago político siempre dispuesto a desorientar con un nuevo acertijo o a sacar de la chistera la última sorpresa que decepcionaría a unos y encantaría a otros, y que llevaría a Shimon Peres a decir cierta vez que “Yasser Arafat es asombroso tanto en su sabiduría como en su estupidez”, y al poeta saudita Ghassan al-Immam a concluir que aún “cuando pierde el juego, se gana el aplauso de las masas”. 

*Autor de “Tierras por Paz, Tierras por Guerra” 

 

 

z La muerte del Raís y el futuro palestino

Por Zidane Zeraoui (Desde Monterrey, México)as

La muerte de Yasser Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina desde 1995 y líder de la Organización para la Liberación Palestina desde 1969, ha dejado un vacío político en Cisjordania y Gaza, en la medida que no se constituyó una estructura de continuidad durante la larga enfermedad del Raís.

Toda referencia a la problemática del Oriente Medio implica necesariamente la figura de Yasser Arafat, involucrado en el proceso revolucionario de la región desde hace más de medio siglo. La cuestión palestina, en los últimos cincuenta años, se identifica con su persona. Además, su tío materno, el Hadj Amin el-Husseini, el Mufti de Jerusalén, encarna la resistencia palestina contra la ocupación inglesa y la lucha contra el sionismo durante el período de entreguerras. La familia de el-Husseini (Arafat es el-Husseini por parte de su madre, prima del Mufti de Jerusalén) personifica la cuestión nacional palestina.

Este hombre, acusado de ser terrorista pero recibido como jefe de Estado incluso en los Estados Unidos durante la firma del Acuerdo de Oslo en 1993, y durante los sucesivos encuentros con el jefe de la Casa Blanca, fue un hombre enigmático que ha dejado entrever muy poco sobre su vida personal, para crear el mito del hombre casado con la revolución. Incluso su misma muerte es un misterio. Se habla tanto de un envenenamiento como de una cirrosis por exceso de alcohol, pero nada ha aparecido en los medios oficiales.

De terrorista a Jefe de Estado

Hasta 1993, Yasser Arafat fue considerado tanto por Israel como por los Estados Unidos un terrorista, pero la firma de los acuerdos de Oslo cambió su imagen internacional. Estos acuerdos dieron paso a un autogobierno palestino y a la creación de una Autoridad Nacional Palestina. Israel se retiró de la mayoría del territorio de Gaza y en Cisjordania solamente de una pequeña franja alrededor de la ciudad de Jericó. El 27 de enero de 1994, Yasir Arafat fue electo presidente de la ANP con el 88% de los votos lo que le permitió al año siguiente instalar provisionalmente su “gobierno” en Jericó. Además, este paso histórico le permitió compartir con Yitzhak Rabin y Simón Peres el premio Nobel de la paz, en 1993, y convertirse en un verdadero jefe de Estado de estatura mundial. Sin embargo, su gobierno fue rápidamente acusado de nepotismo y de autoritarismo por muchos palestinos, en particular por algunos en el exilio, como por ejemplo Edward Said, quien también falleció recientemente.

Después del acuerdo de Oslo, su figura como un pragmático moderado le permitió sortear los obstáculos de las negociaciones con Israel. Con los acuerdos de Oslo 2, la ANP logró ampliar su presencia en Cisjordania, en espacial sobre las grandes ciudades palestinas como Jenin, Naplusa, Ramalá, Qalquiya, Belén, Tulkarem y finalmente Hebrón, además de Jericó. A pesar de todas las negociaciones, los territorios bajo control de la ANP llegaron a abarcar solamente el 40% del total de la superficie de Cisjordania.

El asesinato de Rabín, en noviembre de 1995, a manos de un fundamentalista judío del grupo Eyal, junto con la consiguiente crisis del sistema político israelí, bloquearon el camino hacia la paz. A partir de entonces el sistema político israelí comenzó a fragmentarse peligrosamente. Al comparar las últimas Knessets (sesiones del Parlamento) podemos comprobar la emergencia de nuevos partidos políticos localistas, el deterioro del sistema de los partidos hegemónicos (Likud y Laborismo) y la consolidación de los partidos religiosos. En la XIV Knesset (con Simón Peres como Primer Ministro) los partidos tradicionales (Likud y Laborismo), todavía conservaban, aunque eso sí, debilitados, la hegemonía política: el laborismo con 34 diputados y el Likud con 32, dejando muy atrás a las demás fuerzas políticas (Shas -Ortodoxo religioso- con 10, Partido Nacional religioso -fundamentalista religioso- con 9, el Meretz –izquierda- con 9, el Israel Ba’Aliya -el partido de la emigración rusa dirigido por el ex disidente soviético Sharanski- con 7 y los pequeños partidos como el Hadash con 5, la Torah Judía Unida con 4, la Tercera Vía -enfocado a la conservación del Golán con 4-, la Lista Árabe Unida con 4 y el partido de extrema derecha, el Modelet con 2).
La XV Knesset estaba compuesta como sigue: One Israel (coalición encabezada por el Laborismo):26, Likud:19, Shas:17, Meretz-Israel Democrática: 10, Israel Ba Aliya:6, Partido del Centro:6, Shinui:6, Partido Nacional religioso (Mafdal):5, Judaísmo de la Unión de la Tora:5, Lista Árabe Unificada:5, Unidad Nacional:4, Israel Beituna:4, Hadash (Partido árabe):3, Alianza Democrática Nacional:2 y Una Nación:2. Entre las dos Knesset podemos apreciar el deterioro de los partidos tradicionales (caída tanto del Laborismo como del Likud) y la consolidación de los partidos religiosos.

Este cambio en la conformación del Parlamento israelí explica las dificultades surgidas para lograr una negociación real con la ANP. Los gobiernos de coalición están prisioneros de los partidos religiosos. El bloqueo de las negociaciones, a raíz del asesinato de Rabin, ha ido empeorado la situación entre palestinos e israelíes hasta la ruptura abierta por la ocupación israelí de los territorios palestinos, en marzo de 2002. Desde esta fecha, podría decirse incluso desde septiembre del 2000, el proceso de Oslo prácticamente ha muerto.

El futuro palestino

Con la muerte del Raís, una lucha por el poder dentro de los rangos palestinos se ha abierto. A pesar de la firma de un pacto de no agresión y de no violencia entre el Hamas y los líderes de la OLP, la posibilidad de un frente común es remota. El Hamas exige una posición radical frente al gobierno de Israel, mientras que el Primer Ministro palestino, Ahmed Qorei, conocido como Abú Alá, quiere dejar las puertas abiertas para futuras negociaciones.

El panorama pre-electoral en Cisjordania y Gaza es bastante incierto. Si el Hamas aprovecha este período para reforzar su imagen radical, con nuevos atentados terroristas, el proceso puede terminar e un impasse, creando un caos en los territorios palestinos que solamente consolidaría a los grupos más radicales. Hamas tiene una presencia decisiva en Gaza, mientras que la OLP se ha consolidado en Cisjordania. Un enfrentamiento entre las dos corrientes podría dividir a los palestinos en dos “pseudo-Estados” enemigos, lo que bloquearía cualquier proceso de paz en la región.

Hasta mediados de noviembre, las candidaturas independientes anunciadas han sido las de Tala Sidr, considerado un fiel seguidor del fallecido Yasir Arafat, y Abdel Satar Qasem, un profesor de ciencias políticas responsable de gran parte de la corrupción en la ANP. Hamás ha anunciado que boicoteará las elecciones presidenciales. El gran favorito, Abú Mazén, ex Primer Ministro, fue elegido por Al Fatah, y todo parece indicar que el popular Maruán Barghuti se presentará como candidato independiente desde la cárcel. Barghuti, considerado como el inspirador de la Intifada, está encarcelado en Israel, y hay pocas probabilidades de que sea liberado para competir en las elecciones presidenciales palestinas del 9 de enero del 2005.

Sin embargo, el futuro de la cuestión palestina no está solamente en manos de la OLP. El papel de los Estados Unidos puede llegar a ser decisivo en este período de transición, para impulsar nuevamente la “Hoja de Ruta”. De hecho, durante la visita del dimisionario jefe de la diplomacia estadounidense, Colin Powell, a Cisjordania, tanto Abú Mazen como Qorei le han planteado la urgencia de fortalecer el proceso de paz, regresando al documento respaldado por el grupo de los 4 (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU), para la creación de un Estado Palestino para el año 2005.

El otro actor imprescindible, Israel, debe apoyar el proceso electoral para permitir el surgimiento de un presidente de la OLP con un respaldo popular. De hecho, Amar Dueik, director de la Comisión, le pidió a Israel que no efectúe operaciones militares en el período electoral porque "cualquier asesinato, incursión o toque de queda afectaría, quizá definitivamente, el calendario electoral".

Bajo estas circunstancias, las semanas previas a las elecciones palestinas determinarán, en gran medida, el futuro de la región.

Notas:
Profesor del Departamento de Relaciones Internacionales del ITESM, Campus Monterrey, México y autor de varios libros. Los últimos son: México: Los proyectos de su modernidad, México, Edit. Trillas, 1999; Política mundial contemporánea, México, Edit. Trillas, 2001, Arab Inmigration in Mexico, Austin, Texas, 2003 e Islam y política. Los procesos políticos árabes contemporáneos, México, Edit. Trillas, 2004 (3ª ed.)
2 Raís: líder en árabe. Nombre que se le da generalmente a Yasser Arafat dentro de la comunidad palestina, además de su apodo de Abú Amar.
3 Cfr. Aburish, Said K. Arafat, From Defender to Dictator, Londres, Bloomsbury, 1996.
4 Profesor de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, se ha convertido en el más acérrimo crítico de la gestión de Arafat.

 

a Arafat: Entre la espada y el olivo

Por: Sabrina Gelman B. (Desde Caracas, Venezuela) a

“Vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo se caiga de mi mano. Repito, no dejen que la rama de olivo se caiga de mi mano…”  -Yasser Arafat-

13 de noviembre de 1973. Asamblea General de las Naciones Unidas.  

Hasta el día de su muerte la controversia y las contradicciones formaron parte de la vida de Mohammed Abdel Raouf Arafat al Qudua al Husseini, mejor conocido por la historia como Yasser Arafat. Fue uno de esos personajes que han tenido la virtud de inspirar sentimientos de rechazo y de admiración en la memoria colectiva de quienes han sido protagonista o testigo de cuarenta años de historia escrita con sangre y pólvora. Patriarca para unos, para otros enemigo, siempre se dio a conocer como un hombre de pasiones e ideales intransigentes, poseedor de la dosis perfecta de liderazgo a la hora de guiar a sus conciudadanos a un objetivo común, pero carente de la lucidez del estadista, necesaria levantar naciones.

Los palestinos hallaron en Arafat el combatiente más vehemente de su causa y el modelo patriótico a seguir, aun cuando su robusta figura de un metro sesenta, escudada tras unas gafas oscuras y el distintivo Kafiah (pañuelo árabe), es desde hace un tiempo el símbolo del terrorismo moderno. No cabe duda que Yasser Arafat fue la figura más determinante dentro del conflicto palestino- israelí, no sólo porque le dio el reconocimiento mundial a la identidad palestina, sino porque la mayoría de su pueblo confiaba solo en él a la hora de entablar conversaciones de paz con los israelíes. Ningún otro dirigente, llámense Mahmoud Abbas, Salim Zanoun, Farouk Kaddoumi, Rawhi Fattouh y Ahmed Qurei, gozan de la credibilidad y popularidad de Yasser Arafat. Más aún, la estructura política de la ANP fue concebida para estar únicamente bajo su mando. Si bien es cierto que el ex Primer Ministro de la ANP, antiguo Ministro de Relaciones Exteriores de la OLP y su actual presidente, Mahmoud Abbas, es uno de los candidatos potenciales a asumir el puesto del líder fallecido, hay que ser conscientes de que Abbas no posee el consenso popular de sus ciudadanos. Para bien o para mal, Arafat representaba la unidad de intereses entre la OLP y la ANP, los dos pilares sobre los que se erige el poder en los territorios bajo jurisdicción de la Autoridad Palestina.   

A pesar que tanto los Acuerdos de Oslo como el tratado firmado en Washington y las posteriores elecciones de 1996 daban a entender que el Estado Palestino debía formarse con instituciones democráticas, todos los poderes terminaron por concentrarse en un sólo hombre. La última palabra siempre la tenía Yasser Arafat. No había decisión o acción que no se tomara sin su consentimiento. La peor falla estructural a la hora de tomar las riendas de la ANP fue aferrarse a la vieja política de “patriarcado”, estableciendo una sucesión hereditaria, como en las viejas monarquías.   Así lo demuestra la incertidumbre descomunal que se ha instalado en la calle palestina tras su muerte, comprensible si se tiene en cuenta que pueblo palestino nunca ha conocido otro líder capaz de hacer posible el sueño de una nación propia. Una cosa es la realidad política en la que actores como Mahmoud Abbas pueden contribuir a dar soluciones prácticas para darle continuidad al proceso que comenzó hace diez años, y otra, muy distinta, es la realidad de la sociedad palestina, en la que subyacen múltiples conflictos de carácter ideológico, económico y social, que se hacen evidente en la crisis humanitaria, el hacinamiento, la corrupción y la falta de una infraestructura que permita el desarrollo de la zona.

Si todos estos aspectos de la política interna de la ANP, les sumamos los enfrentamientos con Israel, el levantamiento del muro, el problema de los asentamientos, la intransigente posición del gobierno de Ariel Sharon y la guerra contra el terrorismo, terminaríamos por vislumbrar un panorama propicio a las figuras prominentes de los sectores más conservadores y radicales de la ANP. Los antiguos Jefes de Seguridad, Jibril Rajoub y Mohammed Dahlan o el líder del Fatah, Marwan Barghouti, han ganado terreno dentro de una importante mayoría palestina, incluidos movimientos fundamentalistas como el Hamas y la Yijad. Entre ellos se destaca Barghouti, quien desde hace dos años cumple condena en una cárcel de máxima seguridad en Israel, por estar involucrado en acciones terroristas. Barghouti es la imagen de un nuevo liderazgo que rescata los ideales y valores de sus predecesores. Solo en esas reminiscencia parece encontrar algún tipo consuelo la nación palestina, que debería estar más preocupada por dejar de llamarse Autoridad para asumir la soberanía de un estado propio, que hasta ahora siempre se había entrevisto con Arafat a la cabeza.

Atentados como el que perpetraron recientemente contra Mahmoud Abbas dan a entender que los términos medios no son bienvenidos dentro de la nueva configuración de la ANP. Hoy más que nunca la calle palestina es un territorios imprevisible y caótico, donde cualquier cosa puede llegar a pasar. Las elecciones programadas para el 26 de enero no garantizan en absoluto la estabilidad de quien termine por asumir el mando. Lo a único que se sabe a ciencia cierta es que el proceso de paz y la Hoja de Ruta hace rato que murieron, y nadie conseguirá reanimarlo hasta tanto alguna de las partes no de el brazo a torcer. Es probable que ARafat, en su lecho de muerte, Arafat se lamente por haber desperdiciado una oportunidad de oro llamada Camp David 2000. Yasser Arafat fue el principal forjador del sueño palestino y a su vez, es responsable de su drama actual, por haberse dejado llevar más por el impulso de las pasiones que por el pragmatismo de la razón. Una década no le bastó para asegurar un sistema de fronteras seguras y precisas, donde instaurar la soberanía a la ANP. Tampoco se tomó en serio la alternativa que le ofreció el gobierno de Barak, ni llevó al contexto adecuado el problema de los refugiados palestinos. No obstante, a pesar de las equivocaciones, las derrotas, la intimidación, las contradicciones, el terror, la sangre derramada y las alianzas con el enemigo, su pueblo lo siguió adorando hasta el final.

El 13 de noviembre de 1973, en su célebre discurso frente a la Asablea General de las Naciones Unidas, Arafat dijo: “vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo se caiga de mi mano”. Para muchos vivió alzando la rama de olivo, para otros, nunca descargó el fusil. 

 

 

a El peor enemigo de los palestinos

Por Gustavo D. Perednik*  (Desde Montevideo, Uruguay) we

En realidad Arafat había fallecido el pasado 28 de septiembre. Por lo menos había muerto su época, que destruyó las esperanzas de convivencia israelo-palestina.

El jefe había organizado para Ramallah y otras ciudades palestinas, marchas y manifestaciones de celebración del cuarto año de la Intifada. Sus acólitos esperaban que cientos de miles de vociferantes, como es habitual, expresaran en libertad y furia su identificación con el pútrido régimen. Los resultados los dejaron atónitos: las masas convocadas se redujeron a más o menos unas cien personas. Esta vez el pueblo palestino tuvo menos temor de expresar, aunque sea por omisión, que estaba harto de Arafat y su morralla, quienes durante medio siglo no le han ofrecido a su pueblo más que bombas, muerte y destrucción. Favorecer al gobierno de un grupo no significa necesariamente estar a favor del grupo. Mucho menos si ese gobierno no se ha establecido legítimamente o no se basa en el consenso de sus gobernados. Las juntas militares de Latinoamérica solían actuar en contra del país, al igual que una buena parte de los tiranos de naciones en todos los continentes.

Fortalecer a Idi Amín no significaba ayudar a los ugandeses. Esta aclaración vale para impugnar la falsa sinonimia europea entre “apoyar la causa palestina” y financiar al régimen de Arafat, que constituye en realidad un modo europeo de perjudicar al sufrido pueblo palestino. Estar a favor de los palestinos es desear su bienestar, o, mejor aún, actuar en aras del mismo. Por ello puede decirse que, paradójicamente, el país que más está a favor de los palestinos, el que los ha provisto de universidades, voto femenino, sistema legal, y otras menudencias, es Israel. Israel es la única nación que, en términos prácticos, les augura a los palestinos que vivan en democracia y en progreso, dedicándose a la investigación, la agricultura de avanzada, el arte, la medicina. El deseo dimana del hecho de que si hubiera democracia en la sociedad palestina, a los israelíes nos será más fácil vivir en paz con ellos y abocarnos juntos a redimir el desierto (no hay guerras entre democracias). La causa que, por el contrario, promovieron los amigos de Arafat, no es la pro-palestina, sino la anti-israelí. Esa promoción es visible sobre todo en los medios de prensa, que mienten tanto sobre las metas de la guerra contra Israel como acerca de sus métodos. En cuanto al objetivo, la mentira resulta de describirlo como una lucha de los palestinos por su Estado. Los palestinos no tienen un Estado porque su liderazgo nunca obró en aras de crear uno. La guerra que libran no es para crear, sino para destruir el Estado judío.

¿Piedras o bombas?

En lo que se refiere a los métodos de la guerra contra Israel, la mayoría de los medios de prensa tiende a relatarla como una de “niños arrojando piedras contra tanques omnipotentes”. Uno se pregunta cómo lograron de ese modo asesinar en cuatro años a más de mil israelíes. No hubo piedras en la Intifada. Hubo niños palestinos combatiendo, pero sin piedras. Hubo púberes y jóvenes, adoctrinados para matar niños judíos, con bombas y explosivos, campos de entrenamiento y adquisición ilegal de armamentos. Hay niños, como Abdala Corán, que en marzo de 2004 protagonizó una escalada más en el canibalismo que financia la Unión Europea. El 15 de ese mes, soldados israelíes detuvieron a Abdala en un puesto de control, un jovenzuelo de una familia indigente, que declaró tener diez años de edad (después se supo que en realidad tenía doce), al que se le descubrió en la mochila una carga explosiva de diez kilos. La bomba iba a ser detonada por un teléfono celular en cuanto Abdala se aproximara a un grupo de israelíes. Ello nunca ocurrió, gracias a que en su inconsciencia el mancebo no ocultó el paquete, que, según lo que le habían dicho, se trataba un encargo que debía ser entregado a una señora. Oriundo del campamento de refugiados Balata, trabajaba como ayudante en el puesto de control de Huwara, en donde cargaba las pertenencias de los palestinos. Ya no se trataba de un joven aleccionado en el odio, sino del uso y abuso, llano y directo, del cuerpo de un casto niño como si fuera combustible para matar. ¿Cuál es la “ideología” que se encubre detrás de esta alevosía? ¿Cuán enorme es la ceguera occidental que la perdona? La perfidia tuvo poca repercusión en los medios de prensa internacionales. Los diarios se limitaron a criticar que el ejército israelí controlara el paso de niños palestinos. La banda terrorista infanticida es la Tanzim de Naplusa, que responde al Fataj de Arafat. Pero no hubo reprensiones de ningún tipo. Abdala Corán fue dejado en libertad, y sigue trabajando en Balata. Ningún medio europeo fue a entrevistarlo; la “causa palestina” podía ser perjudicada si el mundo conociera pormenores de su vivencia, y en la cuestión de Oriente Medio, más que en cualquier otra, las cadenas de noticias y los periodistas sienten que por encima de informar, deben servir a la causa. En la Intifada pelearon niños entrevistados por la TV para proclamar su deseo de autoinmolarse, o parapetados entre las balas y los israelíes, o bien como Asan Abdo, un adolescente con retraso mental a quien le pagaron por inmolarse unas monedas y la promesa de su primera experiencia sexual en el paraíso (soldados israelíes lo salvaron, el 24 de marzo de 2004). Pelearon niños palestinos, sacrificados por Arafat en el altar de “la causa”.

Huir fue siempre la premisa

La obra de Arafat  había dominado el nacionalismo palestino durante dos décadas y en tres países. Hasta 1970 en Jordania, que lo expulsó matando a más de diez mil palestinos ante la apatía internacional. Hasta 1982, en el Líbano, de donde Israel lo expulsó ante la furia internacional, y durante los doce años subsiguientes en Túnez, de donde el gobierno israelí lo rescató de su ocaso en la pueril expectativa de que construiría un Estado palestino para la convivencia. Con los acuerdos de El Cairo, de mayo de 1994, la OLP obtuvo de Israel el control de Jericó y dos tercios de Gaza, comprometiéndose en contrapartida a desmantelar el andamiaje terrorista, compromiso que había asumido en Oslo, y que ratificó en Sharm-el-Sheik, Hebrón y Wye, donde Israel entregaba más territorio, dinero, prestigio, y la vana esperanza en el fin del terrorismo. En el acuerdo se estipulaba que al cabo de dos meses habría comicios para cimentar la democracia palestina. Arafat entendió enseguida que ese lapso debía estirarse diez veces, a fin de llegar a esas “elecciones” con omnímodo poder, de modo que su pueblo jamás repitiera la fatídica experiencia de votar. Y lo logró con apoyo europeo. Aunque la ocupación israelí había sido muy desagradable, incluía también instituciones democráticas, tales como la prensa más libre del mundo árabe, organizaciones de derechos humanos y el entrenamiento en el imperio de la ley, durísima, pero ley. Dos meses no le alcanzarían al jefe para revertir la experiencia, y aplicó tres métodos de su manual del dictador. Primeramente, convirtió a Gaza en el Estado más policial del planeta. Los acuerdos permitían nueve mil hombres de policía, pero el jefe quintuplicó esa cifra, incluidos siete mil guerrilleros importados y una “Guardia Presidencial” de más de cien matones entrenados en diversos países árabes que, como bien sabe Europa, son perlas de derechos humanos y libertades cívicas. Asimismo, pulularon múltiples fuerzas armadas (incluyendo nueve servicios de inteligencia) para que la competencia entre ellas le facilitara la destrucción de oponentes mientras Arafat siempre negaba su parte los crímenes. Segundamente, generó una enorme burocracia corrupta. Durante la administración israelí, había en Gaza unos siete mil funcionarios públicos locales. En 1996 Arafat podía jactarse de casi treinta mil, y designó personalmente a ochocientos treinta directores generales y a los veinticuatro miembros de su gabinete, en el que nunca hubo votaciones sino una audiencia atenta a los discursos del jerarca. Este repartía entre sus acólitos concesiones y monopolios de producción y venta. Con ese objeto adquirió el 14% de la compañía de cementos. El 15 de junio se reveló en la prensa (no en la europea, por supuesto) que más de cinco millones de dólares de ayuda humanitaria eran depositados en la cuenta personal de Arafat para cubrir el descubierto de su esposa en París. pero la Unión Europea le seguía entregando mensualmente diez millones de euros, mayormente invertidos en terrorismo antijudío. El tercer método del manual, fue descomponer el aparato legal para prescindir de ataduras. Arafat sembró confusión acerca de qué leyes estaban en vigencia. Primero canceló todas las promulgadas por Israel desde 1967. Arafat derogó veintitrés leyes israelíes, sin aclarar si el resto pervivía, y sus ministros respondían, sin especificar, que “algunas” normas seguían vigentes. El resultado fue un cuerpo judicial débil y servil. Veinticuatro jueces fueron designados por el Rais, quien en febrero 1995 estableció además el Alto Tribunal de Seguridad del Estado, para en cuestión de días sentenciar a decenas de personas a prisión en juicios breves y nocturnos sin acceso de familiares ni medios. Reemplazado el sistema jurídico por un Estado policial, se puede arremeter. A su llegada circulaban dos diarios principales. Al poco tiempo Al-Quds fue cerrado y A-Nahar obligado a cancelar la columna de Daúd Kuttab. Desaparecieron periódicos menores como el izquierdista Al-Uma y el musulmán Al-Watan. La prensa electrónica privada nunca fue habilitada, y se la colocó en manos del fiel Abu Ayash, quien comenzaba todas las noticias con vítores al autócrata. Los palestinos nunca se enteraron de que, desde la “liberación”, su producto bruto interno per cápita había descendido de 3.000.- a 1.300.- dólares. Tampoco los europeos se enteraron, pero el delegado de la ONU, Terie Larsen, se quejaba de que un tercio de los palestinos vivía con dos dólares diarios (omitía buscar las causas del deterioro porque, para los diplomáticos europeos, en Medio Oriente hay un solo culpable de todo) Así se llegó a las “elecciones” de 1996, sin ninguna oposición significativa. Los candidatos con posibilidades como Abed a-Shafi fueron estimulados a retirarse y el jefe recibió casi el 90% de los votos. Europa aplaudía y Arafat pudo amedrentar a los seis organismos de derechos humanos. Cuando fueron arrestados sus principales activistas (Sourani, Eid y A-Sarraj), la prensa palestina ya no podía denunciarlo porque desde 1996 se dedicaba a ensalzar al líder inmaculado (la europea procedía del mismo modo, pero no por necesidad sino por vocación) Una sola fue la identidad palestina forjada por Arafat, una identidad destructiva. Lo que Israel anhelaba entregarle en negociaciones, Arafat sólo podía arrancarlo por medio de bombas en discotecas y pizzerías que avalaban su discurso. En el momento de evaluar las causas del fracaso de las celebraciones del 28 de septiembre, por supuesto no faltó quien, como es habitual, le echara la culpa a Israel. Así lo sostuvo Sajer Habash, del Comité Central de Fataj. Pero algunas plumas filtraron un dejo de autocrítica, que en general brilla por su ausencia en las sociedades árabes. Y esa autocrítica puede señalar una luz de esperanza, y el desplazamiento del gran enemigo de los palestinos, Arafat. El columnista palestino Adli Sadek admitía que los palestinos “hemos cometido más de cien errores en la Intifada, el principal de ellos lanzarnos a la confrontación sin un programa político”. Ha dado en el blanco: la meta en la que Arafat ubicó al movimiento nacional palestino ha sido el impulso de devastar Israel, y ningún ímpetu de construir nada propio. Arrastró a los palestinos a estériles baños de sangre y a la intoxicación de sus niños en el odio intransigente, sin proponerles nada más que la destrucción del otro. Desaparecido el sanguinario déspota, se abren las compuertas a una nueva expectación de bienestar para el sufrido pueblo palestino.  

*El autor es escritor y filósofo

 

a Arafat, su legado

Por Ingrid Hecker-Perry* (Desde Nueva York)sad

Arafat ha muerto. ¿Qué dejará su muerte? Unos lo consideran un terrorista que no aportó a la paz, otros lo elevan a la categoría de héroe. Lo cierto es que, diga lo que se diga, el hombre consiguió poner exitosamente la cuestión palestina en la agenda internacional.

En 1974, declaró ante las Naciones Unidas que llevaba una rama de olivo en una mano y un arma como luchador por la libertad, en la otra. Casi tres décadas después, el mundo todavía no logra saber si Arafat fue un hombre de Estado que se dedicó a construir una coexistencia pacífica con Israel o un líder de la resistencia palestina dedicado a la lucha armada. En este momento, su muerte deja un vacío de poder importante y las negociaciones israelí-palestinas podrán encaminarse hacia la paz o hacia el colapso total. Es importante, entonces, comprender los motivos que Yasir Arafat demostró tener a lo largo de su carrera como líder de la OLP y del pueblo palestino, para así podernos proyectar hacia lo que podrá ocurrir sin su presencia en la agenda por la paz.   

Arafat y sus seguidores han sostenido que "la meta es la paz duradera con el Estado de Israel". Durante el proceso de Oslo, todos los involucrados: palestinos, israelíes, estadounidenses, egipcios, saudíes y otros líderes árabes, compartían el sentimiento de que Arafat deseaba la paz con Israel. Parecía algo lógico. Después de todo, ya había reconocido al Estado de Israel a pesar de la ira y el rechazo de religiosos y seculares en su movimiento. Había autorizado también cinco acuerdos interinos con los israelíes. Pero Arafat demoró la decisión hasta el último momento y, con diversas argucias, logró el resultado más beneficioso y acomodaticio para él, haciendo las concesiones necesarias para lograr, eventualmente, la implementación de dichos acuerdos. Desafortunadamente, ese progreso logrado en el corto plazo disfrazó señales importantes acerca de las intenciones que tenía el líder palestino. Toda concesión de Arafat era condicionada y no contenía nada que él considerara irrevocable. De acuerdo a su visión, no era necesario que renunciara a ninguna de sus exigencias. Peor aún: sin cuestionar el uso de la violencia, nunca abandonó la posibilidad de la carta terrorista. Es más, Arafat siempre estuvo pronto a exagerar sus logros manteniendo paralelamente un discurso repetitivo y viejo de continuas quejas y exigencias. Durante el proceso de paz de Oslo, jamás preparó a su público para un compromiso o un acuerdo real. Por el contrario, hizo que los palestinos creyeran que el proceso de paz iba a lograr todo lo que ellos deseaban y sugirió implícitamente un retorno a la lucha armada si las negociaciones no obtenían las metas planteadas por él, francamente irreales.

¿Retórica?

Arafat le hablaba a grupos palestinos acerca de cómo la lucha, la jihad, les llevaría a Jerusalén. La mayoría de las veces, sus aliados en el proceso de paz subestimaron el comportamiento del líder, sosteniendo que todo era parte de afirmaciones retóricas que necesitaba hacer cuando estaba al frente a los "fieles de su part