Entre la separación y la paz
Por Dov Avital (Desde el kibbutz Metzer, Israel)

El plan de separación unilateral que promueve Ariel Sharon no es un plan de paz, sino un intento de contener el conflicto entre israelíes y palestinos en un molde “tolerable” para Israel, justamente ante la percepción de que la paz entre ambos pueblos no es obtenible en ningún futuro cercano, ya sea por la falta de disposición de las partes a pagar el precio de dicha paz, o por la percepción de que el liderazgo de “la otra” parte no es capaz de obtener el apoyo de su propia población para un acuerdo tal.
El último intento de llegar a un acuerdo de paz fue en el llamado “proceso de Oslo”, que sucumbió ante el incremento de la ola de atentados palestinos y debido al asesinato de Yitzhak Rabin, en Israel. La lectura que ambos liderazgos hicieron de estos hechos fue que la otra parte no era capaz (y quizás incluso tampoco tenía el deseo político) de enfrentarse a su extrema oposición, y por lo tanto no era capaz de concretar su parte en un potencial acuerdo. El último intento en este sentido fue el de Ehud Barak, quien como Primer Ministro israelí presentó, en la cumbre de Camp David, a Yasser Arafat el concepto de acordar la solución definitiva y luego presentar dicho acuerdo a cada pueblo. Arafat asumió que ni él ni los israelíes eran capaces de firmar dicho acuerdo y sobrevivir el enfrentamiento a sus oposiciones extremas (y queda por verse si como plantean ciertos sectores, Arafat tampoco estaba interesado en un acuerdo que implicara su renuncia a futuros reclamos sobre Israel), y esto llevó al fin de las negociaciones de alto nivel entre las partes. Un posterior intento internacional, el llamado “Hoja de Ruta”, basado en la remoción paulatina de obstáculos intermedios y en la creación paralela de una atmósfera de confianza mutua, fue aceptado sólo a regañadientes por los liderazgos de ambos pueblos, sin que ninguno hiciera ningún intento real por explorar dicha vía, esencialmente por temor a que ese proceso basado en la presión internacional llevara a renunciamientos irrevocables sin obtener nada a cambio.
Paralelamente al agotamiento de las vías de negociación ambas partes exploraron la vía de la fuerza, no con la intención de obtener una victoria decisiva sobre la otra, que ambos saben imposible, sino como medio para llevar a la otra parte a la mesa de negociaciones en condiciones de inferioridad. Rápidamente la vía de la fuerza se centró en tratar de obtener el hartazgo de la población civil, para que esta presionara a su propia dirigencia a volver a la negociación en las condiciones que fueran reinantes en dicho momento. La ola de terror palestino de los últimos cuatro años no logró provocar un cambio en la opinión pública israelí, a pesar de llevar a esta al hartazgo respecto al conflicto; pero tampoco el terrible precio que pagó la sociedad palestina en concepto de represalias (destrucción de sus actividades y estructuras sociales y económicas, amén de las pérdidas personales) llevaron a los palestinos a requerir un cambio de estrategia. Ambas partes se presentan cansadas, hartas del desgaste, pero aún desafiantes y decididas a no efectuar un cambio de actitud que se vea como una victoria de la otra parte.
En esa situación de estancamiento prolongado y de falta de salidas visibles, Sharón volvió a ser fiel a su pensamiento táctico y propuso una maniobra que rompe todos los esquemas del enfrentamiento: la retirada unilateral de Israel de toda la Franja de Gaza y del Norte de Samaria.
De una idea rechazada por todos (cada uno con sus diversos argumentos), este plan pasó rápidamente a convertirse en la agenda determinante de la región, y de las luchas políticas internas de cada parte.
La separación, que comienza en Gaza y parte de Samaria, probablemente se extenderá a casi toda Cisjordania, excluyendo de momento las grandes concentraciones de asentamientos israelíes. Casi la totalidad de la población palestina y alrededor del 80% del territorio puede llegar a dejar de estar bajo dominio israelí directo.
A esta nueva realidad se preparan las partes, especialmente en lo interno.
No veo en estos pasos un camino hacia la paz, entre otras razones porque no hay paz unilateral. Esta se obtiene sólo a través de la negociación y el acuerdo entre las partes. Pero digo que no llevan a la paz porque no hay aquí ningún enfrentamiento con los problemas básicos que alimentan el conflicto.
En el mejor de los casos, la separación llevará a un paréntesis en el cual cada lado se ocupará esencialmente de sus temas internos y del largamente postergado realineamiento político, de acuerdo a las fuerzas y las cuestiones de hoy y no a las del pasado.
Quizás las dirigencias que surjan de este proceso puedan volver a encarrilar las negociaciones a los temas de fondo y así acercarse a una posibilidad de acuerdo. Que los palestinos puedan presentar la retirada israelí como consecuencia de su lucha armada (aunque sepan en su fuero interno que el precio del enfrentamiento continuado es la destrucción de lo poco que tienen) para así aceptar la creación de un Estado Palestino dentro del marco de la mítica de la liberación nacional armada, y que Israel pueda divorciarse de la mitología mesiánica de la colonización de territorios bíblicos y reafirmar su abrumadora supremacía militar (aunque comprenda que dicha fuerza sirve para anular amenazas contra la existencia del Estado de Israel, pero no para someter a una población que no quiere ser parte de éste), permite albergar una cierta dosis de optimismo en vistas a la próxima encrucijada política.
El tiempo que haya que esperar hasta que la misma tenga lugar depende del ritmo en que se consolide el recambio generacional de cada parte, pero especialmente en que dicho recambio se dé por fuerzas realistas y no por grupos mesiánicos.
A esto hay que acotar también que las líneas del conflicto israelí-palestino siguen siendo peligrosamente cercanas a las del conflicto global.
La paz verdadera para estos dos pueblos sólo será posible en caso de que se encuentren dos dirigencias pragmáticas, que comprendan que el cese del desangramiento mutuo y el potencial de cooperación entre pueblos que comparten una tierra pequeña y árida, es mucho más provechoso que el beneficio inmediato que puedan obtener por enrolar a sus pueblos a la cabeza de cruzadas mundiales que, en definitiva, sólo habrán de perpetuar el sufrimiento de éstos.
Dossier: ¿La separación entre israelíes y palestinos será la solución definitiva del conflicto?
“La «desconexión» no es un paso para resolver el conflicto, sí para manejarlo”
Por Damián Szvalb (Desde Buenos Aires) dszvalb@revistahorizonte.org

Arie Kacowicz estudió Ciencias Políticas y tiene un doctorado en relaciones internacionales en la Universidad de Princeton. Además es director del Instituto Leonard Davis para las relaciones internacionales de la Universidad Hebrea de Jerusalem. Estuvo en Buenos Aires, invitado por la Organización Sionista Argentina, dictando una serie de conferencias sobre el conflicto en Medio Oriente. En este reportaje hace un análisis sobre los últimos acontecimientos en la región y marca los límites que el plan de separación unilateral puede tener a la hora de su implementación.
¿La separación unilateral que Sharon quiere implementar puede significar el primer paso para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos?
No hay una respuesta definitiva a esa pregunta. Si lo definimos en términos concretos, la “desconexión” no es un paso para resolver el conflicto, sí para manejarlo. Una cosa es la resolución y otra el manejo del conflicto. Con una medida unilateral como ésta, estás presumiendo que no hay un interlocutor y que hay que hacer algo para cambiar el statu quo.
El segundo aspecto a considerar es que pueden surgir, como ocurre muchas veces en las relaciones internacionales, consecuencias impensadas una vez que el plan se lleve a cabo.
Si este plan se va a llevar adelante el año que viene, probablemente va a producir un cambio en el status quo y un movimiento que puede ser tanto positivo como negativo. El hecho de que se desmantelen veintiún asentamientos en la Franja de Gaza y cuatro en Cisjordania puede tener un efecto dominó que lleve a la reanudación de las negociaciones. Va a crear una situación nueva que nos va a sacar de la actual, rumbo a horizontes no definidos.
¿Qué cree que pasa por la cabeza de Sharon cuando plantea este tipo de medidas que poco tienen que ver con su historia?
Hay diversas posibilidades. Una teoría dice que a Sharon le pasa lo mismo que a los viejos generales que a cierta edad se moderaron. Llegó a un momento de la vida en el que se está encontrando con la eternidad y quiere entrar en la historia, no como el personaje de Sabra y Chatila, sino como alguien que ha llevado hacia la paz, o por lo menos a la seguridad. Otra posibilidad sería el modelo de Menajem Beguin (ex primer ministro), quien en su momento estuvo dispuesto a entregar todos los asentamientos en el Sinai pensando que con eso podría mantener el control sobre el Gran Israel (con Gaza y Cisjordania incluido). De una forma muy similar, Sharon podría estar diciendo de una forma muy astuta que va a dejar el control sobre la Franja de Gaza, que es un territorio que no sirve para nada, a cambio de seguir controlando los otros lugares más estratégicos y poblados. En ese sentido lo que él tiene en la cabeza es no negociar para la paz sino para una alternativa unilateral a la “Hoja de Ruta”.
¿Cuánta responsabilidad le cabe a la izquierda israelí en este enfrentamiento con los palestinos que ya cumplió cuatro años?
La izquierda o el campo de la paz se ha desmoronado en estos últimos cuatro años, esencialmente bajo la retórica, parte mito, parte realidad, de que no hay con quién hablar. La posición de Sharon, que es la opción de centro, es tratar de dar respuestas a nivel de seguridad. Una parte de la izquierda cree que es conveniente que Sharon lo haga, siempre recordando el slogan “sólo el Likud puede hacerlo”, y por eso le van a dar su apoyo. Por otro lado existen acciones concretas de la izquierda que revelan cierto protagonismo. Estoy hablando de un político como Iossi Beilin, que salió con la propuesta no formal del acuerdo de Ginebra y de la manifestación de 150 mil personas que hizo la izquierda en Tel Aviv. Estos hechos demuestran que no es correcto afirmar que la izquierda no existe más.
¿Cree que es correcta la forma en la que Israel encaró su lucha contra el terrorismo?
La postura oficial de Israel es presentar su guerra contra el terror dentro del marco global. En realidad es diferente, yo no la pondría en el marco global. Israel ha adoptado métodos que han probado ser eficaces como el asesinato selectivo. Pero creo que la motivación del terrorismo palestino, que tiene ingredientes nacionalistas por la ocupación desde 1967, no es la misma que la del terrorismo global. Para Al Qaeda el conflicto entre israelíes y palestina es un pretexto. Yo haría una diferencia.
Dossier: ¿La separación entre israelíes y palestinos será la solución definitiva del conflicto?
Mito y realidad: la solución del conflicto israelí/palestino
Por Ingrid E. Hecker Perry* (Desde Nueva York)

El establecimiento del Estado de Israel en mayo de 1948 planteó la necesidad de un debate en torno a la cuestión de un Estado binacional; el momento histórico coincide con el desplazamiento de una gran mayoría de la población árabe nativa de Israel, producto del conflicto que se comienza a vivir. Algunos aspectos del ideal binacional, como por la concesión de derechos políticos igualitarios para los árabes que vivían en la región, fueron contemplados en un principio, pero fueron posteriormente limitados por la decisión de Israel de que el país debiera tener mayoría y liderazgo judíos. Gobiernos israelíes posteriores fomentaron la política de inmigración llamada aliyah (que literalmente significa "subida" en hebreo), y que ha permitido preservar una mayoría judía en el país.
Por otro lado, el movimiento nacional árabe, por lo general, ha rechazado la solución binacional, porque veía en ella ganancias y beneficios muy pequeños. Los líderes árabes se oponían a que su pueblo se transformara en una minoría en lo que consideraban su propio país.
Desde la mirada árabe, el gran numero de judíos provenientes de Europa y del Medio Oriente representaba un proyecto de colonización gigantesco, que muchos veían como la recreación de los reinos de las cruzadas medievales. Las Cruzadas no fueron en vano, hasta el día de hoy es un evento grabado a fuego en la memoria colectiva de los pueblos árabes de la región, así como lo es su resultado: la derrota completa de los cruzados por Saladino y la expulsión posterior de los colonizadores europeos. Dicho de otro modo, una solución binacional no era algo sin precedentes en la historia árabe de Palestina.
El ideal de una solución binacional no desapareció completamente durante este periodo, a pesar del poco apoyo con el que contaba; recibió un impulso después que Israel capturara Gaza y la Ribera Occidental en la “Guerra de los Seis Días”, en 1967. La victoria israelí fue saludada con euforia dentro de Israel, pero algunos observadores israelíes y extranjeros, con una visión estratégica a futuro, reconocieron radicalmente que las nuevas conquistas presentaban un problema muy serio a largo plazo. Después de terminada la guerra, hubo un debate considerable acerca de qué era lo que debía hacerse a futuro. ¿Debía anexarse los territorios ocupados a Israel? En ese caso, ¿qué hacer con los palestinos? ¿Se les debía otorgar ciudadanía, aunque aquello diluyera de manera significativa la mayoría judía de Israel? ¿Se debía tal vez expulsarlos en masa, aunque ello significara un costo altísimo para la reputación internacional de Israel? ¿Debían devolverse los territorios a una soberanía árabe? En dicho caso, ¿como se garantizaría la seguridad de Israel? Ante esa realidad, Israel resolvió el problema implementado la política controversial de asentamientos judíos en los territorios en cuestión, dejando peligrosamente irresoluta y abierta la “Cuestión Palestina” a un destino incierto, a "resolverse" en un largo plazo. El dilema atrajo algo de apoyo extranjero para Israel, como por ejemplo el de I.F. Stone, un periodista estadounidense, que revive la idea del Estado binacional. Dicho predicamento encontró muy poca aceptación en Israel; tampoco fue visto con ojos favorables por otros países, de tal suerte que la solución binacional fue presentada no tanto como una resolución potencial al conflicto, sino más bien como un resultado riesgoso producto de las políticas del gobierno israelí. En 1973, la posibilidad de un Estado binacional era utilizada por figuras notables y destacadas de la izquierda israelí para advertir acerca de los peligros involucrados en la manutención de los territorios ocupados.
Después de 1973
La Guerra de Yom Kippur, en 1973, fue un desastre militar y político para los árabes y para los palestinos en particular. La derrota de los ejércitos árabes obligó a un replanteamiento político fundamental por parte del liderazgo palestino. Se tuvo que aceptar que el poderío militar Israelí y su alianza con los Estados Unidos hacían prácticamente imposible su derrota militar. En diciembre de 1974, la Organización de Liberación Palestina (O.L.P) fundada por Yasser Arafat, un grupo terrorista sin intenciones de negociar políticamente, declaró que un Estado binacional era la única solución viable para el conflicto israelí/palestino. El brusco cambio en el análisis y estrategia fue recibido con sorpresa y confusión, al igual que la propuesta oficial de la OLP de reemplazar a Israel por un Estado secular que le otorgara derecho pleno y total de retorno a todos los palestinos que habían salido del territorio. Esto hubiera terminado, en efecto, con la mayoría judía en Israel, y la secularización del Estado se habría debilitado indudablemente el carácter cultural judío. En otras palabras, un Estado binacional bajo los términos de la OLP significaba un Israel completamente diferente, una idea a la cual se oponían determinada, sostenida y comprensiblemente muchos, sino todos los sectores de la política Israelí.
Pero a pesar de ello, la oposición a la binacionalidad no era absoluta. Algunos asociados a la derecha israelí, conectados al movimiento de los asentamientos, estaban dispuestos a considerar un Estado binacional siempre y cuando este no se estableciera en términos sionistas. Miembros del gobierno del Partido Likud de Menachem Begin y su gabinete, a fines de 1970, estaban dispuestos a apoyar la idea si se aseguraba la soberanía israelí de manera formal en Gaza y en la Ribera Occidental. El Secretario de Gobierno de Begin, Eliahu Ben-Elissar, había declarado al Washington Post, en Noviembre de 1979, que "podemos vivir con ellos y ellos pueden vivir con nosotros. Yo preferiría que fueran ciudadanos israelíes, pero no le tengo miedo a un Estado binacional. En todo caso, siempre existirá un Estado judío con una gran minoría árabe." Asumir aquello, sin embargo, significaba basarse en la idea de que la población árabe permanecería demográficamente como una minoría en los territorios conjuntos de Israel, Gaza y la Ribera Occidental. En 1980, los profesores Dov Friedlander y Calvin Goldscheider de la Universidad Hebrea de Jerusalem publicaron un estudio muy exhaustivo y convincente titulado "The Population of Israel," que concluyó diciendo que; “incluso considerado un influjo importante de inmigración judía, el alto índice de natalidad entre los árabes erosionaría seriamente la mayoría judía en unas pocas décadas”. Ambos demógrafos predijeron que la población total de Israel y Palestina seria de 6.7 millones alrededor de 1990 y de 10 millones hacia el 2010.
Para entonces, la población judía podría ser solamente un 45% del total. Friedlander y Goldscheider advirtieron del peligro que significaría mantener el dominio israelí en los territorios ocupados, porque ello pondría eventualmente en peligro la mayoría judía en Israel y Palestina. Ariel Sharon, quien era entonces el Ministro de Agricultura del gobierno de Begin, rechazó dicha conclusión; él sostuvo que los judíos conformarían un 64% de la población de Israel-Palestina hacia el 2000, si es que la inmigración judía se mantenía a un ritmo de 30.000 personas por año, aunque nunca expuso alguna evidencia que sostuviera dicha afirmación. Las conclusiones del estudio Friedlander-Goldscheider pronto se convirtieron en un punto de debate furioso de la política de los dos partidos políticos más importantes de Israel: el Likud y el Laborista (Avodá), en las elecciones parlamentarias de junio de 1981. Ambos partidos se oponían a una retirada que fuera más allá de los límites previos a1967, o a establecer un Estado palestino, y ambos apoyaban la construcción de más asentamientos judíos en los territorios ocupados y el mantenimiento del control Israelí exclusivo sobre Jerusalem. Sin embargo, los laboristas argumentaban que los asentamientos debían construirse solamente en áreas en las que Israel proyectara quedarse ,y entregarle el resto a Jordania. El Likud, argumentaba quedarse con todo el área, construir asentamientos en toda la región y darle a los árabes una autonomía limitada. Los laboristas criticaron fuertemente esta postura, porque sostuvieron que el resultado de ella seria un Estado binacional que iba a contener, en su interior, "el fin del esfuerzo sionista". Muchos en la política de izquierda israelí ya advertían que sin una separación clara y efectiva de los palestinos, el resultado seria un Estado binacional por descarte (terminando así con el carácter judío de Israel) o un "Bantustan" al estilo sudafricano, con una minoría judía gobernando por la fuerza a una mayoría árabe sin derecho a voto, por lo tanto poniendo fin a la jactancia israelí de ser una democracia.
En los hechos, Begin ganó las elecciones y anunció (en mayo de 1982) una política formal de "extender la soberanía del Estado sobre Judea, Samaria (Cisjordania) y la franja de Gaza", junto a una mayor expansión de los asentamientos judíos y la concesión de "autonomía completa" a los palestinos. La anexión formal fue vista en términos de que los territorios ya le pertenecían a Israel por derecho propio. El Partido Laborista se opuso fuertemente a la política de Bejín, sobre bases que fueron quizá expuestas de manera sucinta y precisa por Shlomo Avineri, un profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalem y ex Director General del Ministerio del Exterior bajo el gobierno laborista: "Podemos tener un Estado que puede ser Eretz [Gran] Israel geográficamente, pero sociológicamente,intelectualmente, emocionalmente y moralmente, será un Estado binacional. Es producto de esta agonía que vivimos en torno a la preservación de la naturaleza sionista y judía de Israel, que debemos hacer compromisos territoriales, porque el alma misma del pueblo judío y la realidad de Israel como un Estado judío es un objetivo sionista tanto como la posesión de un Estado real." Del lado palestino, la oposición israelí a un Estado binacional llevó a otro cambio de posición que, eventualmente, se acomodó a partir de finales del año 1970. La OLP mantuvo su opción original de un sólo Estado secular binacional al oeste del río Jordán, pero comenzó a sostener que estaba dispuesta a aceptar un Estado palestino separado en Gaza y en la Ribera Occidental, en tierras de donde Israel se había retirado bajo la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Los asentamientos tendrían que ser desmantelados y se debería autorizar el regreso de refugiados palestinos (a Israel así como a la nueva Palestina). Esta nueva posición, adoptada formalmente en diciembre de 1988, fue rechazada masivamente por la opinión pública israelí y también por los partidos políticos más importantes, pero fue utilizada posteriormente como base para las discusiones y conversaciones de paz en la década de 1990.
El interrogante permanece
Con el desarrollo de los eventos históricos, políticos, militares, económicos y culturales, tanto israelíes como palestinos se han ido alejando, poco a poco, de la idea de que dos Estados separados pueda ser una solución eficiente. Quizás l a fuente del problema es no darse por enterados de que ambas soluciones, tanto la binacionalidad como la separación completa, tienen como marco referencial un modelo económico global, que perpetua las desigualdades y las diferencias existentes en el territorio desde hace muchas décadas. Como hemos visto, dichas soluciones no son algo nuevo ya que se han planteado con anterioridad a 1948, fallando dramáticamente. Un sólo Estado democrático binacional conteniendo a dos naciones no es una solución nueva, es una solución que no ha funcionado. Edward Said (1935 -2003) planteó esta idea en los últimos años de su vida. En su artículo de enero de 1999 "Truth and Reconciliation," (Verdad y Reconciliación), publicado por el semanario egipcio Al Ahram el 14 enero de 2000, Said plantea, refiriéndose a Oslo, que era tiempo de cuestionar nuevamente el llamado proceso de paz que no había traído paz ninguna.
Dijo: "En mi opinión el proceso de paz ha, en concreto, postergado la reconciliación verdadera que debe ocurrir si es que los 100 años de guerra entre el sionismo y el pueblo palestino han de terminarse. Oslo planteó el escenario para la separación, pero la paz real puede darse solamente con un Estado binacional israelí/palestino." El Dr. Ilan Pappe de la universidad de Haifa es hoy en día una de los defensores más representativos de esta idea.
En su artículo "Bi-National Realities versus National Mythologies: The Death of the 'Two States' Solution", ("Realidades binacionales versus Mitologías Nacionales: La Muerte de la Solución de 'dos Estados'", en Israel y un estado Palestino, el juego de suma cero?, 2001) plantea que las posibilidades de supervivencia de un Estado palestino, teniendo este un sentido real, son en realidad cero por dos razones. Por un lado, y en primer lugar, por la cuestión del equilibrio de poder. No existe, sostiene el autor, esperanza de una soberanía y de un control palestino genuino sobre un futuro Estado. La balanza de poder en la cual los israelíes son más poderosos es una condición previa tanto para el Likud como para el partido Laborista, para tratar con los palestinos; por lo tanto, las concesiones que estos partidos están dispuestos a considerar no contemplan una entidad política que pueda ser definida como un Estado en ningún sentido razonable y/o aceptable. Por otro lado, y en segundo lugar, esta la cuestión de que dentro de dos Estados separados ninguna de las dos nacionalidades podría tener una existencia significativa. Del lado palestino, aun considerando las concesiones mas generosas de parte del lado israelí, como por ejemplo lo que podría ocurrir con un gobierno laborista, la ciudadanía palestina incluiría solamente un tercio de los palestinos que viven en todo el mundo, con un veto israelí a que los otros dos tercios puedan convertirse en ciudadanos palestinos. Más aún, la ciudadanía potencial concedida a cada judío en el mundo y las discriminaciones que viven cerca de un millón de palestinos en Israel, contribuye a la creación de una identidad colectiva, que es en el mejor de los casos no clara y en el peor de los casos, inexistente por parte de los árabes palestinos.
En Israel, el nacionalismo se define como la afiliación a la religión judía; el secularismo, el sectarismo, el confesionalismo y la presencia de comunidades no judías, hacen imposible ponerse de acuerdo en una definición pro-activa y eficiente de lo que es ser "israelí". Pappe concluye que la única solución viable es un Estado democrático con derechos humanos y civiles iguales para todos. Para aquellos que no están familiarizados con esta idea, o que piensen que es algo nuevo, es necesario considerar el marco histórico en cuestión previamente señalado, y la razón por la cual esta propuesta ha fallado en el pasado y por la que también fracasará en el futuro. S in ninguna similitud con la situación actual, en la que la mayoría de los que apoyan esta idea son palestinos, durante el periodo del Mandato, en el cual Palestina estaba bajo el dominio británico antes de 1948, el 99% de los binacionalistas eran judíos. ¿Por qué? El terreno al que entramos es doloroso, pero vale la pena explorarlo.
Los nacionalistas que se sienten débiles en un momento determinado, pero que aspiran a una dominación basada en el poderío militar, en una mayoría que le otorgan los números (la población), y/o en las ventajas basadas en una tecnología desarrollada, van a abogar por esta idea al menos como una medida interina. Desgraciadamente, la historia repetidamente nos enseña la facilidad con que oprimidos pueden transformarse en opresores. Las discusiones acerca de la posibilidad de establecer un Estado binacional en Palestina han sido fundamentalmente dirigidas por intelectuales de origen centro Europeo. Todos ellos creían en el sionismo y en el derecho de todos los judíos a regresar a la “Tierra de Israel”, pero creían también que la idea de un sólo Estado judío no era realizable en razón a la disparidad de los números. Había distintos grupos. En primer lugar, profesores de la Universidad Hebrea, en torno al "Ichud". En segundo lugar, laboristas sionistas. Algunos de ellos sostenían que el Estado bi- nacional debía incluir toda la Palestina bajo el Mandato británico, al este y al oeste del río Jordán. En tercer lugar, estaban los primeros colonizadores que se establecieron en el país, hacia fines del Siglo 19 y comienzos del Siglo 20. Estos hablaban árabe y tenían muchos amigos y colegas árabes. El concepto de vivir juntos les era absolutamente natural, y la binacionalidad era simplemente una extensión de su propia experiencia personal. Por un tiempo, después del pogrom de 1929, que incluyó la masacre de judíos en Hebrón, después de la cual la comunidad judía más antigua en dicho pueblo dejo de existir, el mismo David Ben-Gurion, quien ya era el líder del Movimiento Laborista Sionista, pero no aún del Movimiento Sionista, comenzó a considerar la idea de la “cantonización”, es decir la división de Palestina en cantones palestino y judío. Martin Buber, Judah L. Magnes y Ernst Simon, los intelectuales que formaron la Asociación Ichud, era concientes de que existía fuerza y apoyo económico, tecnológico y político, pero el punto débil era la demografía, los números. El binacionalismo podía ser un camino hacia la consolidación del sueño sionista. Shimon Peres y su idea de un Nuevo Medio Oriente podría verse como un eco de dicha visión. El filósofo Martin Buber, en su articulo The Bi-National Approach to Zionism (El acercamiento binacional al sionismo) explica por qué un Estado binacional es un camino hacia el éxito del proyecto sionista: "Cuando años atrás, un grupo de judíos de Jerusalem y otras ciudades en Palestina, combinaron sus esfuerzos para fundar la Asociación Ichud (Unión), y después crearon el periódico mensual Be'ayot como su órgano oficial, el problema que ocupaba sus mentes era la llamada “cuestión árabe”. Este problema consiste en la relación entre asentamiento judío en Palestina y la vida árabe o, dicho de otra forma, la base intra-nacional del asentamiento judío. El asentamiento judío en Palestina, que fue asumido para permitirle al pueblo judío sobrevivir como una entidad nacional, y que, en sus aspectos sociales, económicos y culturales, constituye una empresa de significación universal, sufría de un error básico que impidió el desarrollo de sus características positivas. Este error consistió en el tributo pagado por el liderazgo político a la política colonial tradicional…" Cualquiera que señalara este estado de las cosas como un factor decisivo en la construcción del futuro, tenía que asumir y darse cuenta de que los líderes sionistas estaban, en este sentido, ciegos a la realidad. Esta ceguera iba a ser fatal. En gran medida esta actitud y sus consecuencias prácticas son responsables del hecho de que el deseo por la auto determinación y la confianza existentes en la población árabe de Palestina hayan encontrado un forma de expresión militante. "Lo que se necesitaba al comienzo de esta iniciativa de los asentamientos, al menos al comienzo de su época moderna, que contaba con una perspectiva internacional, era un programa definido claramente de do ut des (entregar y recibir). Dicho programa debería haber contribuido a una integración colectiva de la población árabe más pobre, como una totalidad, a las actividades económicas judías y debería haber asegurado, a cambio, las exigencias necesarias e indispensables para la supervivencia del pueblo judío como una entidad nacional: inmigración libre, libre adquisición de tierras y el derecho a la auto determinación. Lo que realmente se puso en práctica, aun cuando pareció dar respuesta a una necesidad real, como por ejemplo el caso del principio de "Trabajo Judío", estaba destinado a resultados casi opuestos al programa aludido anteriormente. En esas circunstancias, aquellos en el lado árabe que querían establecer un despertar del movimiento nacionalista de manera negativa, defensiva, en vez de permitirle desarrollarse con características positivas y sociales que por cierto amenazaban sus intereses, tuvieron una tarea fácil. "Nuestro programa plantea un Estado binacional- es decir, el objetivo es una estructura social basada en la realidad de dos pueblos que viven juntos. Las bases de esta estructura no pueden ser las tradicionales de mayoría y minoría, sino que deben ser diferentes . El camino que debe seguirse es el de un acuerdo entre las dos naciones - naturalmente, tomando en cuenta la participación productiva de grupos nacionales más pequeños- un acuerdo que, en nuestra opinión, conduce necesariamente a una cooperación árabe-israelí que daría nueva mida el Medio Oriente, con un socio judío concentrado en un asentamiento fuerte y sólido en Palestina. Esta cooperación, aunque en un comienzo necesita partir de premisas exclusivamente económicas, permitiría el desarrollo de acuerdo a una perspectiva cultural amplia y rica, sobre la base de un sentimiento de ‘identidad’ conducente a una nueva forma de sociedad." El aporte de Buber es visionario. Tal vez, una relectura contemporánea y pro-activa nos ayudaría a formular políticas de gobierno que contribuyendo a un diálogo efectivo, tanto del lado israelí como del palestino, pudieran dar solución a una situación de impasse total.
La pregunta concreta permanece: ¿Con quién conversamos? ¿Quién es el interlocutor válido del pueblo palestino? Muchas personas se oponen ahora en Israel a la idea de un solo Estado bi nacional. Uri Avnery, el líder de Gush Shalom (Bloque Paz) ha escrito un articulo titulado The wolf shall dwell with the lamb, (El lobo morara junto al cordero) que revela la debilidad de la idea bi nacional desde el punto de vista de los amantes de la paz en Israel.
En su artículo, destaca un aspecto muy importante. Un Estado binacional, en estos momentos históricos, políticos y económicos, estaría basado en una forma de "apartheid".
En su articulo nos dice que:" 'El lobo morara junto al cordero' como profetizó Isaias (11:6).
Y esto es posible en nuestros tiempos también, siempre que se traiga un nuevo cordero cada día." Avnery tiene razón cuando dice que "…este chiste cruel refleja la idea del Estado bi nacional." La desesperación, sostiene, está empujando a algunos círculos de izquierda Israelí a adoptar esta noble pero irrealizable idea en un momento en que solamente prevalece el nacionalismo, en un momento histórico en que la Federación Rusa, que es multi nacional, está bajo presiones asesinas (Chechenia), en un momento histórico en que Yugoslavia se ha desintegrado, e incluso cuando Bosnia, uno de sus componentes, se ha dividido en dos regiones que aparecen unidas artificialmente por la presencia de tropas extranjeras; en un momento en que incluso la unidad de Canadá aparece cuestionada por movimientos que surgen dentro de la población de origen francés. Avnery plantea tres preguntas: 1) ¿Aceptarán ambas partes esta solución? 2) ¿Puede funcionar un Estado binacional? 3) ¿Terminará este con el conflicto? Su respuesta a las tres preguntas es un rotundo 'no'.
Conclusión
En el caso de Israel y Palestina, las opciones son pobres, las soluciones complejas, los interlocutores parecen no escuchar el clamor de sus pueblos por encontrar una paz duradera que surja de una voluntad política real, por construir la paz, terminar con la violencia terrorista que ha convertido el territorio, en palabras del gran Yitzaak Rabin, "en una tierra de sangre y de lágrimas y no en una tierra de leche y miel…" Lo que sí es una porfiada realidad es que el mundo entero necesita que la región viva plena, democrática y pacíficamente. El camino de las negociaciones tiene que ofrecer alternativas nuevas y no quedarse en recetas añejas que, probadamente, además de no haber funcionado han exacerbado las frustraciones de ambos, israelíes y palestinos que desean vivir y construir un futuro democrático, justo y en paz para sus hijos.
Hemos de recordar las palabras de la gran Golda Meier a la luz de los continuos ataques terroristas reanudados trágicamente en Beersheba hace pocos días: "Habrá paz cuando los palestinos amen más a sus hijos de lo que nos odian a nosotros", haciendo referencia a una educación para el odio y el martirio en vez de una educación para la paz y la convivencia.
Cualquier solución, ya sea por una separación completa o un Estado binacional, pasa por una educación que contribuya a una concepción de la vida como algo sagrado, por un respeto a la diversidad y a la riqueza de ambos pueblos, por un diálogo en el que ambos interlocutores deben escucharse, no solamente oírse; ello implica ponerse en el lugar del otro.
La realidad aparece porfiadamente, aunque no lo queramos, en el lenguaje. En los símbolos que nos resultan importantes y vitales para nuestra identidad, para nuestra supervivencia, para nuestra voluntad de "ser humanos" entre humanos, de manera humana. La palabra realidad viene del latín. "Res", que significa cosas; por lo tanto, parece fundamental y casi una perogrullada que busquemos un lenguaje común desde el cual y con el cual podamos construir "una tierra en donde fluya la leche y la miel", donde las cosas comiencen a aparecer para israelíes y palestinos como justas, como democráticas y en paz; donde se busquen símbolos comunes que permitan la especificidad, la diversidad y la riqueza de cada una de las culturas, de sus identidades e historias.
*Sociologa, B.A. Hons., M.A., Ph.D.
Dossier: ¿La separación entre israelíes y palestinos será la solución definitiva del conflicto?
La retirada y sus enigmas
Por Marcelo Birmajer* (Desde Buenos Aires)

El plan de retirada de Gaza propuesto por el primer ministro Ariel Sharon para el año 2005 ha generado un paradójico revuelo político dentro de Israel, y una también paradójica indiferencia en el resto de los actores interesados, fuera de las fronteras del Estado judío.
En Israel, si bien el ala izquierda representada por Shimon Peres apoya sin entusiasmo pero sin reservas el plan de retirada que podríamos denominar “Gaza primero”, la tendencia de izquierda que tiene a Iosi Beilin como uno de sus representantes más conocidos manifiesta muchas más reservas y ningún entusiasmo frente al plan de Sharon. Nos encontramos, entonces, con lo que definíamos antes como un revuelo paradójico dentro de Israel: Sharon, los moderados del Likud y el laborismo proponen una retirada de Gaza, mientras que la izquierda de Beilin, una mayoría de colonos de derecha y el ala más extrema del Likud se oponen a la misma propuesta de retirada.
Fuera de Israel, la Unión Europea no ha hecho mayores esfuerzos por apoyar a Sharón en su plan de retirada –ni refrendándolo conceptualmente ni dirigiéndose a los palestinos para invitarlos a aceptar este movimiento como una mano tendida hacia la paz- y dentro de la Autonomía Palestina, el plan es presentado como cualquier otro movimiento político de Israel, sin importar quién -Peres, Netanyahu, Barak o Sharon- sea su autor: un truco para dominarlos.
Lo curioso de esta situación es la ceguera política de todos aquellos que, apoyando la solución de dos Estados para dos pueblos, se oponen al plan. No resulta paradójico que se opongan a él quienes creen en un Estado binacional o en la hegemonía política de un pueblo sobre el otro. ¿Pero cuáles serían los motivos para oponerse de aquellos que creen que la separación en dos Estados es una solución?.
Veámoslo desde el punto de vista de la izquierda de Beilin. Beilin objeta que la retirada es unilateral, sin un acuerdo previo con la dirigencia –por ahora anónima, pues Beilin ya no considera a Arafat un interlocutor válido- palestina, y que de este modo no se interrumpirá la violencia. Esta es un crítica subjetiva a una medida objetiva. ¿Por qué? Porque la retirada no es sólo una ley sobre un papel o una propuesta ideológica: es un movimiento sobre el terreno. Por primera vez desde el año 1967, se dejará a Gaza no sólo sin controles del ejército de Israel, sino sin asentamientos de civiles judíos. Israel es un país democrático y a lo largo de su historia los gobiernos han cambiado de signo, pero los acuerdos de paz firmados y cumplidos por la contraparte –el de Egipto y el de Jordania-, han sido respetados independientemente de si en el poder hubiera un laborista o un likudnik. De modo que Beilin podría argumentar que Sharon no ejecuta la retirada de Gaza –con la hecatombe política que esto significa, y que ya de por sí debería valerle algunos elogios al premier israelí- para avanzar en un plan de paz, sino para interrumpirlo; pero, sobre el terreno, el próximo gobierno que asuma, y no pasarán diez años antes de que lo haga uno laborista, se encontrará con Gaza sin asentamientos. ¿Esto es poco? ¿No es una medida que deberían apoyar con todas sus fuerzas los europeos que supuestamente creen en la división en dos Estados, los palestinos que supuestamente quieren un Estado propio, y los izquierdistas de la tendencia Beilin que supuestamente desean que se cumpla la partición aceptada por los líderes sionistas en el año ‘47? La retirada de Gaza será un hecho definitorio –recuérdese que se pagarán cifras millonarias en dólares sólo por las compensaciones personales, sin mencionar los gastos de infraestructura y las pérdidas de propiedades y utilidades-, y a nadie se le ocurre que, una vez desalojados los asentamientos, estos puedan volver a surgir.
Entonces, aún cuando no crean en las futuras intenciones de Sharón: ¿por qué no aprobar un plan que dejaría al siguiente gobierno libre del lastre de Gaza? No sólo la dinámica política israelí conspira contra la continuidad de Sharón, o la de cualquier otro primer ministro en el poder –en el sentido de que en los plazos relativamente cortos de la democracia finalmente será reemplazado-, sino también, lamentablemente, la propia edad de los políticos. En un plazo aproximado de diez años, líderes magistrales y fundadores del Estado Judío, como Sharón o Peres, que no sólo fundaron sino que salvaron a Israel en más de una ocasión, serán desplazados simplemente por las intemperancias de la biología. Y el drama de la administración israelí en los territorios ya está a punto de cumplir 40 años, de modo que diez años es un plazo relativamente corto, por horripilantes que sean las perspectivas del día a día. ¿Entonces, nuevamente, por qué privar a las futuras generaciones de recomenzar los intentos con un problema menos, en el caso de aquellos que consideran los asentamientos en Gaza como un problema?.
Mi intuición respecto de los distintos actores políticos que son insidiosamente indiferentes o agresivamente opositores a este plan, es la siguiente: los europeos como Solanas o Moratinos –representantes de un pensamientos hegemónico en la UE- se oponen a cualquier medida israelí y están dispuestos a convalidar las posiciones palestinas, en tanto se opongan a Israel, sean estas cuales fuesen. La dirigencia palestina sigue hegemonizada por Arafat, y Arafat es el principal actor político palestino opuesto a la solución de dos Estados para dos pueblos (confía, como muchos líderes israelíes temen, en que la demografía se encargará de derrotar a los judíos). En lo que hace a la tendencia de izquierda israelí, representada por Beilin, intentan inventar un interlocutor desde los primeros pasos de Oslo, y preferirán conferenciar con el vacío y mantener su ideología antes que adaptar su ideología a la realidad.
A menudo se sugiere que, en lo que queda de la izquierda internacional, la oposición a Israel es, en realidad, un reflejo de la oposición a Estados Unidos. Y que en realidad se odia a Israel como aliado del Gran Satán: Norteamérica. Pero quiero atreverme a deshacer este mito: a mi no me cabe duda de que si en el futuro surge una Administración americana fuertemente enemistada con Israel, tanto la Unión Europea como las diversas tendencias antisionistas de la izquierda se volcarán masivamente, al menos en ese aspecto, a favor de las decisiones de esa imaginaria Administración americana. En tanto Israel conserve el carácter judío en un Estado soberano, contará con la oposición del actual pensamiento hegemónico dentro de la UE y de la izquierda antisionista internacional, que es prácticamente el 90 por ciento de la izquierda orgánica actualmente existente, sin importar si Israel es aliado o no de EEUU. La tendencia de izquierda representada por Beilin no parece dispuesta a aceptar esta oscura realidad.
Sharón expresó en un largo reportaje concedido al Jerusalem Post, en las vísperas de Iom Kippur, que la retirada de Gaza será unilateral, independientemente del avance o retroceso de los ataques terroristas, mientras que las futuras retiradas del West Bank, la asunción del Plan de Ruta propuesto por el Grupo de los Cuatro y la creación de un Estado Palestino, estarán condicionadas al cese del terrorismo. Una declaración similar ha sido recientemente aireada por Collin Powell en la cadena Al Jaazera. Ponerle palos en la rueda al plan de retirada de Gaza de un primer ministro enemistado con su propio partido, al borde de un posible- esperemos que evitable- caos civil en el desmantelamiento de los asentamientos, es situar la ideología y las ilusiones por encima de cualquier avance real en el campo de la paz.
* El autor es escritor y periodista.
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